Marisa y el dolor de perder a seis hijos

Una mujer de Ferrol encarna el desgarro que la heroína produjo a finales del siglo XX en muchos puntos de Galicia

La madre que vio morir a seis hijos Una mujer de Ferrol encarna el desgarro que la heroína produjo a finales del siglo XX en muchos puntos de Galicia

Ferrol / La Voz 22/03/2017 12:59 h

Quienes han pasado por la experiencia dicen que no hay nada peor que enterrar a un hijo. María Luisa Velón, Marisa, ha sufrido seis veces ese dolor. Una detrás de otra. Hay que sujetarse antes de escucharla enumerar los nombres de los hijos que dio a luz y a los que luego vio morir: «Jesús María, a los 35; María Isabel, a los 54; Ramiro, a los 27, José Ambrosio, a los 28; Manuel Enrique, a los 29 y José Antonio, a los 31». Cinco fueron derrotados por el mismo rival: la heroína. A María Isabel se la llevó un cáncer.

El caso de Marisa debe ser único en España. Ella es única también. Tiene 76 años y me emplaza en una cafetería temprano, porque tiene que ir a trabajar. Lo hace desde niña: «A mi me crió mi abuela. A los 10 años ya andaba con la leche por las calles». Y hasta hoy. Fue a la escuela durante un año: «Para aprender a leer y escribir». A los 19 años se casó y dio a luz al primero de sus hijos. Desde entonces se volvió a quedar embarazada diez veces más: nueve partos y dos abortos.

«Mis hijos eran muy buenos», repite como un mantra. Cuenta cómo estudiaron en La Salle, o cómo dos de ellos trabajaron de camareros, otro se fue a Suiza. «A los quince años ya estaban por la calle. Pero eran buenísimos... hasta que se metieron en la droga». Incluso entonces. Marisa insiste que nunca le robaron, ni lo hicieron con otros: «Se buscaban la vida. Iban a la marea, a mariscar, nunca fueron conflictivos. A mí nunca me trataron mal». Eran los años del caballo, en Caranza, donde cayeron tantos. El dulzor de la heroína los atrapó a todos, menos a la más pequeña. Y detrás vino la angustia, la necesidad, la incomprensión, el aislamiento, las terapias, los centros, las peleas, la cárcel, el sida... El virus se metió en la familia con la misma naturalidad con la que los hermanos compartían la jeringuilla. Fue el anticipo del capítulo final: la muerte.

De sobredosis solo murió Ramiro. Un episodio de los que te dejan sin aliento. A estas alturas, cuando Marisa cuenta el espeluznante episodio, otras dos mujeres se han unido a la mesa. Son amigas del barrio que conocen la historia de primera mano y que asienten el relato de esta madre que no ha perdido la entereza desde que empezamos a hablar: «Ramiro estaba en Suiza. Se había limpiado, porque si no, no lo cogían. Cuando se fue, aún no tenía el virus». Allí se empleó, relata; le fue bien. Al cabo de unos meses regresó de visita. Traía dinero fresco y le esperaban sus hermanos. No se pudo resistir: «Llegó a las cinco y media y a las nueve ya estaba de cuerpo presente».

El largo y tortuoso camino

Marisa habla de muchas de las instituciones que se han dedicado en las últimas décadas a la rehabilitación de toxicómanos. Desde Reto al Proyecto hombre. Lo intentó con todos. Sacarlos, rescatarlos de aquello. «Pero ya estaban enfermos», recuerda. Los avances farmacológicos no llegaron a tiempo para todos. Sabe lo que hay en todas partes, cómo son las terapias, a qué conducen. Y sabe también lo importante que es cambiar de ambiente, encontrar un empleo: «Pero no se lo dan. Mis hijos trabajaron en el Ayuntamiento. Los cogieron algunas veces, pero a los pocos meses se les acababa el contrato». Sin empleo, sin futuro, en la misma ratonera de siempre no pudieron salir adelante. Asfedro, el colectivo que gestiona el centro asistencial a drogodependientes de Ferrol es donde consiguió la mayor ayuda. Ella misma es una de las fundadoras de la agrupación. Y de vez en cuando insiste en la necesidad de dar alternativas laborales a los que consiguen salir.

