Álex de la Iglesia: «A mí lo que me da pánico es una conversación de ascensor»

El humor y el horror se mezclan en su nuevo «thriller» en el que la asfixia surge con esa normalidad de quien baja a «El bar». El encierro puede sacar lo peor de nosotros mismos


Álex de la Iglesia (Bilbao, 1965) no concibe rodar sin provocar en el espectador la angustia, la asfixia de ver en lo más próximo el horror. Por eso esta vez, en su película número quince, ha encerrado literalmente a los actores en un bar. En mes y medio todos no han visto la luz, los ha puesto tan al límite que eso se refleja en el filme, en el que una vez más la carcajada se mezcla con el miedo. «En la vida real nos empeñamos en compartimentarlo, pero lo trágico y lo cómico se producen a la vez». De la Iglesia, vaya por delante, no da ningún miedo.

-¿Cómo estás antes del estreno?

-Pues nervioso, no creas que esto se pasa ni se cura con el tiempo. He rodado quince películas y no quiere decir que ahora sea una persona madura y reflexiva que sepa afrontar la situación. Siempre hay tensión, pero también muy contento.

-Te has basado para la película en la recreación de un bar concreto. ¿Pero tú eres muy de bar? ¿Bajas siempre al mismo sitio?

-No, no. No soy un obsesivo de los bares, me gusta más estar en casa leyendo. Pero sí que voy a algunos concretos donde me gusta desayunar. Y en el caso de El Palentino, que es el bar en el que nos basamos, es uno de Malasaña al que íbamos mucho por la mañana cuando Jorge [Guerricaechevarría] y yo estábamos escribiendo un guion. Allí conocimos a los personajes mientras estábamos escribiendo otra cosa.

-Fue surgiendo todo.

-Sí, nos encantaba el ambiente. Es totalmente heterodoxo. Es un lugar en el que puede haber el director de un sucursal y un barrendero, o una chavalita que entra o un pobre de la calle. Porque también la dueña, Loli, solía dejar pasar a todo el mundo, y a este hombre lo invitaba todas las mañanas a una porra y a un vaso de aguardiente. Aquello nos fascinó. Es una especie de reflejo del mundo, porque en un lugar tan pequeño tienes un amplísimo espectro de personas. Eso me emociona. Saber que puedo estar terriblemente cerca, a unos centímetros, sentado en la barra de un bar, de una persona que va a salvar mi vida, o de la que me voy a enamorar o que me va a matar.

-No sé a ti, pero a mí lo que más miedo me da es precisamente esa «normalidad».

-Por supuesto. A mí me da miedo eso. El no poder salirme de un lugar concreto porque generas problemas. Las personas que prefieren no hablar a decir lo que piensan. Me da muchísimo miedo una conversación de ascensor, cuando de repente dices: «Y qué día más bueno se ha quedado, pero mañana va a llover». Y de repente piensas: «Pero si nos conocemos desde hace veinte años, y no nos hemos hablado nunca. Qué hay entre nosotros; quién eres...». El terror de esa especie de vida normal es lo que angustia.

-Tu cine es muy teatral. Eso de meter a todo un grupo en un lugar concreto. Esa claustrofobia que nos lleve al límite.

-Sí, esa es la razón. Por eso el teatro tiene ese origen milenario, porque es la representación de la vida en un entorno muy concreto. Entonces, el espectador siente las emociones con más intensidad. Que no quiere decir que un día no cambie y haga una película de otro tipo, pero ahora la cabeza me pide encerrar a los personajes para que los escuchemos mejor y entendamos mejor la situación. Y al final el drama, lo que genera el conflicto son las emociones. Si tienes muchas localizaciones, o mucha acción, la cosa es más fácil de rodar, pero para mí resulta mucho más interesante que el entorno sea concreto porque me obliga a movilizar, a agilizar la tensión entre los personajes y la posición de la cámara mucho más. Técnicamente es más atractivo.

-Los actores han sufrido eso.

-Sí, porque es una película muy física. Los personajes hacen una serie de cosas terroríficas en un bar.

-Ellos no vieron la luz de la calle en mes y pico.

-Sí, sí. Los tuve encerrados. Es curioso porque al final se generaba la misma situación que en la peli. Tú consigues haciendo esto que los personajes sean más ellos mismos.

-Incluso hasta que se zurren, porque Mario Casas y Jaime Ordóñez se dieron.

-Sí, sí, la tensión fue en aumento dentro de los personajes. Date cuenta de que todos los días los actores llegaban a la misma hora al mismo bar, estaban citados todos a la vez. Eso genera un clima. También a la hora de actuar porque si uno está que se sale y ahora le toca al otro una escena quiere mejorar su trabajo.

-Apelas al espectador, a la emoción.

