¿Quién escribe hoy a mano?

Más listos, más organizados y más espabilados. Los beneficios de la escritura manual nada tienen que envidiar a las virtudes del tecleo y, sin embargo, el 75 % de los españoles ya no coge un boli en todo el día. En Finlandia, los niños han dejado de aprender caligrafía.


Redacción / La Voz

Desde este agosto, el aprendizaje de la escritura en cursiva -la de los cuadernos Rubio; la de las letras con rabitos, efes espigadas y erres de cuatro palos- es opcional en las aulas finlandesas. Los niños del norte de Europa se dedican a llenar libretas reproduciendo caracteres de tipo imprenta y ya desde el primer año de colegio aprenden a escribir en dispositivos electrónicos, pero su sistema educativo, el más avanzado del mundo, ha decidido que la caligrafía de toda la vida, tan pulcra y diagonal, no sirve absolutamente de nada. Argumentan sus responsables que escribir con letras de imprenta es más rápido; que la cursiva, «difícil de aprender», solo se usa en el colegio; y que la mecanografía será una ventaja competitiva el día de mañana. Los datos sobre usos y costumbres nada pueden rebatirles: tres de cada cuatro españoles ya no escriben nada a mano en su día a día.

La del bolígrafo es una resistencia estoica en un mundo en el que el de la tecla ha pasado a ser un sonido ambiente. Desplazado a hábito marginal y puntual -según una encuesta realizada por Samsung, el 80 % de los preguntados confiesa que recurre a la tinta para elaborar la lista de la compra y el 75 %, para las correcciones de textos-, el apunte a mano, incluso el coloreo, han comenzado a asumir un nuevo papel: el de vía de escape. El de salvavidas analógico en un mundo tecnológicamente congestionado.

Nueve de cada diez jóvenes de entre 16 y 24 años encuestados por la firma surcoreana solo escriben a través de un teclado. Nada reprochable: es rápido y cómodo; limpio, útil y ecológico. Pero, ¿qué es lo que no es? Cuando uno escribe, está trasladado sus pensamientos al papel. Los precisa, los ordena. Por la vía manual este proceso se dilata, implica obligatoriamente una reflexión más profunda, una atención más plena, una constatación del mensaje mucho mayor que la de un párrafo escrito a la carrera a golpe de falanges. Por eso los alumnos que cogen apuntes a mano retienen mejor los conceptos que los que lo hacen frente a un ordenador. Al no permitir acaparar tantas palabras como la digital, la escritura física obliga a reinterpretar el mensaje, a resumirlo. Estimula la capacidad de síntesis, el desarrollo de ideas. Pone al cerebro en forma.

Hay quien, además, con las pupilas sobre una pantalla echa en falta el componente visual. El esquema sobre la cuartilla, la anotación al margen, el subrayado. La tecnología intentó durante un tiempo familiarizar al usuario con todas estas opciones en sus procesadores de texto. Pero eran incómodas. Resultaban demasiado impostadas. Su plan b es mucho más elemental y, como tal, funciona: aplicaciones para manuscribir sobre las tabletas -la nativa Notas de iOS, Paper, Penultimate, Notability, WhiteNote o Evernote-. Los blocs de notas del mundo sin Bics.

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