Tai chi, o la búsqueda del equilibrio

Dominar el cuerpo, conectar con la tierra, relacionarse con el mundo... Es el tai chi chuan, una disciplina milenaria que suma millones de fieles en Asia, donde se considera incluso que su práctica retrasa el envejecimiento y prolonga la esperanza de vida. Un redactor de OK intentó acercarse a su esencia en una sesión dirigida por un veterano maestro japonés


Cuenta la leyenda que de la contemplación de la lucha entre una serpiente y una grulla nació el tai chi chuan, una disciplina tan cautivadora para el ciudadano occidental como difícil de encuadrar. Porque... ¿Qué es en realidad esta práctica milenaria que reúne a miles de personas cada mañana en los jardines de China? ¿Un arte marcial? ¿Una suerte de gimnasia? Para tratar de desentrañar sus misterios, OK acude a la Escuela Kodama, en A Coruña, un centro deportivo especializado en artes marciales dirigido por un japonés que arribó a Galicia en 1981.

 

El maestro Kodama comenzó a profundizar en el universo del tai chi hace 30 años. Lo suyo era -y sigue siendo- el karate, pero comprendió que debía ampliar sus horizontes para materializar sus objetivos. El tai chi le permitió acercar su filosofía, su modo de entender el mundo, a nuevos públicos. Personas de todas las edades que podrían asomarse a una disciplina que esconde en realidad una forma distinta de pisar y entender este planeta.

Porque es ahí, seguramente, donde habita su esencia. El tai chi chuan es más que un arte marcial o una forma de gimnasia; es una filosofía vital al alcance de todo aquel que manifieste actitud y deseo. En apenas una hora de clase, se intuye su dimensión cosmológica porque oirá conceptos muy poco convencionales para los estándares de un gimnasio occidental. Energía, conectar con la tierra, meditar... Dominar y comprender cada uno de estos principios, eso sí, requiere de mucha práctica, de años de dedicación. Eso es algo que quedará meridianamente claro a lo largo de una hora de sesión.

Y es que aunque el tai chi es accesible para personas de todas las edades -de hecho, está especialmente recomendado para los mayores-, hay que trabajar muchas horas para lograr ejecutar con soltura esa sucesión de movimientos plásticos y armónicos que, desde la distancia, resultan cautivadores.

La primera parte de la clase, no obstante, es accesible para el que suscribe. El maestro Kodama ordena una serie de ejercicios de elasticidad y fortalecimiento de tendones y músculos que habrán de acompasarse en todo momento con la respiración. El tai chi busca el equilibrio, la simbiosis radical entre cuerpo y mente, y para ello cada técnica ha de coordinarse con la mecánica del cuerpo. La teoría es simple, la práctica ya no tanto...

La segunda parte de la sesión es literalmente inaccesible para el plumilla, salvo que este se exponga a hacer un ridículo espantoso y, por ende, acabe por obstaculizar a sus compañeros. El maestro Kodama dirige esa concatenación de movimientos que dan vida a una coreografía perfecta. Quizás el término que mejor explica lo que ocurre en la sala en ese momento sea fluir. Contemplar la cadencia con la que se mueven el maestro y sus alumnas, el control absoluto con el que movilizan cada uno de sus músculos y tendones, es un espectáculo de alguna forma conmovedor. Efectivamente, evocan el contoneo elegante y pausado de una serpiente como aquella que derrotó a la grulla.

 

Las bondades

Hay una plasticidad en la forma con la que se mueven sobre el parqué de la sala, en el orden con el que ejecutan las técnicas, que permite adivinar las bondades de esta disciplina milenaria: flexibilidad, equilibrio, resistencia... Pero sobre todo paz.

En estos tiempos de frenesí, de vidas atrapadas en la vorágine del día a día, el tai chi dibuja algo así como una vía de escape. Un camino a través del cual es posible liberar la mente de preocupaciones y poner en cuarentena muchos de los problemas que ocupan la existencia de los seres humanos. Conflictos que, en realidad, tienen una importancia circunstancial. Relativizar, una de las metas de nuestro tiempo. En apenas una hora bajo el influjo del maestro Kodama, resulta evidente que ahí reside mucho de lo que propone el tai chi.

El tai chi trata de establecer una simbiosis radical entre el cuerpo y la mente. La teoría es simple, la práctica ya no tanto

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