-Sí, para eso se hace cine. Si haces una película es porque quieres contar una historia que excita, que emocione, que dé miedo, o dé ternura. Implicar al espectador no es añadir algo a la película.

-En ese límite, humor y horror van unidos. Thriller y comedia.

-Es que en la vida es así. Nosotros generamos la farsa de que las cosas están divididas, en la vida también. Tú dices «hoy es diversión, y mañana es trabajo, y al día siguiente es responsabilidad, y al otro, compromiso, y luego liberación porque son vacaciones». Y todo eso no son más que herramientas que utilizamos para que la vida nos resulte soportable. Pero es mentira. El mismo día y a la misma hora la situación es cómica y trágica. Todo es trágico y divertido a la vez.

-¿El hecho de repetir prácticamente con los mismos actores es porque te funciona?

-Sí, responde a una cuestión muy fría. Es eliminar variables. Una película es una ecuación complicada con muchas incógnitas y para resolverla tienes que ir buscando constantes. Trabajar con Terele Pávez es una constante, sabes lo que va a hacer. Es como tocar en un concierto. Yo no cojo un instrumento porque no sé tocar. Pero supongo que querrás estar familiarizado y tocar uno determinado. Yo el primer día ruedo una secuencia que tiene que ser tan buena como la del último día, no puedo repetir. Pero también he probado gente nueva, por ejemplo, Alejandro Aguado, un actor argentino que me encantaba, porque quiero hacer la familia más grande.

-¿Mientras haces la película ya te vas dando cuenta de que va a ser algo brutal? ¿O necesitas que alguien la vea?

-No. Es algo obvio. Lo decía Spielberg cuando le preguntaban: «Yo hago las películas para el público, pero el público soy yo» [risas]. Claro, tú estás viendo lo que estás rodando, pero estás buscando una sensación. Es como si estuvieras preparando una fiesta para alguien y quieres que se diviertan, pero quieres que escuchen tu música, no un tema que no te guste.

-Es una excitación previa, lo vas viendo.

-Sí, totalmente. Lo que pasa es que hay otro efecto curioso: que tú has escrito el guion y lo has leído cien veces. Entonces los gags se convierten en huecos, tienes que dotarlo de emociones y sentirlo a través de los actores de nuevo.

-Decía Blanca Suárez que tú no tenías límites, aceptas lo que ellos proponen.

-Soy tremendamente obsesivo, intento no cambiar ni una sola línea del guion y luego soy exigente con lo mío. Pero por egoísmo acepto cualquier idea, la gente que no acepta cambios es porque en realidad no está seguro de lo que quiere. Tú tienes una idea construida, pero siempre hay una oportunidad de mejorarla. Si pasara un niño por la calle y me diera una idea la cogería si fuera buena.

-Todo el día dirigiendo, coordinando... ¿Llegas a casa y lo que te echen? ¿Eres bien mandadiño?

-Sí, acabas de definirme [risas]. Hay un momento en que te cansas de decidir. Yo no hago otra cosa, todo lo hacen los demás. Yo solo decido, decido, decido. Así que cuando llegas a un restaurante y te preguntan: «¿Qué quiere?». Respondo: «Lo que tengan, lo que usted me traiga me parecerá bien».

-Así que eres de los de «elige tú».

-Sí, «elige tú», «lo que queráis hacer», se descansa muy bien.

-Tienes ya otra película.

-Sí, he rodado ya Perfectos desconocidos para Telecinco.

-¿Eres adicto, hiperactivo?

-Sí, no negaría ninguno de los dos términos [risas]. Los dos funcionan, es enganche absoluto hasta el punto de que lo que me resulta realmente insufrible es estar parado, la vida normal. No puedo, me entra una angustia interior, tengo que estar haciendo algo, por eso produzco películas también. Si yo estoy escribiendo, voy al rodaje de los demás. Intento que las ideas de los otros vean la luz.

-¿Eres muy disciplinado?

-No, no. Me encantaría, pero en mi trabajo es imposible. Ningún día es igual que otro. Todo es bastante caótico, pero lo que sí soy es disciplinado en el caos, podría dar clases de esto, el reaccionar de una manera ordenada a una situación caótica. Ahí me crezco, en una situación de emergencia; siempre mejor bajo presión.

-¿Tú en un bar qué te pides?

-Depende de la hora. O una Coca-Cola Zero, por eso de que dicen que adelgaza [risas] o un vino tinto.

-¿Qué crees que va a pasar con la peli?

-Afortunadamente lo de siempre. A muchos le gustará y a otros no tanto. Porque eso significa que estás vivo, que la película genera polémica. Me angustia, claro, pero sobre todo me angustia poder hacer otra, por eso quiero que la película funcione.

 

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