Menos Tierra y más espacio, la nueva NASA

La NASA también tendrá que adaptarse a la era Trump para marcar un nuevo rumbo en el que la exploración del espacio profundo pasará a ser la prioridad. Y lo será a costa del hasta ahora potente programa de observación de la Tierra, que incluye las investigaciones sobre el cambio climático.


Redacción / La Voz

No existe todavía la certeza de los planes que el presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, tiene para la NASA, pero sí hay un buen reguero de pistas que apuntan hacia lo que serán sus prioridades, indicios que han esbozado tanto él como sus asesores a lo largo de la campaña electoral y en los primeros días después de su elección. «Bajo la Administración Trump, Florida y América van a dar el paso hacia las estrellas» fue una de sus frases más reveladoras. La pronunció en un mitin en Florida en el que también anunció que iba a liberar a la agencia de las misiones en la órbita baja terrestre (LEO), que iba a ceder en exclusiva a la industria privada. En la práctica es algo que ya se viene haciendo, porque son mayoritariamente las empresas privadas como Space X las encargadas de poner los satélites en órbita o de enviar suministros a la Estación Espacial Internacional, mientras que en un futuro próximo será Boeing la que asumirá el traslado de astronautas al mismo complejo. Solo que ahora la NASA renunciará por completo a estas actividades. «Vamos a reorientar la la misión de la NASA a la exploración espacial. La exploración humana de todo nuestro sistema solar a finales de este siglo debe ser el enfoque y el objetivo», reiteró el presidente. Para esta aventura también espera reforzar la colaboración con el sector privado, algo que también había advertido Obama recientemente para el proyecto de enviar una misión tripulada a Marte en la década de los 30, solo que con Trump este principio será elevado a la máxima expresión.

En esta aventura Marte seguirá siendo el objetivo, pero ya no el principal. El planeta rojo puede esperar, porque ahora la Luna recuperará el protagonismo perdido. El anterior presidente republicano, George W. Bush, ya había elegido el satélite como paso intermedio antes de llegar a Marte, aunque luego la llegada de Obama trastocó los planes. Este nuevo objetivo encaja, además, con la filosofía de la Agencia Espacial Europea, que se ha marcado como objetivo crear una base permanente en el hábitat lunar, por lo que la colaboración entre las dos agencias podría reforzarse. «Muchos expertos republicanos en política espacial creen que la Luna es un destino más prometedor. Marte sigue siendo un destino convincente, pero puede esperar», escribió el analista espacial Casei Dreier. «Un retorno a la Luna tiene más posibilidades para lograr una participación internacional, ofrece más oportunidades para las asociaciones y servicios comerciales. Marte está bien como un objetivo a largo plazo, pero habría que empezar por uno más realista», coincide el exastronauta Scott Pace, del que dicen que tendrá un papel destacado en el nuevo organigrama de la NASA.

En Trump y su equipo -que prevén como primer impulso para sus proyectos la reconstrucción del Consejo Nacional del Espacio, encargado de definir la política en este ámbito y coordinado históricamente por el vicepresidente del país- se vislumbra el espacio como una aventura, como un reto para la exploración humana, pero también como una oportunidad de negocio en la que la NASA irá de la mano de la incipiente, pero pujante, industria norteamericana del sector. «Vamos ampliar sustancialmente las asociaciones público-privadas para maximizar la cantidad de inversión y financiación disponible para la exploración y desarrollo espacial», dijo Trump. Esta colaboración supondrá un refuerzo de actividades como el turismo espacial, que incluye la construcción de hoteles en órbita, pero también de la minería espacial. El fin es buscar recursos y minerales más allá de la Tierra.

La contrapartida

Todos estos ambiciosos planes, sin embargo, tendrán un coste. Y todo parece indicar que la gran damnificada será la potente división de Ciencias de la Tierra de la NASA, fuertemente impulsada durante el mandato de Obama, con un incremento en sus presupuestos de hasta un 50 % hasta alcanzar los 2.000 millones de euros. La tupida red de satélites de observación terrestre proporciona una información inestimable para evaluar el medio ambiente, especialmente el cambio climático, pero este fenómeno no es una prioridad para Trump. «Hay otras agencias que pueden hacer este trabajo», desveló esta semana Bob Walker, uno de los asesores del presidente, lo que da buena muestra de la política que se espera. Y las primeras críticas a esta nueva filosofía no se han hecho esperar. Llegaron incluso desde la NASA. Fue el caso de Gavin Schmidt, director del Instituto Goddard de la agencia. «La cuestión es simple -dijo-, el clima está cambiando. Puedes llenar tu gobierno con gente que lo niega, pero la naturaleza se reserva el último voto». Más duro aún fue Kevin Trenberth, científico de la NOAA, otra de las grandes agencias. «La investigación sobre el espacio es un lujo, pero las observaciones sobre la Tierra son esenciales. Sería catastrófico, un gran revés prescindir de esta división», subrayó.

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