«Mi marido nunca lo entendió», reflexiona Marisa. «‘Aquí, no os quiero así’, les decía». Por eso los chavales, cansados de que les rallaran la cabeza, se fueron marchando. No muy lejos, la verdad. Algunos se refugiaron en un chabolo cerca de casa, donde llegaron a instalar electricidad y donde agotaron su luna de miel con el jaco: «Yo, muchas noches, les llevaba la cena. Mi marido decía que no, pero ¿Cómo iba a dejarles sin comer?».

Las amigas de Marisa participan en la charla. Recuerdan a los chavales. Ellas también han tenido familiares muy cercanos que navegaron por los mismos mares, solo que acabaron llegando a puerto. Allí, en la charla que seguro que se ha repetido muchas más veces, le dan un poco de cera a Oubiña, el arquetipo del narco. Y al sistema penitenciario. Al fin y al cabo conocen perfectamente el camino del centro asistencial y también el de la prisión. Allí falleció uno de los hijos de Marisa: «En la segunda autopsia nos dijeron que fue por el consumo de una metadona, pero teníamos que habernos movido más», recuerda. De la boca de estas madres salen versiones menos conocidas de la vida en la cárcel. «Mi hijo no entró por cosas de drogas. Fue por una pelea». «Y él no tuvo nada que ver», interviene una de las amigas. Marisa asiente. En cualquier caso, José Antonio salió muerto.

La metadona

El último entierro fue el de María Isabel, que murió de cáncer el pasado septiembre. Se había recuperado, tuvo un buen empleo, una pensión, hijos. Pero el daño estaba hecho. Parece que recordando a la hija, se humedecen los ojos de Marisa, se le quiebra la voz un poco. Pero aguanta, madre coraje.

-¿Qué le decían ellos?

«Decían que les relajaba». Pero Marisa también recuerda el episodio de la metadona. Cuando tuvo que ir a buscarla para varios de sus hijos y a medio camino descubrió con horror que los botecitos se habían abierto y ya no había metadona: «Los rellené con fanta de naranja. Se lo tomaron igual. Me decían, ‘Gracias mamá. Estábamos a punto de explotar’».

María tiene cosas que hacer. Atiende la casa de una mujer que solo reside en ella unos meses al año. Y sigue haciendo algún domicilio. Ingresa una pensión no contributiva, y el marido una de Bazán. Pero aún le queda carga. Luego volverá a casa a hacer la comida. Hoy preparará tortilla de patatas y aprovechará las judías de ayer, aunque a uno de los nietos que tiene todos los días a la mesa no le gustan mucho. El marido está en Valdoviño y ella va tirando por algunos de los hijos que le quedan y algunos de los nietos que han llegado a casa y se han instalado más o menos. Marisa tira millas. Y después del amargo relato expuesto sin lágrimas concluye: «Tengo suerte porque Dios me ha dado salud».

-¿Se arrepiente de algo?

Marisa baja un poco la vista y contesta: «Sí. Me echo la culpa de no haber estado más tiempo con mis hijos... de no haber estado un poco más pendiente». Y enseguida aflora otra vez el cariño: «Eran muy buenos. El mayor, Susiño, pobre, fíjese qué drogadicto era que no sabía pincharse. Lo hacían los hermanos». Marisa no se va, sigue hablando de sus hijos, de sus novias, de sus nietos... Historias de la mala suerte: hasta la de la hija que se quedó coja después de caerse de un columpio una mala tarde en el parque. Cuando ve que se acaba el tiempo, cierra el capítulo de los recuerdos y muy bajito, igual para no quebrarse, murmura: «Me morreron os fillos, pobriños».

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