crÓNICA

¿Nos queda tiempo para otro baile?


Siendo yo un mero costurero de letras, siempre me ha sorprendido el interés que despiertan en mí los términos físicos y científicos, incluso aquellos que ni llego a comprender. Me gustan por la carga poética que suelen llevar aparejados. Lo que viene siendo algo muy parecido a asistir a una elegante cata de vinos y sacar a relucir toda la pedantería posible que se le pueda cargar a adjetivos como afrutado o aterciopelado. Pero sin después escupir el trago, por supuesto. Uno de estos términos es esa frase de que el tiempo es relativo. Y no, no me vino a la cabeza ojeando una enciclopedia en una biblioteca. Pensé en esto paseando por las calles de Boiro.

Tenía algo más de una hora muerta entre recado y recado, así que fijé una meta en la playa de Barraña y decidí atravesar la calle Principal, otrora cuna lúdica de incontables generaciones, y entre ellas la mía. ¿Saben ese típico recurso cinematográfico del protagonista que camina apesadumbrado mientras la cartelería de neón va apareciendo a sus flancos? Pues así me sentía yo. A medida que daba un paso y otro, los recuerdos de tantas noches volvían a cobrar vida. Los buenos y los malos. Cada carcajada, cada insulto, cada baile, cada carrera, cada beso y cada «no pienso volver nunca» para preguntar en el taxi de Manolo a los amigos si, quizás y solo quizás, volveríamos la siguiente semana.

Pero mientras caminaba, me sentía haciéndolo entre ruinas del pasado. Los pubs que fueron cerrando, los que cambiaron de nombre para después volver a cerrar (algunos hasta tres veces). Por los cristales de varias ventanas rotas me sentí un voyeur que intentaba escudriñar cada rendija para verse a sí mismo, con una década menos y junto a aquellas barras ahora cubiertas de polvo. No sé si escribo estas líneas con melancolía o con nostalgia, mas sé que pertenecen a un consejo. A ese consejo repetido hasta la saciedad y del que todos nos hemos burlado con ese efímero escudo que es la juventud. Tempus fugit. El tiempo se escapa para no regresar. Y eso nos devuelve a que el tiempo es poéticamente relativo.

Creo que no comenzamos a ser conscientes de todo esto hasta que un mecanismo en la memoria se activa, y de forma radical, las cosas que apenas tenían valor en ese cajón se tornan esenciales. Es curioso que ese botón pueda encenderse leyendo un Se alquila. Un paseo pudo devolverme los rostros de personas en las que no había pensado en años, pero también me estaba devolviendo el pasado. Pensativo, ya con los pies sobre la arena, me pregunté: ¿nos queda tiempo para otro baile? Entonces entendí que no era yo quien regalaba el consejo. Era yo el que al fin lo estaba aceptando.

 

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