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«El amor no ha muerto, pero hay que trabajarlo un poco»

Pilar Cebrián, psicóloga y coach de pareja, ofrece las pautas para superar la crisis


Su cara les suena porque hace unos meses presentó en Cuatro el programa Mejor llama a Pilar, dedicado a ayudar a las parejas en crisis. Ahora lo hace a través de un libro, Te quiero, luego insisto (Planeta), en el que apuesta por la esperanza en un mundo en que los divorcios son para septiembre. 

-Cada vez nos duran menos las relaciones, ¿se acabó el amor para toda la vida?

-¡Para nada!, yo creo que el momento en el que vivimos nos hace muy impacientes: todo lo que queremos tener lo tenemos a un golpe de click o pagándolo; pero una cosa es conocer gente y otra es enamorarte y establecer una relación estable. Hoy cuando la relación hace aguas por algún lado mucha gente dice «pues salgo de aquí y encuentro otra cosa», pero una relación estable hay que trabajársela un poquito más. Aún así la gente sigue buscando un compañero (o compañera) de viaje, el amor no ha muerto en absoluto y cada vez se verbaliza de una forma más abierta. Yo tengo una agencia matrimonial y la tengo cada vez más llena.

-La moda ahora es ir a tiro fijo, tipo «First Dates». ¿Cuando uno quiere tiene que buscar o eso aparece cuando menos te lo esperas?

-Creo que los extremos nunca son buenos. No se puede estar en el sofá esperando que nazca el amor, porque no nace como las setas en el campo. Hay que estar abierto a enamorarse, y pensar qué es lo que buscas, lo que quieres en la vida... pero buscar de forma obsesiva sí que puede llegar a frustración. Tenemos que dejar de lado muchos de esos motivos erróneos por los que se busca una pareja: para evitar estar solo, para reafirmarte... Eso lo que desarrolla son dependencias emocionales que hacen aguas a la larga y nos hacen perder la perspectiva de nosotros mismos. Las relaciones de pareja son la parte ociosa de nuestra vida. Es la suma de dos personas individuales que llegan a un punto concreto con mochilas diferentes, las vacían y las ponen en común, pero no puedes tú meterte en la mochila del otro ni esperar que el otro se meta en tu mochila.

-«Te quiero, luego insisto»... Pero ¿hasta cuándo hay que insistir?

-Yo creo que hay que insistir hasta que empezamos a faltarnos al respeto, a hacernos daño. Una característica adosada al amor es la generosidad, cuando empezamos esa guerra de poderes, nos molesta todo lo que haga la otra persona y no estamos dispuestos a salirnos ni medio paso, ahí es donde hay que empezar a plantearse que ya no funciona. Cuando la otra persona te empieza a contar algo y empiezas a sentir manías, o cuando el dolor que puedes provocarle al otro ya no provoca nada en ti. Si ves llorar a tu pareja y no tienes ganas de hacer el esfuerzo para que no llore o lo pase mal, hay que plantearse, si no la ruptura, una terapia o introducir algo nuevo que haga que esa relación cambie el rumbo.

-¿Y aguantar «por los niños», ese clásico que aún se escucha mucho?

-Es verdad que a la gente le da miedo dar el paso, nos establecemos en nuestra zona de confort y pensamos que todo lo que puede haber detrás no puede ser mejor. Pero si lo ves en positivo es increíble todo lo que puedes hacer y conocer: puedes volver a enamorarte (a mi agencia viene gente de sesenta y setenta años)... Esto es como hacer puenting: tírate y ya está, no esperes a tirarte teniendo una colchoneta y sabiendo lo que vas a sentir. Asume que la adrenalina está bien. Lo otro es estar muertos en vida, y cuando te das cuenta de que te entierras ya es tarde para hacer cosas.

-¿La infidelidad es la principal causa de ruptura?

-Yo cada día veo más casos en consulta, porque estamos desdibujando tanto los límites que ya no sabemos dónde están. Parece que todo vale, hemos desarrollado argumentos que justifican cualquier tipo de conducta. Está bien la libertad de expresión, pero hay que cumplir con el respeto. Puede ser que en un determinado momento aparezca una persona que pueda interesarte más que lo que tienes en casa, pero cuéntalo, háblalo o intenta gestionarlo. El principal problema es la incomunicación. Y la infidelidad se puede superar, yo he conocido gente que gracias a una infidelidad se ha reencontrado.

-¿Por qué tras el divorcio nos llevamos siempre tan mal?

-Al final de las relaciones nos hacemos mucho daño, hay un punto en que abandonamos el colchón y empezamos a compartir trincheras. Prima el orgullo y, de algún modo, tenemos que culpar al otro para justificar esa ruptura y no sentirmos tan dudosos de si podríamos haber quemado el último cartucho. Es mucho más fácil refugiarnos en la rabia y en la ira que en el cariño, porque ese cariño podría llevarnos a sentir carencias que nos pudieran hacer buscar esa relación.

 

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