Conexión canina en la sala de espera

Cinco animales especialmente adiestrados entran por primera vez en un hospital gallego, el Materno de A Coruña, como «facilitadores terapéuticos» de niños con trastornos del espectro autista. Con un proyecto de la Fundación María José Jove y Montegatto, los perros logran atraer la atención y provocar respuestas emocionales, y emocionantes, entre los pequeños.


A Lucía, casi tres años morenos y callados, el pánico ya no la atenaza cada vez que se acerca al hospital donde, desde hace un año, la búsqueda de razones y soluciones a su silencio la amedrenta. Ahora, Lucía llega buscando y se acuesta al lado de su compañero de antesalas en la sala de espera. Es Fusco, un can de palleiro de mirada tranquilizadora que ha sido capaz de acallar el llanto aterrorizado de la pequeña. «Esto es excelente, desde que están los perros es otra» cuenta su madre, Luimar. Su hija está entre los pequeños que forman parte de la primera experiencia en Galicia de terapia animal dentro de un hospital y con niños con autismo. En España, solo el Sant Joao de Deu, en Barcelona, desarrolla una iniciativa similar.

 

La estampa del descanso, el descubrimiento y el juego compartido, una postal que explica mejor que nada la especial conexión animal, se produce en el Hospital Teresa Herrera, el Materno de A Coruña, gracias al apoyo de la Fundación María José Jove y el Centro Canino Montegatto. Allí, estos perros de asistencia, auténticos terapeutas, son adiestrados por Tito Villazala durante dos años para cumplir la difícil misión de despertar la luz en un niño que, por razones aún por descubrir, a menudo parece ajeno a su alrededor. Arrancar una caricia, atraer una mirada o recuperar una exclamación, imágenes espontáneas de sentimiento, son logros que multiplican expectativas.

Cuenta la madre que la voz de alarma saltó cuando la pequeña enmudeció. Había comenzado a decir sus primeras palabras, mamá y agua, y una huída en busca de mejor futuro las forzó a cruzar el Atlántico para refugiarse en casa de la abuela gallega. «Al principio, pensamos que era por el cambio, pero ya le había visto otros signos, muchas rabietas, no le importan las normas sociales, le cuesta mucho socializar con otros niños...». Así llegó a la consulta de Atención Temprana y pronto el temor tuvo nombre: TEA, trastorno del espectro autista. «Va a cumplir tres años y no dice una palabra, salvo Tarzán, que así se llama un perro que conoció en el parque». Instinto materno, Luimar convenció a la dueña para coincidir a la hora de los juegos y en cuanto le propusieron entrar en el programa de terapia canina, no lo dudó. «El día que llegó y vio a los perros, se le quitó el terror».

 22 niños, cinco perros

Como la de Lucía, 22 pequeñas grandes historias comparten los minutos previos a entrar en las sesiones de tratamiento de Rehabilitación Infantil con el televisivo Fusco, con Venus, un perro de aguas que acude a saludar a quien entra, y con Gym, Yogui o Marrón, tres labradores brillantes. Son este especial equipo sanitario capaz de lograr lo que, a veces, apenas puede ni todo el amor de quien te da la vida.

 Guille, todo sonrisas, habla mucho con las manos y cuenta su padre, también Guillermo, que de muy pequeño tuvo una mala experiencia con un animal. Se le echó en la calle y lo dejó bloqueado. «Desde que venimos aquí, ha cambiado; esto ha sido la recuperación de su gusto por los animales y, además, le viene muy bien para su mayor problema, porque lo que más le cuesta es hablar; ahora, llega a casa y cuenta», resume mientras el pequeño no duda en despedirse como corresponde tras una reconciliación tan grata con quien primero se ha dejado tocar, manosear, rascar... Le planta un sentido beso en todo el hocico.

