Laura Ferrero: «La vida es aprender a transitar por las pérdidas»

La escritora catalana acaba de irrumpir en el panorama literario como una tormenta inesperada. Sin padrino ni editorial dispuesta a darle un empujón, decidió publicar sus relatos en una plataforma de autoedición. Una semana más tarde, sus «Piscinas vacías» lideraban la lista de los libros más vendidos de Amazon


Laura Ferrero (Barcelona, 1984) reconoce estar siempre con el radar encendido, captando detalles aparentemente banales que luego, tras vueltas y vueltas, convierte en pequeñas historias. Totalmente convencida de que la vida, surrealista por completo, es mucho más interesante que la ficción, defiende la literatura que se guarda los finales, que plantea una situación y la deja ahí, para que el lector la imagine, piense sobre ella. Sus relatos no encontraron editor hasta que decidió publicarlos ella misma a través de la plataforma MeGustaEscribir. Una semana después, el libro estaba entre los 30 más vendidos de Amazon, y Alfaguara, llamando a su puerta. Hace unas semanas acabó su primera novela, Qué vas a hacer con el resto de tu vida, una historia familiar ambientada en Ibiza. Llegará a las librerías el próximo otoño.

-¿Cómo se autoedita un libro y se termina publicando con Alfaguara?

-Envié mis relatos a varias editoriales, pero o no me contestaron o se escudaron en la crisis. Y entonces contraté una plataforma de autoedición y fue todo muy fácil. Me corregí mis textos, se lo dejé leer a amigos editores y lo subí a las plataformas de venta online. Y no se por qué, el libro, sin ningún tipo de márketing ni nada se empezó a vender un montón. Cuando sucede esto, a las editoriales tradicionales les llega la voz. Y Alfaguara se puso en contacto conmigo y me preguntó si tenía algo más. Yo estaba escribiendo una novela y se la envié. Y me propusieron publicar los relatos con ellos y también la novela. Fue una serie de casualidades, en realidad, y suerte.

-¿Qué fue antes, tu blog o «Piscinas vacías»?

-El blog me sirvió mucho para perder el pánico a exponerme. Siempre da un poco de miedo que la gente tenga acceso a tus cosas. Me valió para coger confianza y agilidad, para reafirmarme en la comodidad que sentía escribiendo, para interaccionar con gente y establecer esa conversación con los lectores.

-Acabas de terminar tu primera novela. ¿Cómo ha sido el proceso?

-Con la novela he sufrido y con los relatos solo había disfrutado. Es un reto mayor, personajes y situaciones que a veces no cuadran, y cuando estás tan metido en un proceso es muy difícil, además, darte cuenta de tus propios errores. A mí me encanta escribir, pero hay días en los que no hay que hacerlo. Porque no tienes el día, porque no estás inspirado, por lo que sea. Es más inteligente que te vayas al cine, que te des una vuelta o que te tomes un vino con tus amigos que forzar estar sentado en la silla peleándote con las teclas. 

-En el cuento que le da nombre al libro, dices que la piscina vacía se convirtió en un símbolo de duelo.

-Hablo mucho sobre las pérdidas que puedes tener en una vida, tanto por la muerte como por ti mismo, cuando dejas de ser la persona que eras y que ya no vuelves a ser. La vida es un poco aprender a transitar por ellas, moverte de un sitio a otro sabiendo que estás dejando muchas cosas atrás. Todo el rato tienes que estar reubicando cosas pasadas de tu vida: personas, un trabajo que dejas...

-En «Sofía» escribes: «En aquel tiempo ser mayor significaba tener 25 años, un piso, un trabajo, tomar gintonics al atardecer». Y ahora, ¿qué significa ser mayor?

-Creo que es haber pasado justo por ese momento, en el que te das cuenta de que ya no tienes 25 años y pensabas que serías adulto de esa forma. La visión de la madurez ha cambiado. Cuando ves que tienes 30, 35 años y que aún no eres la personas que querías ser, ahí es cuando creo que uno se da cuenta de que está empezando a «ser mayor». Toda mi generación pensaba que sería así, que con 25 estaríamos casados, tendríamos hijos. Entonces llegas a esa edad y te das cuenta de que no eres «mayor», de que sigues viviendo como a los 18. Ahora creo que hacerse adulto es justo ir integrando todas esas expectativas sobre ti mismo que al final no has ido cumpliendo.

-Y a la hora de tomar decisiones, ¿qué es más valiente, irse o quedarse?

-Siempre he pensado más que lo valiente es irse, porque al final vidas solo hay una. A veces vivimos la vida que los demás han querido que vivamos. Nos vamos conformando, nos acomodamos... pero si tú te das cuenta de que eso no te convence tienes que tener la valentía de atreverte al menos a saber si es lo que quieres o no, y si no es lo que quieres, tienes que atreverte a dar un paso. Para mi siempre la mejor opción es la de tirar la casa por la ventana, siempre y cuando tengas en cuenta a la gente que está en tu vida. Tienes que ser honesto contigo mismo.

-Sin embargo, todos tus personajes se mantienen en el momento previo de saltar... o no saltar.

