crónicas coruñesas

Apología del eucalipto urbano


El eucalipto tal vez sea la especie más odiada de Galicia. El eucalipto tiene la culpa de casi todo. El pasado temporal, cuando medio país tuvo que sacar las candelas que la abuela guardaba en la última alacena de la cocina, al eucalipto le echaron la culpa del largo apagón que sufrieron muchos pueblos. Al odiado árbol llegado de Australia no le basta con provocar incendios, espantar a la flora autóctona y promover la especulación urbanística. Según las compañías eléctricas, también es el responsable de los cortes en el suministro de energía porque, al tener poca raíz, se cae al mínimo soplido. Y no se cae en cualquier lugar. El eucalipto, malvado hasta el último aliento, sí tiene donde caerse muerto: se desploma justo sobre las líneas de alta tensión para dejar a Galicia sin luz.

Imagen:Rama de eucalipto rota en las Esclavas.

A mí, en cambio, me gustan los eucaliptos. No que haya eucaliptos donde tendría que haber carballos, claro, pero sí respeto esos majestuosos ejemplares que ya suman cien o doscientos años y, sobre todo, los que resisten allí donde la alternativa sería la nada. Porque hay mucho arboricida al que, si le dejas, te cementa el bosque y lo alicata hasta el techo, para poder baldear y, sobre todo, para que no haya bichos. Entre un eucalipto y una baldosa, yo me quedo con el eucalipto. Pero ya digo que soy raro. Dice mi madre que ya desde pequeñito me gustaba llevar la contraria.

Por eso me dolió, como si me seccionaran un recuerdo en carne viva con una motosierra, que talasen los grandes eucaliptos de las Esclavas. De los dos primeros ya solo queda un círculo de adoquines en el pavimento. Y del último, que cayó hace unas semanas, apenas un tocón donde los niños juegan a contar los anillos y los años del gigante perdido. Estaba enfermo o amenazaba con caer sobre los paseantes, no sé, pero ya no está, y la Rotonda ya no huele a mar y botica como estos últimos cuarenta años.

También echo de menos los eucaliptos del Camino del Pinar, bajando a Peruleiro a mano derecha, y de la leira donde hoy está la Casa del Agua, que eran eucaliptos con columpio y muchos niños haciendo de Tarzán colgados de sus lianas.

Ahora, cuando quiero esnifar un poco de perfume de eucalipto, me acerco a Santa Margarita, donde sobreviven unos árboles altos y finos que dan sombra a los jubilados y sus nietos. También hay un eucalipto perdido entre los pinos y los coches del aparcamiento de La Solana. Pero mi favorito es el añoso ejemplar que hay frente a la capilla de San Amaro. Se ve que aquella acera tiene algo de Oceanía, porque a unos metros está su primo segundo, el gran metrosidero neozelandés del cuartel de la Policía Local.

En Otro poema de los dones, Jorge Luis Borges da las gracias «al divino laberinto de los efectos y de las causas» por «el olor medicinal de los eucaliptos». Y quiénes somos nosotros para desmentir a todo un Borges.

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