encadenados

Y el Óscar fue para... Gary


Con gorra de béisbol, sudadera y el rebosante bolso de su novia colgado del brazo, Gary, de Chicago, entró de sopetón en el teatro Dolby en plena ceremonia de los Óscar sin traje de etiqueta y con el móvil en la mano. Gary, de Chicago, formaba parte de una comitiva de turistas que recorrían Los Ángeles en un autobús descubierto sin saber que el destino final era encontrarse cara a cara, en directo y vestidos de civiles, con las estrellas de Hollywood en un gag presuntamente espontáneo. Los Óscar de Jimmy Kimmel sentenciaban así la confluencia de la telerrealidad y la ceremonia del cine, dando continuidad a la broma que Ellen DeGeneres gastó hace tres años a un repartidor de pizza que, también engañado, acabó dividiendo porciones en el patio de butacas.

De la docena de perplejos turistas que participaron en la inocentada, la desenvoltura y el juego que dieron Gary y su novia, a los que Denzel Washington casó simbólicamente, invitaban a pensar en un plan elaborado. Pero, como solo ocurre en Hollywood, ayer la trama dio un giro cuando la historia de Gary salió a la luz. Tras dos décadas en prisión, había abandonado la cárcel el viernes y estrenaba su libertad cuando la fama salió a su encuentro. «Solo Dios podía haber escrito este guion», aseguraba ayer en televisión. De no haber sido por el patinazo histórico del sobre extraviado, Gary y los demás habrían sido los protagonistas de la noche al cumplir el sueño de miles de mitómanos.

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