Finlandia en un colegio de Arousa

El centro público carece de libros y asignaturas, mezcla profesores y edades y apuesta por la psicomotricidad


vilanova / la voz

La Voz comienza esta serie sobre centros innovadores en un colegio público de infantil y primaria, de pocos alumnos (120), en San Miguel de Deiro, una parroquia marítima de menos de dos mil habitantes en un concello tipo: Vilanova de Arousa, 10.500 vecinos y cinco centros de primaria.

Desde hace tres años el nuevo equipo directivo, con Javier García a la cabeza, trabaja para cambiar las cosas, y este curso ha dado el gran salto: no hay asignaturas, exámenes, deberes ni libros, y las aulas, cuyas puertas están siempre abiertas, mezclan edades. «As clases son unha balsa de aceite e os rapaces veñen con moitas ganas de traballar», dice el director. Los padres apuestan por este sistema aunque «ao principio dábanos algo de medo, de feito hai pais que aínda teñen dúbidas», según reconoce Susana Varela, presidenta de la ANPA. Ella destaca «a ilusión dos profesores, que nos contaxian a súa esperanza»; por lo pronto su hijo, que cursa segundo, «vai moi contento ao colexio».

¿Cómo se aprende en el colegio San Miguel? Esta es la crónica de un día cualquiera, en este caso el pasado viernes.

Reflexionar, siempre

A primera hora, una de las dos clases de los mayores (5.º y 6.º de primaria, mezclados) está en una tertulia literaria. Son once niños colocados en círculo que charlan sobre La lección de August, que cuenta la historia de un chico con una deformidad en la cara. Los arousanos hablan de cómo se debía de sentir, de lo importante que es pensar en los otros antes de juzgarlos e incluso uno de ellos reflexiona: «Tal vez pensó en dejar el mundo». A los profesores les impresiona esta actividad: «Os rapaces déixanche sen alento, ¡ven as cousas dunha maneira...!», reconoce Javier García, quien recalca la importancia de estas sesiones para «mellorar a oratoria dos rapaces, a súa capacidade de análise e para coñecelos mellor».

Mientras unos valoran qué es sentirse diferente, en primero y segundo Jacobo y Chus intentan organizar la jornada. En estas clases siempre hay más alboroto, aunque poco a poco se va calmando; Chus, maestra sustituta, reconoce que este sistema «supón máis traballo» pero «é ideal, adáptaste ao neno».

Lo saben en la clase de Matemáticas (o contexto matemático), donde hay tres grupos de alumnos (el cuarto está fuera, grabando un vídeo), y unos pelean con una receta de empanada de mejillón. Durante quince días todo el colegio trabaja alrededor de la alimentación, y a los pies del puente de A Illa alimentos y mejillón son sinónimos. «Sempre buscamos temas da súa contorna, que eles vexan como propios», dice Sergio Rosales, el profesor que utiliza las cantidades de una receta para enseñar volúmenes y medidas y sus conversiones. Pocos metros más lejos el contexto (aula) científico está en pie. Allí reina Amalia Estévez, doctora en Químicas. Un grupo está preparando un Trivial de alimentación y otros acaban de zamparse un almuerzo saludable -«Queredes tomar algo?», invita educadamente un alumno ante una mesa con panes, bizcochos y zumos-, justo delante de unos enormes dibujos que reproducen los aparatos del cuerpo humano -en figuras de hombre y mujer, indistintamente-.

La publicidad es arte

Y llegamos al contexto humanístico. Marwa y Antía, de sexto, comparten pupitre con Cristhian e Iván, de quinto. Ellos creen que la mezcla de edades es buena porque «te familiarizas con outra xente e enténdese mellor así»; ellas asienten y apuntan que «cando fas unha cousa non estás chapando, pero sábela igual». El grupo comparte tableta (están en un programa educativo de Samsung) delante de una estantería con coloristas cajas de mejillones, porque como parte del proceso han tenido que crear packaging y publicidad.

Las clases por contexto se complementan con otras por curso, hora y media al día, para asegurar conceptos propios de cada edad. Ni entonces hay pupitres individuales, porque «todo o grupo é responsable do traballo conxunto», dice García, quien reconoce que ese sistema «fai madurar aos rapaces» porque les obliga a estar pendientes y exigir a sus compañeros. No es muy difícil conseguirlo: «Eles mesmos son os máis esixentes e non lles vale calquera cousa». Eso se nota cuando graban un audio, como Valentina y Lía, que repiten un cuento varias veces hasta que queda perfecto. Parece que la educación pública finlandesa no es un mito. Está en Arousa.

Las claves del centro

Las clases unen dos cursos (4 y 5 años, 1.º y 2.º de primaria, 3.º y 4.º, y 5.º y 6.º), de tal manera que «un ano es ti o pequeno e ao seguinte, o maior», explica Javier García. «Está ben porque recordas o que xa tes aprendido», dice una alumna de cuarto. Los de tres años van aparte, ya tienen bastante con adaptarse al cole.

ABP. Hasta tercero, siguen el aprendizaje basado en proyectos (ABP). No se mueven de clase y en el aula tienen áreas: la matemática, las palabras, las artes... Suele haber dos o hasta tres profesores y los niños aprenden las operaciones matemáticas con regletas o con productos naturales (una avellana es una unidad, una nuez son diez avellanas...). 

Contexto. De tercero en adelante son los niños los que cambian de clase: a la de contexto científico, matemático, lingüístico y humanístico. Están noventa minutos y se dividen en grupos, que se mueven por diferentes áreas del aula durante quince días, cuando se agota el tema a estudiar. 

Clases tradicionales, también. Los alumnos de primaria tienen también cada día hora y media tradicional, solo con los de su curso. 

Los viernes, tertulia literaria. Los mayores charlan los viernes sobre un libro que les proponen los profesores. Son debates encendidos e interesantes para conocer a los alumnos y ver cómo evolucionan como personas.

 

 

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