Los muros entre el aula y el mundo real


En la última década se ha venido presumiendo de una gran mejora impulsada en el plano educativo. Nuestros gobernantes y otros agentes sociales suelen hacer referencia a la dotación de recursos tecnológicos y a la implementación de nuevos estudios, como la panacea que sanará todos los males arrastrados durante décadas en este ámbito, y, cual truco de magia, los jóvenes acabarán por mejorar sus calificaciones académicas. No obstante, me surgen ciertas dudas al respecto. Porque por mucho que una pizarra sea electrónica o las arcaicas diapositivas hayan sido sustituidas por modernos proyectores, estos hechos servirán de poco si el pupitre sigue anclado al aula y a las viejas metodologías. Es decir, si la lista de los reyes godos se estudiase en una tableta, seguiría siendo la lista de los reyes godos.

A pesar del tono pesimista, existen motivos para sonreírle a la esperanza. Solo que, generalmente, no parten de la Administración y sí de los propios centros educativos. Permítanme hablarles del que considero uno de los ejemplos más recientes que se han producido en la comarca. Se trata del CIFP Coroso de Ribeira, cuyo armamento para combatir la desidia y la falta de interés en la enseñanza tuvo por nombre: Jornadas Técnicas de Competición del Motor. Muchos padres y muchos estudiantes ajenos a las titulaciones de ciclos formativos pensarán que qué tiene de productivo para el alumnado llenar tres días con charlas a cargo de pilotos de ralis, karts y otras disciplinas similares. Pues precisamente, este es el equivalente a que un doctor sea el que imparta clase en una facultad de Medicina.

Durante tres días, he sido testigo de actividades en las que las chicas y chicos estaban realmente motivados, agolpándose para no perderse ni una sola palabra de grandes como Manuel Senra, los hermanos Vallejo, Martín Bello, Iván Ares y José Pintor, Perfecto Calviño... digamos que la lista es de la misma proporción que el valor de las jornadas. Imagínense lo que puede significar para un alumno de automoción ver cómo se fabrica una pieza de fibra de carbono en el taller donde reciben clase cada día o lo que puede hacerles sentir el analizar vehículos de alta competición abiertos para sus ojos. Se trata de darle las herramientas necesarias para acceder a un sector que en el futuro puede acabar siendo su oficio.

Mas todo esto tiene un coste. Horas interminables de preparativos que no cobrarán los docentes y que los jóvenes voluntarios de la organización no recuperarán de su ocio. Pero, ¿qué importa? Porque la lección que el CIFP Coroso nos ha enseñado no tiene precio. El centro demostró que derribar los muros entre el aula y el mundo real está en nuestras manos.

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