Qué poco se habla de la muerte

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17/03/2017 05:00 h

Cuando su madre falleció, Gabriela creyó estar teniendo su primer contacto con la muerte, pero no era así. En su familia siempre había estado ahí, como un comensal más que se sienta cada noche a la mesa. Seis años antes de que ella naciese, ETA secuestró y asesinó a su abuelo paterno. Una muerte despertó la otra, convocó a la curiosidad, abrió interrogantes. Su primera novela, ganadora del último Premio Euskadi, es un desahogo contenido y en primera persona de esta revelación. Es primero una minuciosa y por momentos nada cómoda reconstrucción del cautiverio, una reflexión sobre la violencia y una valiente exposición de un asunto que siempre se comentó en baja voz. Y es después el testimonio de una enfermedad y también de un final, que tiene más de reconciliación con el desconsuelo y de búsqueda de la identidad que de lástima, victimismo y desgarro. Se tocan ambos dolores, intercalados sobre el papel, y de nuevo invocan a otro mal, el histórico, el social. Pero cuando el lector, abrumado, cierra este ejemplar menudo para coger una necesaria bocanada de aire, la fuerza de gravedad parece haber perdido músculo. Y queda solo el alivio.

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