Persiguiendo a un Ferrari

Saleta Castro podría viajar a Madrid cada semana sin pagar un duro. Su rutina de entrenamiento durante esos siete días la llevaría desde su Pontevedra natal hasta la capital de España: 20 kilómetros nadando, 400 en bici y 70 corriendo. Así es su vida una semana tras otra. Esta triatleta de 28 años es ya una de las mejores del planeta en su disciplina, el Ironman, seguramente la prueba deportiva más salvaje que existe. Un redactor de OK intentó seguirle el ritmo durante dos sesiones de trabajo. Por supuesto, dos jornadas muy relajadas para ella. Para él...


Los lugares comunes son casi siempre terreno pantanoso. Escrutar a Saleta Castro desde la distancia, por ejemplo, podría generar confusión. No es especialmente alta ni robusta, por lo que cualquiera podría caer incluso en el error de considerarla frágil. Y sería un error, créanme. Un error mayúsculo. Porque Saleta es un pepino. Un formidable motor en un afinado chasis. Un Ferrari, en definitiva. Esta triatleta pontevedresa acunada en ese maravilloso grupo de élite que conforman Gómez Noya, Raña, Dapena... es una de las grandes promesas del Ironman, una disciplina que se domina física y mentalmente una vez rebasada la treintena, cuando el atleta alcanza su umbral de resistencia. Ella aún tiene 28. Su margen de recorrido es ilusionante.

Acudimos a entrenar con ella la semana de descarga, siete días en los que baja la intensidad para recuperarse de tanto esfuerzo. Intentar esta aventura durante un día cualquiera de las otras tres semanas (20 kilómetros nadando, 400 de bici y 70 de carrera, recuerden) habría sido, además de un reto inabordable, una temeridad. La rutina que Saleta le ha preparado al periodista se divide en dos jornadas: la primera, natación y bici. La segunda, carrera.

El festival arranca una mañana de sábado en el complejo Rías do Sur, en Pontevedra. Son las nueve de la mañana. La joven deportista aparece acompañada por Pablo Dapena, también pontevedrés y otra de las promesas del triatlón en España, compañero habitual de entrenamientos de ese mito que ya representa Javi Gómez Noya, flamante Premio Princesa de Asturias del Deporte. Saleta quiere hacer series en las dos calles de 50 metros habilitadas y Pablo será una ayuda fantástica para tirar, para apurar el ritmo y mejorar. Dapena, que fue nadador hasta los 22 años, es un diablo sobre el agua; un valioso estímulo para su colega.

El que escribe comparecerá también sobre el líquido elemento, pero en un suspiro asumirá resignado que, en este escenario, será mejor ir piano. Los dos triatletas rompen el crono una vez tras otra mientras el periodista se conforma con ir sumando largos. A su ritmo, obviamente. Al final de la hora de natación, recorrerá algo más de dos kilómetros. Los dos Ferraris, bastante más. ¡Qué delicia verlos nadar!

Al acabar en la piscina, nos desplazamos al Centro Galego de Tecnificación Deportiva (CGTD), punto de partida para la rutina de bici. Antes de salir, desayunamos en el Don José, una cafetería que es un casi un centro neurálgico para los deportistas de élite gallegos. Saleta está en su salsa en el local. Es algo así como el pequeño microcosmos de una mujer acostumbrada a recorrer decenas de rincones del planeta. Allí vacila incluso a Pablo, que está un tanto nervioso porque al día siguiente compite en el Campeonato Gallego de corta distancia sin draft. Saleta le advierte que se lo tiene que llevar de calle, pero su colega no lo ve tan claro. Al final, tendrá la razón ella. Dapena arrasará en la cita de Baiona.

Subimos a las bicis. Además, de Saleta y Pablo se une Toño Cavada, otro compañero habitual de fatigas. ¿La misión? Completar la ruta de las playas, algo más de treinta kilómetros desde Pontevedra hasta los arenales de Marín. Un recorrido básicamente llano salvo por algún pequeño repecho sin demasiada pendiente en las proximidades de Mogor, Lapaman, Aguete... Rodar con la bocana de la ría de Pontevedra en un costado resulta estimulante, aunque la tentación de detenerse está ahí latente. El cielo brilla y las aguas azules invitan a un nuevo baño. Este solo por ocio.

Lo cierto es que la ruta es un paseo para los triatletas. El invitado logrará completarla sin excesiva dificultad salvo en el último tramo, de vuelta al CGTD, cuando nuestros protagonistas se ponen a tirar y el periodista ha de activar su orgullo para no quedar descolgado. Al fin y al cabo, 30 kilómetros no son tantos...

