crÓNICAs coruñesas

Quedarse en A Coruña


Lo mejor que uno puede hacer en vacaciones es estarse quieto en casa. Si esto ya es recomendable en verano, cuando lo mejor que uno puede hacer es pasarse los treinta días sentado en la plaza de las Bárbaras, a la sombra de un castaño de indias, con más razón en Semana Santa, que son unas vacaciones de distancia corta. Me cuentan que hay gente a la que le gusta irse de A Coruña cuando tiene cuatro días libres. Van a Sanxenxo, a Madrid, incluso a Canarias o Portugal. Seguro que se lo pasan genial echándole protección 50 a la niña para que no se chamusque o contando cofrades en las barrocas procesiones del sur.

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PLAZA DE LAS BÁRBARAS

Ayer, lunes de Pascua, en las oficinas se celebró una disputadísima competición entre los currantes para ver quién se lo pasó mejor, quién viajó más lejos, quién gastó menos y quién trasegó más marisco y pimpló más gintonics. A mí el día después de Semana Santa en el trabajo me recuerda mucho al día después de Reyes en el cole, solo que en vez del infantil y entrañable «pues a mí me trajeron», los mayores sacan su móvil para pasarte por la jeta sus fotos de millones de megas en ese lugar paradisíaco que solo ellos y su cuñado rastreador pudieron encontrar sobre la faz de la Tierra.

El coruñés de ocho apellidos coruñeses, en cambio, aprovechó la Semana Santa para hacer lo que más le gusta: quedarse en A Coruña y no irse a ningún sitio. Al coruñés hasta el tuétano le hace mucha gracia esa estampida del miércoles por la tarde, cuanto toda la ciudad se larga a Las Médulas para encontrarse allí con su vecino de escalera, un primo tercero y aquella exnovia que hacía lustros que no aparecía por su vida. Ver a los coruñeses abandonando en masa la ciudad, como si fuese el fin de los tiempos, a mí me trae a la memoria aquel glorioso artículo de Juan José Moralejo en el que, ante la petición de Paco Vázquez de un obispo propio para A Coruña, se imaginaba a los coruñeses vagando desnortados por el paseo marítimo, como ovejas descarriadas y huérfanas en busca de un pastor. El éxodo de Semana Santa tiene su punto bíblico, como aquellos coruñeses de Moralejo que buscaban un prelado a orillas del mar.

En su última novela, Mac y su contratiempo, Vila-Matas repite mucho una frase que antes atribuía a Joyce y ahora dice que es de Kafka: «Pase lo que pase, lo correcto es largarse». Lo más probable es que la frase sea suya, como aquella otra de que «escribir es descubrir cómo escribiríamos si escribiésemos», que primero nos contó que era de Marguerite Duras y en este libro dice que es de Nathalie Sarraute. Qué más da. Lo importante es que, en el caso de A Coruña, hay que poner patas arriba la frase de Joyce, de Kafka o de Vila-Matas (quién sabe). Porque en A Coruña, pase lo que pase, digan lo que digan Joyce, Kafka e incluso Vila-Matas, lo correcto siempre es quedarse, no largarse.

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