A los peregrinos se les da ahora por dejar bastones en el Cabo

Cada vez hay menos quemas, pero los objetos variados de los caminantes siguen inundando el entorno del faro fisterrán

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carballo / la voz

La llegada de miles de peregrinos a Fisterra tiene sus efectos positivos en la economía local y en todas las localidades por las que atraviesa, además de tratarse de un fenómeno cultural y social impredecible hace veinte años. Hay otros efectos colaterales, bien conocidos, que van mudando con el tiempo. Uno de los más significativos es el abandono de pertenencias personales en la punta del Cabo, un problema que se arrastra desde hace años y que parece no tener fin. Pero sí remedio, poco a poco, con insistentes advertencias. Por ejemplo, sigue habiendo algunas fogatas, pero menos que años atrás. Desde el gobierno local han aplicado hidrolimpiadoras a los restos de las quemas, y alguno aún se escapa de la prohibición, pero ha descendido bastante. Una buena noticia, sobre todo en el período actual, de máximo riesgo y prohibición total, y con los tojos en flor, bastante altos, y otra maleza. O ha crecido muy deprisa o las cabras, que ejercen un envidiable control vegetal en todo el entorno, se han aplicado más en otras zonas. O, también, los visitantes respetan más los carreiros naturales en vez de tirar por cualquier lado. Los primero es norma, por ejemplo, en el homólogo Pointe du Raz de la Bretaña.

También han ido apareciendo nuevas tendencias, y poco a poco. Lo del calzado es ya histórico, y sigue. A veces abandonan botas tan buenas y nuevas que algunos aprovechan para llevársela para sí. También calcetines, camisetas, objetos personales, mensajes íntimos, de amor o de salvar al mundo, a un amigo fallecido, de deseos, candados... Piedras en pequeños milladoiros y piedras sobre la cruz de granito. De todo esto se podía ver en días pasados, en plena aglomeración de la Semana Santa, pero también cualquier otro día del año.

La novedad, que ya va dejando de serlo porque empezó hará un año o más, es el abandono de los bastones de los caminantes. A veces, de gran calidad, rotos o no. Otros, simples palos o rústicos báculos. De formas y tamaños variados, incluso colocaciones: erguidos, tumbados, dispuestos en cruz, en la última punta o en la primera parte del descenso... El pasado fin de semana, a simple vista, había cinco. La cifra real era, seguro, muy superior.

Como siempre, en las bases de las dos antenas, protegidas para evitar las barbaridades de antaño (muchos se subían a lo alto para dejar sus ropas como banderas, con el evidente riesgo) sigue habiendo de todo. Da igual que los operarios del Concello lo vayan limpiando con regularidad: al poco tiempo aparecerán más. También se usan mucho los postes de los códigos QR, que nunca (o casi nunca) cumplieron su labor porque los vándalos los destrozaron al poco de colocarlos. No solo ahí: en una de las paredes frontales que rodean el faro llevan tiempo unas pintadas que estropean la vista de un paraje idílico e icónico en España. Curiosamente, desde el Concello no pueden hacer nada (una capa de pintura basta) hasta que reciban el permiso de la Autoridad Portuaria.

El gobierno local, según explica el teniente de alcalde, Kuka Sar, elaborará dípticos que repartirá en todo el Camiño desde Santiago en los que se advertirá a los caminantes o ciclistas lo que se puede y -sobre todo- no se puede hacer cuando lleguen a Fisterra: quemas, acampadas, excesiva proximidad a los acantilados, ensuciar el entorno del faro, arrojarse al agua... Será un paso más en las ya larga lista de advertencias

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