Un cole con un sitio para cada niño

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ferrol / la voz

No hay mal que por bien no venga. Eso deben de pensar los padres de la zona de Ferrol donde se asienta el colegio público San Xoán de Filgueira. Y es que este centro se ha convertido en una referencia para media ciudad, y un ejemplo para toda Galicia después de afrontar un problema que fue común hace unos años y que suponía inicialmente un hándicap: la llegada masiva de alumnos de familias inmigrantes.

Cuando a un colegio llegan estudiantes de otros países, integrarlos exige un esfuerzo extra, pero si son muchos a la vez se corre el riesgo de convertirse en un gueto. El claustro del San Xoán llevaba tiempo dándole vueltas a la formación complementaria del alumnado, porque «damos por supuesto que los niños son empáticos y respetuosos, y nosotros, los profesores, no vemos la necesidad de hacer algo sistematizado sobre eso en los colegios, pero no es así». La reflexión es de Marián López, directora del centro y verdadera líder del grupo, en el que hay una agradable camaradería. La inquietud del profesorado se sumó a la llegada masiva de niños de familias inmigrantes y eso sirvió para darle la vuelta a todo: «Desde entonces nos reinventamos cada año». ¿Y qué han hecho? Muchas cosas hasta llegar al punto actual: las matemáticas se aprenden por el sistema ABN, las clases se desdoblan o duplican los profesores, hay agrupamiento flexible (no por edad), los padres acuden como ayudantes al aula, no tienen libros de texto y los niños son protagonistas y responsables de muchas labores dentro del colegio.

Una de las medidas que más orgullo genera en el colegio es la ayuda de los padres. Como quieren que la atención a los niños sea la más personalizada posible, intentan que siempre haya dos profesores en la clase. Da igual que sea el tutor, el especialista de apoyo o un familiar. Todos los días algunos progenitores se pasean por el aula. En cuarto de primaria, los alumnos están encantados con la participación de sus padres y madres: «Me gusta que venga el mío, pero también los de los demás», dicen Antón, uno de los alumnos. ¿Qué hacen los padres y madres, enseñar? «¡Nooo! ¡Les enseñamos nosotros!», responden varios estudiantes. Y es que ellos no están para eso, sino que acompañan, animan y vigilan que en los grupos se trabaje. No hay duda de que lo hacen. En esa clase de cuarto cada niño realizó en una hora varios tipos de ejercicios: sumas, restas, multiplicaciones y divisiones con decimales; escribieron varios problemas; y sumaron y restaron fracciones.

Matemáticas por ABN

La forma con la que aprenden las matemáticas, método del algoritmo basado en números (o ABN), es completamente diferente al sistema mecánico, el habitual, y exige una formación del profesorado. Ana, la maestra de 4.º B, está preparada para enseñar a estos alumnos, los más avanzados del colegio en el sistema ABN. Detecta una enorme diferencia entre ellos y los cursos de otros años, porque los niños comprenden perfectamente qué son los números y cómo se descomponen, y además, lo que para el San Xoán es más importante, cada uno lo hace a su ritmo, pero todos llegan al final, a la resolución de los problemas.

Muy cerca del aula de cuarto, los alumnos de primero están con Sandra, su tutora, con la que están preparando un proyecto sobre animales. Hay silencio en la clase, que no es muy normal. En este caso, es que todos miran fijamente un vídeo de ballenas en la pantalla digital. A los de primero les encanta la clase de ciencias, aunque alguno reconoce que la lengua también le tira, o las matemáticas. ¡Ah!, y la música.

En el aula de los pequeños hay un par de estudiantes «mayores». Son niños de los cursos finales de primaria que tienen el currículo adaptado y que se integran sin problema entre los de 6 años. «Hemos eliminado el conflicto -explica López- porque en esta clase se sienten aceptados, ayudan a los demás, son importantes y siguen dando la materia que les corresponde por su currículo». Realmente, los dos alumnos mayores parecen perfectamente integrados con el resto, que se revoluciona ante la llegada de una «periódica» o «periodística», una profesión poco conocida en el aula, a la que preguntan si hace cortinas en su trabajo.

Y si los pequeños disfrutan de sus proyectos, los de quinto y sexto se enfrentan a las asignaturas también sin libros de papel, pero dentro del programa E-Dixgal de la Xunta, es decir, con ordenadores y libros virtuales. A los alumnos les gusta: «Es más fácil y más cómodo», apuntan dos estudiantes, mientras un tercero va directamente a lo práctico: «Y no tienes que venir cargado». Serafín, el profesor, reconoce que los ordenadores son una herramienta que acerca las materias a los niños, y es que «solo hay tres o cuatro sin móvil» a pesar de la edad, aunque no los pueden traer al colegio. Él combina fichas y material en papel con el trabajo de ordenador, igual que muchas cosas se hacen en grupo y otras de forma individual. El sistema colectivo gusta más: «Es mejor y más rápido», dice un alumno. ¿Y nadie se aprovecha del resto? «No, porque hay un encargado de que todo el mundo trabaje, y todos hacemos de encargados alguna vez».

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Las claves del centro

Cinco euros al mes para merendar y 50 al año en vez de libros y material. En la zona del Filgueira hay muchos tipos de familias y por eso el claustro tomó una decisión uniformadora: las meriendas no van a ser libres, sino iguales y saludables, y no habrá libros de texto. Para la comida de media mañana cada familia pone 5 euros al mes, y para los libros y material, 50 a principios de curso. Con eso se apañan. Además de ahorrar y evitar comparaciones, los niños se acostumbran a compartir las cosas, respetar lo común y comer de todo. ¿Lo que más gusta? Las fresas con yogur y el bocadillo de atún con tomate.

Los viernes a las doce hay apadrinamiento lector. Cada alumno de 4.º, 5.º y 6.º tiene un ahijado lector en 1.º, 2.º o 3.º. Todos los viernes dedican un tiempo (de 12 a 12.20) para leer un cuento juntos. Es una actividad sencilla pero de muchísimo éxito. Tanto que se extendió a infantil, donde los de 5 años, que ya van sabiendo las letras, son los encargados de leerles la historia a los pequeños.

«Todos los días saludamos a los niños con la lengua de signos». Hace unos años, al colegio llegó un niño con sordera. Para que se sintiese uno más, el claustro decidió aprender lenguaje de signos y, como vieron que generaba interés, enseñan a todos los niños a hablar así. Lo hacen de una manera fácil y bonita: cada día, antes de empezar, un profesor o unos alumnos preparan un pequeño texto de bienvenida, hablan de qué día es y el tiempo que hace. «Cada día vamos aumentando el vocabulario», dice la directora, quien recuerda que al principio algún niño se reía y burlaba, pero «lo solucionamos haciendo que esos niños fuesen los encargados de dar los buenos días. Ahora no hay burlas».

Un espacio para hablar en vez de pelearse. En la entrada del colegio hay dos butacas y una mesa en lo que es el rincón para dialogar. Allí van los alumnos a solventar sus diferencias, normalmente enviados por un profesor. Dicen qué ha pasado y a qué se comprometen. Lo normal son peleas y gritos y del compromiso no hay duda: no volver a hacerlo. Es un aprendizaje social que ataja futuros casos de bullying.

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