-Lo bueno de la literatura es que te permite verte a ti, y yo me siento más identificada cuando veo a alguien en el limbo, porque en el fondo no me está dando la solución. Cuando vemos a alguien en una encrucijada somos capaces de reconocernos a nosotros mismos en ella, de ponernos en su lugar. Si nos enfrentamos a una situación con final cerrado, lo vemos más como una historia ajena. A mí me parece que la literatura justamente juega ese papel, hacer preguntas, y cuando pones la palabra «fin» y la historia se cierra, ya no estás haciendo ninguna pregunta.

-Que los protagonistas de tus relatos estén siempre en ese punto, ¿es algo deliberado?

-No. La mayoría de las historias que escribo surgen de detalles pequeños o de cosas que me han pasado a mi, que les pasan a los demás o cosas que simplemente veo por la calle. No premedito las situaciones. Pero supongo que el hecho de que las situaciones no terminen tiene que ver con cómo soy yo. Estamos todos en la cuerda floja y no hay una respuesta, hay 400.000, y cada uno tiene que encontrar la suya.

-¿Qué hay de ti en ellos?

-Te podría decir que todo y nada. En cualquier cosa que escribas siempre va a haber algo de ti, por el enfoque que estás escogiendo, por ejemplo. Siempre lo eliges porque hay algo de ti que tienes que resolver.

-Hablas con frecuencia de relaciones sentimentales a punto de romperse, incluso rotas. ¿No crees que el amor pueda hoy durar para siempre?

-Lo mas honesto que te puedo decir es que creo que el amor va cambiando. Te diría que sí, que claro que puede durar toda la vida, pero creo que el enamoramiento del principio acaba convirtiéndose en un compromiso, que el amor se parece más a comprometerte con otra persona toda tu vida que a lo que entendemos por amor romántico. Yo cuando era niña pensaba que la alianza del matrimonio tenía un poder mágico y que en cuanto te casabas ya nunca más mirabas a nadie, que era como un estado de gracia. Luego te das cuenta de que estamos hechos de dudas y de incertidumbres. La situaciones que planteo van más por ahí.

-¿Se puede confiar en la memoria, en que las cosas sucedieron tal y como las recordamos?

-Pienso que no, que todos nos contamos una historia para poder tirar hacia delante. Y que además solemos ser bastante indulgentes con nosotros mismos. A mi me interesa mucho el tema de las versiones, tu memoria hace una selección de datos que no tiene tanto que ver con lo que sucedió, sino con una serie de detalles que te resultaron importantes. Y lo hace para protegerte. Tenemos que construir un relato para saber quienes somos y la mayoría de esas cosas que nos contamos a nosotros mismos no son reales. O no tan fieles a la realidad como creemos.

-¿Te resulta muy difícil, siendo mujer, escribir desde la voz de un hombre?

-No, porque creo que al final en las cosas importantes, en la cosas más universales, hombres y mujeres pensamos de forma muy parecida. Mucha gente cree que no, pero yo lo vivo así. Yo me siento igualmente cómoda, me parece incluso un reto y me interesa mucho la voz de los hombres, sobre todo cuando cuentan cosas personales.

-¿Con cuál te quedas de todos tus relatos?

-Me gustan especialmente dos, Puentes y Sofía. Sofía, porque me parece bonito pensar en el valor que le damos a las cosas que no llegan a ser y qué cosa más grande que no llega a ser que un hijo. Me parece una carta honesta, como si dijera, «bueno, las cosas podían haber sido de otra manera, pero no lo supe hacer». Como una declaración, «lo he hecho lo mejor que he podido». Y Puentes, porque en el fondo es una carta de amor muy cobarde, es una situación muy bonita, sí, imaginar una historia así entre dos personas, pero ella se queda totalmente en el medio, ella escribe una carta, pero no hace nada más que escribirla. Y a veces, en la vida, es exactamente lo que hacemos: decimos que nos encantaría hacer muchas cosas, pero no hacemos nada para hacerlas.

Estamos hechos de dudas

Dice Laura Ferrero en uno de sus relatos que «nunca vemos las cosas romperse, las vemos rotas». Ahí, a ese instante antes de la fractura, es adonde ella nos traslada en sus relatos. A veces la grieta hace añicos la figura de porcelana, a veces no; resiste, aprende a vivir con ella. De eso nos hablan sus historias parcas en detalles, ligeras de adjetivos. De dilemas corrientes con los que rápidamente nos sentimos identificados. De sus consecuencias y sus no consecuencias. De lo que uno calla, del paso que no da. Recurre para ellos a las piscinas vacías que le dan nombre a este recopilatorio de cuentos, recipientes de elementos oxidados, de cosas que con el paso del tiempo dejan de resultarnos útiles: en algún momento formaron parte de nuestra vida, ahora no están, pero siguen estando -de alguna otra manera- y ya no sabemos qué hacer con ellas. Amigos que ya no lo son, viejos amores, trabajos que dejamos, sentimientos que han ido evolucionando. Incluso las cosas que no hicimos. En todos sus cuentos hay bolas en la garganta. Piezas atascadas y agudas como el mundo que colocan una y otra vez a sus personajes en una encrucijada de la que muy pocas veces conocemos el día después. Para qué.

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