El agua que aún mueve molinos e historias de tiempos pasados

Son los últimos de su especie en activo y guardan el recuerdo de las formas de vida que dieron origen a la sociedad actual


cee / la voz

Son solo tres ejemplos -quedan todavía un puñado más en lugares como Olveiroa, Dumbría, Vimianzo o Zas -, pero dan testimonio vivo en piedra y madera de lo que fue durante siglos la historia de una sociedad agraria, prácticamente de subsistencia, en la que el molino de agua era el termómetro que lo medía todo. Desde la bonanza o la pobreza de las cosechas hasta el ocio de los jóvenes, pasando por las relaciones de poder y dominio del territorio, todo giraba al son de un rodicio, un y una capa o moa, que marcaban el ritmo tanto de la hartura como del hambre.

El de Follente, en la parroquia de Mira (Zas) es un caso único por lo que significa en cuanto a derechos y tradiciones. Braulio García, cuya familia está entre las siete que conservan piezas -solo tres hacen uso de ellas-, es decir, un espacio de tiempo en el que pueden hacer uso del molino, explica que los propietarios se han multiplicado todavía más «porque houbo partillas», y donde antes entraba una casa ahora son varios herederos, hasta el punto de que a algunos les corresponde un par de horas.

El mecanismo centenario tuvo que ser reparado en varias ocasiones, pero actualmente se encuentra en perfecto estado de revista, eso sí, con añadidos modernos «porque a canle atrancábase moito e puxéronselle uns tubos de formigón».

Como tantos otros, depende bastante de los ciclos del río «e agora aínda máis porque se fixeron varias traídas e o río vai con menos auga», por eso lo habitual es que entre septiembre y finales de octubre el caudal no dé para moler.

El concejal larachés Jesús Souto, además de cuidar al detalle la herencia de su familia, se ha preocupado por bucear, sobre todo a raíz del fallecimiento de su padre hace dos años, en la montaña de documentos que guardan en casa. Entre ellos está la concesión a su tatarabuelo en 1698 del foro que incluye el molino, o lo incluía, porque el actual es una reconstrucción «no mesmo sitio» en el que estaba el original. Lo atestiguan el propio espacio, piedras roídas de siglos de uso y taladros que antes tuvieron otra disposición. «É curioso porque recordo arranxalo cando era neno, polo 68-69. Despois cara ao 70-72 meu pai e meus tíos foron dos principais impulsores dunha cooperativa e comezou a chegar o penso en sacos. Sobre o 97-98 deixamos o gando e no 2000 púxose a moer outra vez», detalla Souto, quien dice que lo mantiene por «capricho» y porque no tiene nada que ver la harina que da el maíz comprado de almacén con la del cereal que cultivan en casa para alimentar a los pollos.

Un motivo que comparten Jesús Regueiro y Jesusa Souto para mantener activo a día de hoy el molino familiar de Aldemunde, en Carballo, que recibe visitas con asiduidad.

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