Cañonazos de sabor en el Mirador de San Pedro

La crítica de Fran Espiñeira

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Fran Espineira 03/04/2016 05:10 h

El dicho hippy de mayo del 68 apostaba por más amor y menos guerra. Camino de medio siglo más tarde, la antigua batería del monte de San Pedro que guarecía la entrada por mar en A Coruña (y que solo se disparó una vez en su historia) se ha convertido en un templo gastronómico que exalta la cocina más típica de Galicia con unas vistas incomparables sobre la bahía de Riazor y una propuesta de sabores para atender al más exigente paladar.

El restaurante Mirador de San Pedro cumple ocho años y su carta conserva un denominador común: el pescado fresco en todas sus variedades, pero las elaboraciones han ido cambiando con el paso de las temporadas de la mano de un jefe de cocina alemán, Sven Kretschmer, oriundo de Leipzig, que destaca las coincidencias entre la cocina gallega y la germana, «aunque allá no tienen los mariscos que hay aquí».

El Mirador de San Pedro plantea un disfrute de sabores en varias etapas. Dispone de un espacio singular, una bodega que sirve para tomar el aperitivo y disfrutar de un picoteo ligero, pero muy variado antes de acudir a cualquiera de los tres espacios en los que se reparten platos para unas 120 personas, aunque el aforo total del local puede llegar a las 550 personas en caso de eventos.

La carta incluye toda clase de pescados, siempre procedentes de la lonja de A Coruña. No faltan clásicos de la cocina gallega, como la carne de vacuno o el arroz con lubrigante. También hay un apartado para la caza, con una sugerente perdiz con ostras que el jefe de cocina define como «suave, pero con un cruce de sabores espectacular». Incluso hay disponible una opción de menú degustación, bautizado como menú romántico, por 39 euros, bodega incluida.

Para el comensal exigente, el Mirador sugiere unas zamburiñas gratinadas. La presentación es austera y la ración abundante. El toque de cocina es perfecto y el plato se hace escaso ante un plato que siempre acaba por sorprender al que lo degusta.

Pero la gran apuesta del Mirador de San Pedro es la lubina. La pieza, siempre de gran tamaño, se cocina como mínimo para dos personas y se presenta al horno, sobre una cama de patatas a lo pobre, con un suave aliño de aceite aromatizado.

El fin de fiesta gastronómico llega de la mano de un cuidado surtido de postres. La ración degustación incluye tres sabores diferentes, que se combinan al gusto del comensal. El jefe de cocina sugiere una mezcla imbatible: tarta de chocolate, cañitas y una fusión de tocinillo de cielo con tarta de Santiago que aporta un espectacular contraste con los dos primeros, más tradicionales y habituales de las cartas gallegas.

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