Cuando ir al café era un arte

Hubo un tiempo en que disfrutar de los cuadros de artistas como Castelao, Sobrino o Lugrís, de un café y de una buena tertulia eran actividades simultáneas. Sus obras embellecían las paredes de locales hospitalarios, contribuyendo a su atmósfera especial.


De poder viajar al pasado en la historia del arte, ¿a quién no le habría gustado que le sirviese en el Folies Bergère un champán Heidsieck o una cerveza Bass, de la mano de Suzon, la camarera que pintó Manet? ¿O asistir a una tertulia en el Café Pombo, con una copa de ron Negrita a mano, escuchando a Bergamín y Gómez de la Serna, y sabiéndose retratado por Solana? 

Hasta el 5 de junio, si uno visita la exposición que el Museo de Pontevedra dedica a Castelao, con un poco de imaginación es posible trasladarse a tiempos en los que su obra, al igual que la de otros artistas gallegos, como Lugrís o Carlos Sobrino, contribuía a esa atmósfera especial de los cafés. Uno de los cuadros de gran formato en la muestra es precisamente A tentación de Colombina, datado en 1917 y que adornaba una de las paredes del Café Royalty en la misma ciudad. Curiosamente, la misma escena, solo que vista por Sobrino, y que había pintado tres años antes para otro establecimiento, el Café Moderno.

Ambos artistas se inspiraron en uno de los personajes más conocidos de la Commedia  dell?Arte, junto a Arlequín y Pierrot. Combina es una de las sirvientas, pero aquí aparece elevada de esta condición, especialmente en el retrato de Sobrino. Caracterizada especialmente por su volubilidad sentimental, Colombina aparece en un jardín junto a un río en el que nadan cisnes negros, mientras que en la visión de Castelao se la enmarca entre hortensias azules y una labrada balaustrada. Pero en ambos aparece una criada de inequívoca apariencia exótica, ofreciéndole una bandeja con fruta de la que Colombina elige, precisamente, la manzana. La imagen es una invitación al goce prohibido o, al menos, lo que se sale de lo habitual: así lo simbolizan la insólita sirvienta y la manzana; para redondear la escena, Castelao la traslada a un ambiente nocturno, a la luz de la luna llena que asoma tras los árboles...

DE SAN JUAN

¿Qué variedad, de las miles que se cuentan en el mundo, es la que tienta a Colombina? Amarilla por una de sus caras, le ofrece la otra, más apetitosa, encarnada, a la mujer que parece atrapada por su encanto: un velo de pensamiento ensimismado, o quizá de nostalgia, le da un aire ausente. Es muy probable que ya conozca la tentación que se le presenta de nuevo y que se halle entre el recuerdo y la indecisión.

Tal vez para Colombina la manzana sea el equivalente a la magdalena de Proust y su solo aroma le despierta evocaciones del pasado. En este caso, la manzana bien podría ser una de esas que se llaman de San Xoán, por madurar precozmente en el calendario y coincidir, sonrosadas, con el solsticio de verano, una noche que bien podría ser la del cuadro de Castelao. Son manzanas que en muchas familias gallegas todavía recuerdan de aquellos años en los que se cogían del árbol y no en una bolsa plástica. Hoy son una rareza, igual que aquellos cafés, vestigios que ahora nos evoca el cuadro de Castelao.

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