«LA LA LAND»

Tontos soñadores de L.A.


Aunque preferimos Moonlight o Comanchería, lo cierto es que -si obviamos pasajes ñoños o de tedio- hay razones para ver La La Land. Primera: recuperar, para neófitos u olvidadizos, los grandes musicales que homenajea, desde Cantando bajo la lluvia hasta Corazonada, y otros clásicos como Casablanca u 8 y 1/2. Hay unos cuantos buenos momentos all singing, all dancing, como se decía antes: el comentado plano secuencia del prólogo, a lo Bob Fosse, con un atasco felliniano que junta miles de ilusiones y decepciones en la ciudad de los sueños; y ese de la audición (tan Chorus Line); o, nuestro favorito, la juerga nocturna de las chicas sacada de Noches en la ciudad. La historia de amor desabrida nos recordó la de Café Society, aunque la de Allen fuera más melancólica. Hay ahí una relectura del musical más psicológico de la historia del cine, New York, New York, con De Niro haciendo de celoso buñueliano y Liza Minnelli como sufriente víctima a lo Ha nacido una estrella, igualita que mamá santa Judy Garland. Y el sermón: no todo es triunfar en tus metas artísticas, más bien lo contrario. Como antídoto ahí estaría Patterson, la mejor película del año, un canto a la vida de las pequeñas cosas, sin ambiciones megalómanas.

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