Maximalia

El síndrome de la mosca ante el cristal


 

 

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Ya sabe usted... las tardes de abril. Esas tardes templadas en las que la luz se enreda en el aire interior de las galerías y en los versos que van y vienen como las olas en el mar ignoto de un libro inexplorado. Esas tardes en las que el sueño madruga. Sí. Esas tardes ultravioletas que caen desde lo más alto de los cielos desparramando su indolencia en los sentidos y anestesiando la piel mil veces herida y amada bajo la que se oculta lo que en realidad somos. Esas tardes gozosas en las que se puede llegar a catar el placer selecto e inconsciente que produce la caída de los párpados con un temblor semejante al de los velones que iluminan las cuatro esquinas del alma.

Así me hallaba anteayer desmayado en mi mecedora y sosteniendo los poemas de Benedetti que poco a poco parecían pesar como el ancla de un galeón de marfil con el que sueño muchas veces. Fue entonces, un segundo antes de caer vencido por el sopor, cuando la vi. Era una mosca gigante. Un Goliat de las moscas. Tenía el abdomen verde y pulido como una esmeralda y sus alas grises parecían las hojas de un sauce en otoño. De su cabeza de astronauta, surgía un résped nervioso como la vara de un zahorí en busca del agua santa que a todos salva de la muerte. Subía y bajaba el cristal buscando la puerta de salida. Terca y pertinaz, escalaba y descendía aquella rampa de vidrio inmaculado palpando el terreno, explorando cada milímetro y midiendo aquel mar transparente con la constancia de un miniaturista medieval. La mosca veía la vida al otro lado de aquella prisión y pronto me di cuenta de que no podía comprender que lo que parecía aire libre no era sino una trampa letal. Al otro lado de aquel continente se hallaba la luz incandescente de la tarde, las farolas de la calle y los ventanales de mi vecino.

De vez en cuando, al igual que yo, la mosca veía pasar volando libres a las primeras golondrinas y a los abejorros que zumbaban desorientados buscando un ramo de flores en un jardín de cemento. Aquel animal del que hasta entonces solo me había preocupado por su molesta presencia mientras comía o trataba de descansar, comenzó a socavar la escasa mina de caridad que aún poseo. Me apenaba verlo sufrir de ese modo. Me lo imaginaba agotado por tanto ajetreo buscando el rostro de la libertad que veía a un centímetro pero que no podía besar. No quiero presumir de héroe pero créanme si les digo que me costó media vida abandonar la mecedora y ponerme en pie. Dejé a Benedetti y a su poesía sobre la pecera y abrí la ventana para que la mosca pudiera vivir su vida. Pero aquella obstinada criatura seguía una y otra vez intentando traspasar su sueño imposible.

Traté de empujarla con la mano hacia el vacío, pero ella, contumaz, despreciando mi ayuda, cada vez con más saña trataba de trepanar el cristal. Debí enloquecer porque hasta le hablé. Me sorprendí a mi mismo animándola: «Por aquí, por aquí...». Ni caso. Me di por vencido. Recogí el libro de Benedetti y mi ánimo se vino abajo. Mi parejita de peces azules también me miraban encerrados en su urna oceánica. Comprendí entonces que ellos me decían a gritos que yo era el prisionero. El que estaba al otro lado del mundo libre. Ni ellos ni la mosca se equivocaban.

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