«MOONLIGHT»

Contra musical tan blanco


Con Moonlight, estamos ante un Óscar que precisa instrucciones de uso. Porque si en un nivel artístico el filme de Barry Jenkins no resiste una comparación seria ni con La La Land ni con Manchester by the Sea, ¿de dónde salieron los votos? Provienen de una doble corriente: una, obvia, la de los que pensaban que en el año I de la era Trump no era de recibo que triunfase musical tan blanco. Y pensaron que Moonlight -discriminación racial y violencia en el gueto- sí portaba valores exógenos de contestación. Eso no hubiera bastado de no confluir con otra fuente: la de los odiadores de La La Land. Esta antipatía algo diletante hacia el filme de Chazelle se respiraba en el ambiente. A muchos votantes potenciales de las ocho candidatas sin opciones les salió del alma el voto de castigo unificado frente a un musical cuya victoria descontaban las casas de apuestas. Así, entre partidarios del Oscars So Black y haters de la espléndida La La Land, colgaron a Moonlight en esta percha tan excesiva. No es buena, qué va, pero es bonita, barata (poco más de un millón de dólares) y habla de un joven negro y homosexual en territorio hostil. El antídoto contra la Norteamérica blanca, hetero y glamurosa de Chazelle. Qué error, qué inmenso error.

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