Así habla Isolino

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12/03/2017 05:00 h
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Isolino se le apareció una tarde de otoño a Xaquín Marín pidiendo auxilio a gritos para ser liberado de una gota de tinta china que trémula colgaba del extremo de su pluma. Xaquín vio por casualidad a Isolino golpeando desesperadamente las puertas líquidas de la tinta y adivinando su más que certera muerte al no tener nada a lo que asirse en aquel aislamiento viscoso. Así fue que, con sumo cuidado, el humorista abrió una ventana en aquella perla negra e Isolino salió de su celda sacudiéndose el miedo y ajustándose su boina marrón y de visera con ese arte que solo el paisanaje gallego posee. A Xaquín, la llegada de Isolino a su casa de papel, le supuso un bálsamo, una esperanza, un milagro y un amigo eterno que habría de guiarle por los caminos tortuosos y abarrotados de espinos tan necesarios para mantener la escasa y necesaria cordura ante la vida.

Desde aquel día otoñal en el que Isolino fue salvado de morir ahogado en la laguna de la nada en la que vagaba como una estrella errante, a cualquier hora del día, cuando Xaquín mira al cielo buscando inspiración en sus misterios de niebla, el jubilado se le aparece y, balanceándose en su tímpano, le susurra un sortilegio y guía su mano maestra sobre el papel bendito que las musas dejan cada noche mientras el artista duerme. Y así, como Zaratustra, habla Isolino: «¡Sempre se pode! Mentres podes, podes, e cando non podes, podes lembrar cando podías». La sentencia sirve para afrontar los malos tragos y saciar la sed que producen los recuerdos de los buenos tiempos.

Isolino, con esa pinta de pasota a destiempo y de persona inexpugnable y de vuelta de todo, deja caer sus pensamientos como lo hicieron en su tiempo Séneca, Marco Aurelio, Quevedo o Groucho Marx y el mundo parece recobrarse de la inestabilidad enfermiza provocada por esas bandas de delincuentes que pululan como polillas alrededor de las esplendorosas lámparas de los salones en los que el monstruo del poder cohabita con los renegados de la humanidad libre.

No hace mucho, Isolino le mostró a Xaquín la estatua santa de la diosa de la Justicia orgullosamente erguida sobre un pedestal de mármol. Le señaló a su salvador la venda que cegaba la mirada desconocida de aquella divinidad como aval de su indiferencia hacia cualquier ser humano, mujer u hombre, rico o pobre, poderoso o sojuzgado, y le dijo: «Non hai quen me quite da cabeza que algo ve por debaixo da venda». Xaquín tomó nota de aquella segunda advertencia de Isolino y nos la transmitió para que nadie pueda alegar ignorancia si se escandaliza por las injusticias que a diario emanan de los tribunales según y quién sea el reo.

Ahora me doy cuenta de que Isolino siempre estuvo ahí. No es sino la conciencia de los pueblos que desde tiempo inmemorial libramos, desde que sale el sol hasta que se oculta avergonzado, la dura y cruenta batalla interminable de la vida. Pasará Xaquín Marín y usted y yo mismo, e iremos llevados por la brisa a habitar las flores del campo y las caracolas de la mar. Pero Isolino no pasará. Desde que fue liberado de su celda de tiniebla líquida nos recordará que hemos nacido libres. Será perseguido por los necios que bien saben que la palabra permanece para siempre aunque ordenen quemar todos los libros del mundo.

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