El quiosco La Perla

Era, sin discusión, el rey de la hostelería gallega. Se llamaba José María Rodríguez Pardo y dedicó su vida, con especial intensidad en los decenios de tránsito entre los siglos XIX y XX, a fundar lujosos cafés, hoteles confortables y restaurantes de postín


31/01/2016 05:00 h

Inició la siembra con una modesta semilla: el quiosco de bebidas La Perla, el primero que se instaló en el Relleno coruñés. Devoto de Casto Méndez Núñez, convirtió el nombre del ilustre marino en santo y seña de innumerables establecimientos esparcidos por el norte de España.

El bautismo empresarial de José María Rodríguez Pardo, un joven coruñés de extracción humilde que contaba treinta y dos años a la sazón, se produjo en 1877. El escenario de sus primeros pasos consistía en una explanada robada a la bahía coruñesa cinco años antes, bajo la dirección del ingeniero Celedonio Uribe. El solar, desprovisto de edificaciones o cualquier otro aditamento, además de proporcionar una nueva fachada a la urbe, estaba llamado a convertirse en el corazón verde de A Coruña: los actuales jardines de Méndez Núñez. Pero entonces era, simplemente, el Relleno.

LA PERLA, QUIOSCO PIONERO

En la desértica planicie propone Rodríguez Pardo y acepta el ayuntamiento, abortada su tentación inicial de construir viviendas, levantar un quiosco de bebidas construido en madera y que llevará por nombre La Perla. La suerte de aquel proyecto, al igual que otras iniciativas similares que vendrían después, la conocemos por un estudio de Xosé Fernández Fernández, profesor de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura. El 15 de junio de 1877, el arquitecto Faustino Domínguez firma los planos del quiosco: «Un pequeño cafetín de agradable diseño que ocupaba el terreno en que hoy se levanta el Copacabana». Diez días después, los munícipes conceden la licencia para su construcción. Rodríguez Pardo dispone ya del trampolín que lo impulsará a la cima de la hostelería gallega.

La Perla fue ganando, progresivamente, amplitud y sofisticación.En 1880, el empresario cierra el entorno del establecimiento con pequeños arbustos y crea un espacio más reservado para la colocación de mesas y veladores. «Este tinglado de madera -escribe Xosé Fernández- proporcionó descanso y recreo a los primeros coruñeses que se acercaron a los jardines del Relleno, y pingües beneficios a su promotor, el concejal Rodríguez Pardo».

En 1885 cambia momentáneamente la ubicación del quiosco, para facilitar obras de pavimentación, pero regresa a su emplazamiento original un lustro después. Y en 1911 experimenta una transformación radical. Artísticos arcos, apoyados en columnas de fundición y cerrados con vidrieras confieren a La Perla una hermosa imagen modernista. Pero apenas disfrutará del nuevo look un par de años, porque a finales de 1913 caduca la licencia de explotación y el quiosco pionero es desmantelado.

DEBATE MUNICIPAL

Para entonces, los pingües beneficios habían mermado grandemente. A La Perla le habían surgido competidores a diestro y siniestro, hasta componer un abigarrado mosaico de quioscos que saturaban el terreno ganado al mar. Y el ayuntamiento, siempre con las arcas anémicas, demandaba un bocado cada vez mayor del negocio. El debate anual de los presupuestos municipales incluía habitualmente un rifirrafe sobre las concesiones ortorgadas y las tarifas aplicadas a los hosteleros del Relleno.

En noviembre de 1907 -se debatían las cuentas para el año siguiente- saltan chispas en la corporación municipal. Se pronuncian palabras gruesas y se registran altercados. Ya como aperitivo se discute la legalidad de que tome parte en el debate Marcelino Rodríguez Rouco, hijo de nuestro protagonista y concejal como lo había sido su padre. Se aprueban nuevas concesiones,  todas las solicitadas menos una, rechazada esta con el pretexto de que no hay más espacio. Pero aún falta el punto fuerte: las tarifas exigibles a los concesionarios.

Después de fuertes discusiones y transacciones, se acuerda fijar el canon por ocupación del terreno público en tres pesetas por metro cuadrado. La Perla ocupa el centro de la diana de los dardos. El establecimiento viene pagando, desde comienzos de siglo, 30 pesetas al mes. Cifra irrisoria, coinciden todos los ediles. Con la nueva tarifa, la definitivamente aprobada, su canon se multiplica por más de cuarenta: 1.218 pesetas. Cifra a todas luces exagerada, que coloca un rejón de muerte a la viabilidad del negocio de José María Rodríguez Pardo, pero que nos da una idea de las dimensiones que había adquirido. A partir de 1908, La Perla tenía que pagar 378 pesetas al mes por los 126 metros cuadrados que ocupaba el edificio y otras 840 pesetas por los 280 metros cuadrados del quiosco y el jardinillo que lo abrazaba.

LAS OTRAS EMPRESAS

A La Perla, después del tormentoso pleno municipal, aún le quedan seis años de vida. Desconozco si el ayuntamiento le aligeró la pesada carga, si el negocio continuó siendo rentable pese a la voracidad municipal o si el empresario lo mantuvo en pérdidas durante ese período. En todo caso, cuando la piqueta arrasa el más antiguo quiosco del Relleno, a finales de 1913, ya solo tiene un valor sentimental para  Rodríguez Pardo. Había sido su rampa de lanzamiento hacia empresas más ambiciosas y son estas las que concentran ahora sus desvelos.

Durante las casi cuatro décadas que duró la travesía de La Perla, Rodríguez Pardo había fundado no menos -el recuento está por hacer- de una veintena de elegantes establecimientos de hostelería -la mayoría, bautizados con el nombre de Méndez Núñez- en Galicia y cornisa cantábrica. Solo en A Coruña poseía, a dos pasos del emblemático quiosco, el Palace Hotel, el café Oriental, el café de Méndez Núñez y el restaurante Ideal Room. Algunos de ellos los visitaremos en próximas entregas de esta serie.

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