El fútbol se juega en las gradas


15/03/2017 17:07 h

Cuando una solo pisa estadios para ir a conciertos, cambiar a Mick Jagger por Álex Bergantiños resulta un poco chocante. Tanto, que 93 minutos de juego, unas pipas, dos botellines de agua sin tapón, una cola de baños y dos tremendos chaparrones después, sigo sin entender qué hacen 28.700 personas juntas en un estadio sin cantar algo con más de dos notas. Entonar «de-por-ti-vo» marcando bien las sílabas no cuenta como hacer los coros. Aunque los que hemos gritado irracionalmente cuando se apagaban las luces en el campo y se encendía el escenario, deberíamos entender ese delirio absoluto que provoca que Joselu marque un gol. Al Barça. Dice una amiga que no puede dejar de mirar con una punzada de envidia a las mareas de gente que caminan hacia el estadio cada fin de semana. Envidia porque tienen una pasión que comparten, que les hace felices, aunque dure un suspiro.

.Messi, en un momento del Deportivo- Barcelona
Messi, en un momento del Deportivo- Barcelona

Mientras me sentía como un pulpo en un garaje, rodeada de almas dichosas por un instante, pensaba en esa felicidad absurda capaz de levantar a miles de personas de todo tipo. Al chaval de cinco años que cantaba a destiempo el mismo himno durante todo el partido, a la familia que se recorrió toda la grada en busca de un sitio seco, a algún amigo de la radio que cambió el traje de la semana por la bufanda del equipo y saludaba desde lejos. Al retaco que estrenaba camiseta y nervios infantiles a mi lado, y que se perdió los dos tantos mientras miraba entre atónita y divertida a su padre, que lo mismo cantaba goles con alegría desmedida, que intentaba explicar (sin éxito, claro) alguna teoría del juego de Luis Enrique.

Una visita al bar y un paquete de pipas después, el campo queda tan lejos como los sueldos de esos chicos con calcetines fucsia. En realidad, yo iba a ver cómo jugábamos nosotros. La afición y servidora. Los deportivistas que aguantaron el pánico a la masacre azulgrana con una fe incomprensible. Puede que no sea envidia exactamente lo que me provoca esa felicidad compartida, pero al menos descubro que el partido de verdad lo juegan ellos.

Ahora que hemos ganado (sí, en plural) al Barça en mi primera visita a Riazor, queda una asignatura pendiente: presentar mis respetos a la gotera de Preferencia a la que tanto aprecia mi compañero Luis Pousa. Aunque sí saludé a todas sus parientas. Un primor de surtidores cayendo a chorro sobre el respetable desde eso que llaman cubierta... hay colchas de patchwork con menos costuras. En las guías de lugares secretos que no perderse en la ciudad, debería figurar la fervenza que corría por uno de los pilares del estadio, bajo la que aguantaba estoicamente un aficionado con paraguas y capucha. Eso es amor al equipo.

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