E os rumorosos falaron

Las aficiones del Deportivo y el Celta llenaron Riazor y dieron una lección de saber estar en un derbi que comenzó con el himno gallego y destacó por su deportividad en la grada


E os rumorosos falaron. Alto y claro. Treinta y una mil voces gallegas se hicieron oír en O noso derbi. Ese partido especial que cada temporada une a las aficiones de los dos grandes del fútbol gallego y que, en los últimos años, se ha convertido en una fiesta (dos contando partidos de la primera y segunda vuelta) sin apenas incidentes reseñables, caminando con paso firme hacia la normalidad.

Una normalidad que se observó desde la llegada de los equipos, presidida por miles de coruñeses que hora y media antes del comienzo del duelo ya aguardaban en la avenida de Manuel Murguía, otro gallego ilustre. En este caso, ourensano. Ya en el campo, el inicio del partido se aventuraba cuando una enorme pancarta fue desplegada desde Maratón superior hacia abajo con la imagen de la heroína María Pita portando una bandera coruñesa y presumiendo de títulos: «As túas victorias, o noso legado», rezaba en la ilustración que mostraba la Liga, las Copas y Supercopas que lucen en las vitrinas blanquiazules.

Mientras, los casi novecientos intrépidos celestes que a primera hora subieron por la A-9 hacia A Coruña llenaban la zona norte de uno de los córneres del estadio. Bufandas al aire para contrarrestar las treinta mil cartulinas que con los colores blanco y azul portaba la bulliciosa afición anfitriona.

Mosaico

Todo un mosaico blanquiazul con una franja celeste sobre blanco en el fondo de Marcador para simular la bandera gallega mientras el himno sonaba más fuerte que nunca. Un minuto y medio de hermandad absoluta que terminó con un fuerte, fortísimo, «Fogar de Breogán» que hizo temblar los cimientos de Riazor.

Con el partido ya en juego cada cántico de una afición era respondido como resorte por la otra, pero con la obvia victoria en la hinchada blanquiazul, que trató de combatir la racanería del planteamiento inicial de Mel con entusiasmo desde la grada, tratando de ser ese jugón que le faltaba al equipo en el césped.

El partido no era bueno, pero a las hinchadas parecía no importarles. El resultadismo por encima del juego y el conformismo parecía apoderarse de Riazor. A los visitantes les llegaba el empate y a los locales les compensaba mantenerse una jornada más sin perder, haciendo valer el efecto Mel. Pero el estadio despertó cuando Florin Andone se despojó del peto para saltar al campo. Parecía que Bebeto había cruzado el charco para enfundarse, de nuevo, el dorsal 11 y ganar otro derbi. Riazor se vino abajo para recibir al rumano.

Con el gol de Aspas y su feo gesto de mostrar el escudo a la zona en la que se sitúan los ultras, recordando el realizado en la primera vuelta cuando lo besó mirando para la hinchada blanquiazul, los herculinos volvieron a despertar y trataron de poner una marcha más desde la grada a un equipo que, sin haber jugado entre semana, pareció notar más la acumulación de partidos que un Celta que lleva este año cerca de cincuenta. La última bocanada de aire salió, otra vez, de la grada. De la blanquiazul y de la celeste. Una para empujar a su equipo hacia el rescate de algún punto y la otra para defender el resultado. Los novecientos pudieron con los 30.000. David ganó a Goliat.

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