«¡¡Nooo!!!», dice Alicia, tras años y medio llenos de inquietud, cuando tiene que despedirse de los compañeros de espera a los que ha tapado con una manta como quien arropa a un muñeco. Recibe un lambetón como agradecimiento y se ríe mientras persigue el objetivo de una cámara que le resulta familiar porque en casa no quieren perder detalle de cómo y cuánto crece. Todavía está en fase de diagnóstico, cuenta el papá-fotógrafo, Jesús. Es la primera vez que está con estos «facilitadores terapéuticos» y su opinión es clara: «De estas cosas, cuantas más mejor».

Mientras, Maeloc, que entra saludando a cada ser de la sala, repite «perro-ladra» y casi hace llorar a su madre, Florencia, cuando hunde sus dedos en el lomo lanudo de Venus. «Me parece realmente sorprendente, hasta hace no mucho entraba en un sitio y daba igual que hubiese dos o diez personas, como si no estuviese nadie, cuanta más gente, más solo se sentía», explica mientras Mae, que «nunca da besos», asegura, regala uno en el adiós a Adriana.

 

Adriana Ávila es la responsable de la Unidad de Investigación de Terapia de la Universidade da Coruña y coordinadora de un proyecto que va más allá de certificar el efecto balsámico de los animales. A lo largo de un año, realizarán pruebas y test para recoger datos sobre los cambios de los pequeños no solo con los perros, sino también en su relación con la familia, con los sanitarios o con los otros niños. Se trata, en definitiva, de comprobar si esta patrulla canina tan peculiar es capaz de influir en el desarrollo de las habilidades sociales, de comunicación y también afectivas de los pequeños.

«Estamos realmente maravillados», resume. Ella ha visto de cerca ya una decena de gestos aparentemente mínimos que, tratándose de autismo, suponen avances sin medida. «Una bebé empezó a balbucear cuando vio al perro», relata mientras describe la emoción que para padres, y abuelos, hambrientos de contacto supone sentir que su niño los coge de la mano para acercarlos hasta el animal que despierta su atención. O ver cómo intentan compartir su chupete con los peludos.

«En general -cuenta Adrián Paredes, educador de Montegatto-, reaccionan con asombro y curiosidad. Nosotros los dejamos, les damos tiempo, no los obligamos... hasta que buscan el contacto visual, y tocarlos; al final, es una terapia para los niños, pero también para los padres».

«Con tan pocas semanas, en algunos niños ya se ven cambios», confirma Miguel Alonso Bidegain, jefe del servicio de Rehabilitación Infantil y Atención Temprana. Aplaude la iniciativa y explica por qué se optó por incluir, de forma prioritaria, a niños de entre 2 y 6 años con autismo: «Cada vez hay más», lamenta. Alude a que, además de el hecho de que cuando se presta más atención se suele detectar más, no desdeñan el impacto de un factor común de los tiempos en los que les ha tocado vivir a unos pequeños nacidos bajo el signo de las TIC . Los nuevos modos de encontrarse con el mundo a través de modernas tecnologías -móviles y tablets- desde edades muy tempranas pueden colaborar al aislamiento entre niños cuyo mayor problema es, precisamente, la relación social y la comunicación. Solo al Materno están llegando una treintena de casos cada año, aunque el especialista puntualiza sobre un diagnóstico que puede demorarse hasta un año: «Son niños con características clínicas compatibles con el autismo, pero cuando son pequeños lo que hacemos es un diagnóstico funcional, solo cuando crecen se puede determinar si es TEA, porque hay casos en los que finalmente lo que tienen es un trastorno específico del lenguaje, no comprenden y, por eso, no pueden relacionarse. Por eso tratamos de adelantarnos y tratar la discapacidad funcional cuanto antes». Los perros, en este caso, cuentan con una capacidad no siempre fácil de explicar para conectar con los niños y «si son capaces de relacionarse con el perro, serán capaces de hacerlo con los demás», valora el doctor.

Apenas tres semanas después de su puesta en marcha, ya notan que los pacientes ahora llegan antes y Adrián da una de las claves. A las puertas de la sala de espera, un parque infantil de toboganes y columpios era hasta ahora la máxima atracción para los bajitos. Ahora las mascotas «le han ganado la guerra a los juguetes, ya no se paran antes, vienen directamente a ver a los perros».

 

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