crÓNICAs coruñesas

Palacio de la Ópera, el coruñés errante


Alguien dirá ahora que en realidad no está roto, que el estilo del Palacio de la Ópera es vintage. Que los desgarros de la tapicería de las butacas forman parte del clasicismo que exhala la orquesta o que el óxido de los instrumentos de metal que se guardan en el sótano les aporta un aire intencionadamente envejecido. En cuanto a los escalones rotos que dan acceso al escenario, bueno... argumentarán que la gente tiene poco sentido del humor, que los profesores de la Sinfónica echan unas risas cuando tropieza el del trombón y le zosca con las varas al de delante. Y esperen a que caiga el del contrabajo.

 

El deterioro (vintage) de nuestro auditorio sí que tiene un componente retro, que ya los pensadores de la Grecia clásica se quejaban del estado de sus teatros, para los que nunca había presupuesto. Si exceptuamos la ejecución politizada de obras faraónicas, la cultura ha sido casi siempre el patito feo de los gobiernos, y el Palacio de la Ópera lleva 28 años reclamando unas mejoras que han ido llegando con cuentagotas.

 

Hoy el Auditorio es un coruñés errante, un barco fantasmagórico y a la deriva en el que llueve dentro porque está acribillado de goteras, y que va perdiendo la madera en una singladura que ya nació torcida, pues este edificio se concibió en su día como palacio de congresos, lo que explica una acústica imposible para conciertos y óperas o que sus improvisados camerinos sean más austeros que la Rusia de Stalin.

Ahora que La Voz ha publicado el penoso estado en que se halla, queda por esclarecer la cuestión de la responsabilidad, y no será sencillo, porque si hay algo bien repartido en el mundo es la razón: todos creen poseerla en dosis abundantes. Eso sí, cuando se trata de asumir errores, y aunque estemos hablando de la imagen que ofrece la ciudad, el tema cambia.

Si algún día se acometen las obras necesarias, los operarios van a tener trabajo para rato; ya decía Platón que la música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo. La gran pregunta es para qué servirá tanto esfuerzo, porque además del deterioro físico el Palacio sufre otro más, de identidad: la propia ópera, que agoniza -como el recinto- en el espacio reservado para ella, después de inflexibles recortes que amenazan con depauperar la programación.

En cuanto a la Sinfónica, ya dijo con brillantez Víctor Pablo Pérez, su más ilustre director, que una orquesta que juega la Champions no puede tener un campo de tercera. Aquí habría que añadir que un equipo de fútbol que ha jugado la Champions tampoco puede tener un campo de tercera. Pero esas son las goteras de otro coruñés errante.

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