Saleta tiene muchas esperanzas en su mejora en la prueba ciclista. En un Iroman se han de completar del tirón 3,86 kilómetros nadando, 180 en bici y una maratón (42 km). «En la bici es donde más tiempo se pasa y siento que en cualquier momento voy a explotar; si lo consigo, creo que puedo dar un salto muy importante».

Ese salto del que habla podría hacer realidad la que es su gran obsesión, su gran reto a estas alturas de su carrera: acudir al Ironman de Hawai, la cita que reúne a los mejores triatletas del planeta, la élite entre las élites, apenas 35 nombres en cada categoría. Solo una española ha logrado clasificarse como profesional en la historia, la vasca Virgina Berasategi, aunque su carrera se vio empañada tras su condena por dopaje. Si tuviese que apostar, me jugaría las alforjas a que tarde o temprano lo conseguirá. En Saleta habitan muchas de las cualidades que uno espera descubrir en un gran deportista: dedicación, pasión, aptitudes físicas... Continente y contenido, en definitiva.

La segunda sesión de entrenamiento tendrá lugar dos días después, el lunes. El día anterior, la joven pontevedresa se ha pegado una buena paliza a lomos de su espectacular bici: 190 kilómetros. Saleta está preparando el Ironman de Fráncfort, seguramente su última oportunidad para clasificarse para Hawai tras la decepción de mayo en Lanzarote, su centro de entrenamientos durante tres meses al año. En la prueba canaria iba como un tiro. Completó el ciclo de natación, el de ciclismo y, cuando llevaba 22 de los 42 kilómetros de la maratón, le entró una terrible pájara que la obligó a retirarse. En ese momento iba de cuarta. «Me retiré delante de todo el mundo, de amigos... Lo pasé muy mal por eso», confiesa. Quizás le pesó el hecho de que solo unas semanas antes, había competido en Texas y llegó un tanto fatigada. «Igual con un día más de descanso...»

Correremos a orillas del Lérez. Por el paseo, la Illa das Esculturas y la paradisíaca senda que recorre el cauce. Algo más de diez kilómetros a un ritmo de entre 4,50 y cinco minutos por cada mil metros. Por supuesto, Einstein tenía razón. El ritmo es suave para ella, ya no tanto para su acompañante, a quien una molestia en el gemelo derecho producto de esfuerzos precedentes lastrará ligeramente. La relatividad, ya saben...

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El lado íntimo

En cualquier caso, esa hora de carrera da para mucho. Para descubrir a la Saleta más íntima. A la triatleta que arrasa en las redes sociales (solo en Instagram tiene más de 45.000 seguidores) y a la que de vez en cuando le llegan propuestas para explotar su atractiva imagen. «Alguna vez me han llamado para ir a Madrid a hacer un desfile de modelos pero eso no me interesa nada de nada. Yo soy atleta y quiero ser atleta». No resulta difícil intuir por qué ese lado de la deportista es tan sugerente para los focos. Saleta es pura energía, tan incontinente cuando entrena como cuando habla. Tiene opinión sobre las cosas y la expresa, a una distancia sideral de ese discurso monocorde y aburrido que empapa a tantos deportistas en nuestra era.

A medio camino de nuestro trote, sube durante unos segundos la intensidad para demostrar cuál es el ritmo cuando corre la maratón, después de horas y horas de sufrimiento en el agua y a lomos de su bici. Uno ni puede imaginar lo que se siente durante esos 42 kilómetros, pero huele horrores a tortura. «En la rueda de prensa de presentación del Ironman de Lanzarote ?explica la pontevedresa? coincidí con Iván Raña y Jan Frodeno (campeón olímpico en Pekín y otra de las leyendas de la disciplina) y hablamos precisamente de esto. En un Ironman, cuando llegamos a la maratón ya no sabemos con qué corremos. Dentro ya no nos queda nada después de tantas horas de esfuerzo, pero lo hacemos. En los últimos diez kilómetros no se corre, se sobrevive», relata.

Saleta es joven para la disciplina. Ha completado ya nueve Ironman y tiene el futuro a sus pies. Pero ella es impaciente, un volcán seguramente a punto de erupción. «Tengo la sensación de que mi cuerpo va a evolucionar. Todo lo que mejoro va muy lento, pero estoy acumulando entrenamientos, experiencias...». La joven dice de sí misma que siempre ha sido una deportista diésel, y quizás esto no sea malo para un territorio tan salvaje como en el que se desenvuelve. Completamos la carrera. Ella sin despeinarse y el periodista con la camiseta empapada y una íntima sensación de satisfacción. Y con un último deseo: que el destino le sea propicio... Hay esfuerzos que merecen recompensa.

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