Así funciona el cerebro de tu hijo

Los niños, por desgracia, no vienen con manual de instrucciones. Pero algunas ideas básicas sobre cómo funciona su cerebro pueden ayudar a los padres a enfrentarse al extenuante reto de la educación. El neuropsicólogo Álvaro Bilbao desvela en su nuevo libro algunas claves para realizarlo con éxito: límites, empatía y afecto. ¡No perdamos los nervios!


 

Cien mil millones de neuronas «flotan» en el cerebro de un bebé, y también en el de un adulto. La diferencia está en que, en el segundo de los casos, estas han establecido trillones de conexiones entre sí. Para explicar cómo esas conexiones van formando lo que somos, el neuropsicólogo Álvaro Bilbao ha publicado una guía titulada El cerebro del niño explicado a los padres, en la que explica, en un lenguaje asequible, las razones científicas que hacen que lo que hacemos para educar a nuestros hijos les afecte de una manera determinada.

 Además de recordar las capacidades alojadas en cada uno de los hemisferios cerebrales, el experto descubre que su estructura esconde «tres cerebros en uno»: el reptiliano, que nos permite luchar por nuestra supervivencia; el emocional, que distingue entre emociones agradables y desagradables; y el racional, del que nos valemos para comunicarnos, razonar o ponernos en el lugar del otro. Son tres niveles de procesamiento cerebral que van evolucionando a medida que el niño crece, y aprender a dialogar con cada uno de ellos es la clave para ayudar al niño en su desarrollo educativo.

Con sentido común

¿Pero cómo encontrar el equilibrio en esta difícil tarea? Álvaro Bilbao defiende el sentido común como guía: «uno de los errores más comunes entre los padres en lo que a educación se refiere es irse a los extremos», asegura el experto, que piensa que demasiada información crea «padres fundamentalistas» con ideas fijas acerca de «cuánta leche debe tomar su bebé en cada toma, cuán esterilizados deben estar los biberones o cuantos meses, semanas y días debe tomar el pecho el bebé para su adecuado desarrollo inmunológico». Son, asegura, padres con las mejores intenciones que basan sus dogmas en «teorías bien fundadas, a veces mal interpretadas y casi siempre llevadas al extremo». Los extremos no son positivos, cree Bilbao, que pretende guiar a los padres «por el camino intermedio» y por eso recuerda que «no hay que medir al milímetro las cucharadas de cereales que ponemos en el biberón y no pasa nada porque el niño experimente la frustración de que su mamá decida terminar de vestirse antes de tomarlo en brazos».

Motivar, la clave

De entre todas las herramientas que el especialista propone para guiar a los padres, destaca el refuerzo de las conductas positivas. «Puedo asegurarte que si sabes recompensar al niño, si sabes cuándo y cómo debes premiar su conducta, habrás ganado el 90 por ciento de la batalla de la educación y, asimismo, la crianza de tus hijos será infinitamente más satisfactoria para ambos». El secreto del éxito está en la dopamina, la sustancia que produce satisfacción y permite al cerebro del niño asociar dos ideas a través de la recompensa. Para reforzar, de todos modos, hay que tener en cuenta ciertas claves: hacerlo inmediatamente después del progreso, aunque solo cuando sea necesario, y no esperar a que lo haga perfecto, sino valorar los pequeños logros.

Eso sí, el refuerzo para que sea efectivo, no debe llevar peros ni comparaciones. Si al niño le dices: «lo has hecho muy bien» no vale acompañarlo de frases como «no como otros días», «pero puedes hacerlo mejor» o «espero que lo hagas siempre así». Además, el experto aconseja que la recompensa no sea material, sino emocional o social, porque «cada vez que das un refuerzo a tu hijo estás dándole un mensaje, lo estás educando en valores. Si cuando obedece o ayuda juegas con él o se lo agradeces, entenderá que cooperar lo une a los demás y que esto es un valor importante. Si, en cambio, cuando hace las cosas bien le compras un juguete, entenderá que tener cosas es realmente valioso en la vida».

Lo que no funciona

Cuando, en el proceso educativo, nos centramos en las conductas negativas, estamos cometiendo un error, según el experto, porque el cerebro del niño solo aprende ideas nocivas sobre si mismo. Con los castigos, el niño, además de interiorizar que cuando uno está frustrado puede arremeter contra los demás, asume también la aparición de la culpa, y, lo que es peor, si le decimos, por ejemplo, que es un desobediente, «su cerebro utiliza esa información para formar un autoconcepto que guarda en una estructura llamada hipocampo». «Si un niño se reconoce valiente u obediente actuará en consecuencia -explica el autor-, mientras que si los mensajes de sus padres o maestros han fijado en su memoria que es un niño desobediente, también actuará en consecuencia. El niño que se sabe desobediente, caprichoso, egoísta o vago no tendrá más remedio que actuar en la vida en relación con lo que sabe de sí mismo». Los castigos, además, son un arma de doble filo porque con ellos los padres prestan una atención a los niños que a veces estos buscan de forma inconsciente.

La conclusión a la que llega Bilbao en esta obra es que los límites son la clave fundamental en el desarrollo del niño. Hay que ponerlos desde el momento del nacimiento, pero con eficacia y sin dramas, porque si no puede resultar contraproducente. «El secreto de poner límites no consiste en hacer una escena dramática, sino en conseguir que el niño actúe de la manera que le hemos marcado». Si le gritas, además, se activará una parte de su cerebro que no le permitirá aprender lo que estás intentando enseñarle. La última de las claves para el éxito educativo es la empatía. ¿Por qué es una respuesta tan poderosa? Pues porque «cuando una persona escucha una respuesta empática, el cerebro racional y el emocional sintonizan, y esto tiene un efecto calmante sobre el cerebro emocional».

Álvaro Bilbao compara al niño que crece con un árbol: «ni sus maestros, ni sus padres, ni él mismo saben todavía de qué tipo llegará a ser.(...) En lo que puedes confiar es en que el cerebro de tu hijo está programado para desarrollarse plenamente y alcanzar todo su potencial. En muchos casos, tu única labor será precisamente esa: confiar».

 

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