crónicas coruñesas

El paseo de la playa de Perbes


Cuando toca sol y es domingo no sé por qué razón en lugar de huir de nosotros mismos, en lugar de escaparnos para que nadie nos encuentre, en vez de perdernos de excursión por las cientos de playas que tenemos alrededor, los coruñeses decidimos que es mucho mejor volver a encontrarnos. Y en esa huida hacia dentro hemos dictaminado que Perbes tiene ese punto caribeño que nos aporta un microclima bárbaro. Así que del rincón del Matadero pasamos directamente a ese otro curruncho abrigado en el que estirar la toalla y protegernos del nordés de Coruña. Convencidos como estamos de que allí hay siempre cuatro grados más como para asegurarnos un día perfecto de playa. No sé en qué momento el arenal de Perbes se fijó como el otro Cantón coruñés, el paseo obligado por el que nos seguimos reconociendo con esa devoción coruñesa de dejarnos ver y comprobar que todos estamos igual. Bueno, igual, pero con el plus del bikini. Por eso no deja de sorprenderme la fascinación que existe entre los coruñeses por quedar -como dice la canción- «en el lugar de siempre, en la misma ciudad y con la misma gente». Porque Perbes consigue en primavera y verano que la mayoría se empadrone allí los fines de semana. Hasta tal punto que de generación en generación se va repitiendo la tendencia playera de acabar pisando su arena, así que en esa inercia somos capaces de pasar de largo el arenal de Miño (no es de nuestra propiedad) y acampar en Perbes con todos los bártulos.

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PASEO DE LA PLAYA DE PERBES

En esos días largos en que cada uno va escogiendo su parcela con la pillería propia del calor que aprieta: aquí colocando la chancla, allá el flotador, en este lado la silla, en el otro la mochilita de los juguetes del niño, porque a Perbes, eso sí, se va bien cargado y con los estilismos preparados, no vaya a ser que en ese paseo arriba y abajo, abajo y arriba desmerezca el look. Es verdad que cada uno termina teniendo un sitio fijo, los que jamás se mueven del rincón protegido, ni aunque caigan los pajaritos en verano, pero todos somos fieles al mismo restaurante, que también en eso repetimos esquema, ya sea en lo alto del comedor, debajo de la parra o en la terraza de la esquina a pleno sol. Que para días largos son esos en los que antes de coger la caravana se termina también cenando al aire libre, picoteando con la cerveza fresca y viendo cómo los niños echan una pachanga buscando la excusa del último baño. Conozco fieles perbistas que escapan de allí el fin de semana, y que la eligen solo en los días de mayo y junio cuando todavía no se han echado las vacaciones encima, pero unos y otros, domingueros o no, dejamos en esa playa la sonrisa del mejor verano. La mía sigue allí.

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Miño Playas
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