LIJA Y TERCIOPELO

Superman y yo


Este martes tuve que ir al cardiólogo por unos problemillas coronarios y, como me encanta el drama (especialmente si soy el protagonista), me llevé conmigo el libro que siempre me derrumba: “La muerte de Superman”. El héroe que en la mayoría de cómics lo arregla todo sin despeinarse y conteniéndose, ya que de un mal golpe podría rasgar el espacio-tiempo, en esta historia sangra, sufre, se desata, sus huesos se parten y siente una humanísima impotencia.

Superman se da cuenta en un punto de la batalla de que va a morir. Acepta su destino para sacrificarse por la humanidad y, antes de volar hacia los puños de su mortal enemigo, besa a Lois Lane. Y yo, que tenía a Mercedes en la sala de espera conmigo, quise besarla cuando nos llegó el turno, ¡acepto mi destino! Y me quité las gafas, como Superman para dejar de ser Clark Kent.

Recordé el momento en que leí el cómic por primera vez. Tenía cinco años y maduré más ese día que en los cuatro lustros siguientes. En la última página del cómic aparece el cadáver del héroe cubierto por las lágrimas de Lois. Mi relación con la muerte era virginal y Superman me hizo pensar en morir. La muerte hacía insignificante cualquier pretensión o propósito pero, al mismo tiempo, convertía en precioso e irrepetible cada instante, cada pálpito de esta breve existencia. A veces se trata de pensar en la muerte para vivir la vida.

Entré con gallardía en la consulta. -Dígame doctora, ¿me muero?- No, aún no te toca, Emilio. Observé mi hombro mojado, tardé en darme cuenta de que no eran las lágrimas de Lois, me había apoyado en una pared húmeda.

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