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España y la Alemania del sur

Desde el 2012, el país crece a un ritmo superior al 3 % anual, ha generado 1,5 millones de empleos nuevos, mantiene la inflación controlada y presenta un superávit en cuenta corriente


El mundo de los altos funcionarios comunitarios es tan peculiar como el que más. Una de sus habilidades es la de hacer su trabajo más entretenido colocando motes a aquellas situaciones que contienen alguna paradoja interna difícil de explicar. De este ámbito surgieron las expresiones PIGS (a los que hay que alimentar), ClubMed (una conocida agencia de vacaciones), etcétera, referidas a los países del sur de la Unión Europea y también, más recientemente, la manía de denominar a España como la Alemania del sur. Esta última expresión está llena de contenido. Veamos.

Desde que tenemos estadísticas fiables (1955), cuando el PIB español crecía por encima del tres 3 %, se generaba un volumen importante de empleo nuevo y, simétricamente, un déficit por cuenta corriente muy considerable. Era casi una ley de hierro: para sostener el ritmo de crecimiento, España debía importar materias primas (petróleo, maíz, metales), productos elaborados (locomotoras, productos químicos) y bienes de consumo (automóviles, teléfonos), importaciones que eran las causantes de un déficit comercial crónico y considerable. Cuando este déficit se hacía insoportable, se frenaba el crecimiento (subiendo los tipos de interés, los aranceles, devaluando la peseta, por ejemplo) y se reconstruía con el paso del tiempo el equilibrio en el sector exterior. Y otra vez vuelta a empezar: una vez ajustado el sector externo, se estimulaba el crecimiento hasta que el déficit exterior lo volviera a frenar.

Con la entrada en el euro, este mecanismo de equilibrio externo ha tenido que modificarse sustancialmente: los aranceles y la tasa de cambio no existen frente al resto de la UE, y la tasa de cambio, los tipos de interés y los aranceles extra UE no los determina solamente España.

El pasado

El gráfico adjunto nos muestra algunas cosas interesantes. En primer lugar, debemos señalar que la balanza por cuenta corriente llega equilibrada (saldo casi nulo) al examen previsto en el Tratado de Maastricht a finales de 1998. Este es el resultado de las medidas de ajuste que se tomaron para hacer frente a la crisis de finales de 1992 y que, cuatro años más tarde, habían logrado ya el objetivo de equilibrar el sector exterior.

Recuperado el equilibrio exterior, a partir de 1997 la economía española vuelve a la senda del crecimiento, iniciándose un período que, sin interrupciones, llegará hasta el año 2008. El crecimiento en estos quince años ha sido espectacular: ocho millones de empleos, seis millones de inmigrantes y un PIB que, en términos reales, se multiplica por 1,7. La otra cara de la moneda -la vigencia de la ley de hierro exterior- es un déficit comercial y por cuenta corriente también espectacular. El gráfico nos informa cómo en el período siguiente a la entrada en el euro (1999) el déficit por cuenta corriente se dispara hasta acercarse a los 10.000 millones de euros mensuales en el 2008, alimentado por unas importaciones de mercancías fuera de control y un déficit comercial que llegó a ser el primero del mundo en términos relativos (10,5 % del PIB en el 2008) y el segundo en términos absolutos (por detrás de Estados Unidos).

Este crecimiento tan intenso, en última instancia, estaba alimentado por una demanda interna inflada, fuera de control y excesivamente dependiente de un crédito abundante, barato y de acceso generalizado para la mayoría de la población. La quiebra de Lehman Brothers a finales del 2008 pone fin, de forma abrupta y sorprendente, a esta situación. Aunque los tipos de interés siguen siendo bajos (incluso negativos), el crédito desaparece, la demanda se resiente y la economía española entra en una crisis más larga e intensa que la de 1929 y solo comparable a la de 1940 a 1955, tras la guerra civil y la mundial.

Lo espectacular del caso español -de la Alemania del sur- es la rapidez con la que el sector exterior ha abandonado los números rojos. En cuatro años (desde 2008 al 2012), la balanza por cuenta corriente recupera un saldo positivo empujada por un saldo comercial cada vez más favorable. Prácticamente el mismo tiempo que tardó la economía española en recuperarse de la crisis de 1992, pero con la particularidad que en aquel momento la peseta ayudaba y la crisis había sido de una intensidad incomparablemente menor. Es más, en este período, las exportaciones siguen creciendo a un ritmo considerable mientras que las importaciones caen a lo mínimo imprescindible. Vale la pena detenerse aquí un momento.

El comercio de mercancías representa bien cómo ha salido este sector de la crisis. Del lado de las exportaciones, el crecimiento ha sido positivo y continuado: los 190.000 millones del 2008 llegan a ser 255.000 exportados en el 2016. Mientras que del lado de las importaciones el resultado es también muy satisfactorio: el máximo de 283.000 millones del 2008 aún no se ha vuelto a repetir (273.000 en el 2016). Este comportamiento tan ejemplar de la balanza comercial española se explica también por los favorables vientos de cola en el comercio mundial. Pero es de hacer notar que no todos los países europeos supieron, o pudieron, aprovechar la bajada de precios en los mercados de las materias primas, petróleo ahí incluido. Como ejemplo, Italia o Francia.

El perfil

Ahora bien, lo realmente espectacular del caso español es lo que nos está pasando desde el 2012 hasta ahora: la economía española está creciendo a un ritmo superior al 3 % anual, hemos generado 1,5 millones de empleos nuevos, tenemos una inflación muy controlada y semejante a la de nuestros principales competidores y, para sorpresa de propios y extraños, estamos logrando esto con un superávit en cuenta corriente de una magnitud que empieza a ser considerable: casi 25.000 millones de euros en el 2016 (un 2,3 % del PIB en ese año). Este perfil macroeconómico no se ha visto nunca en España: es el perfil habitual de la economía alemana.

España está consiguiendo romper la ley de hierro controlando las importaciones de mercancías (un efecto secundario de la escasez de crédito) y expandiendo las exportaciones de mercancías y servicios: el 2016 fue un ejercicio turístico excepcional, al calor de la inestabilidad en el Mediterráneo. La verdad es que no nos queda otro remedio. El superávit exterior es necesario para afrontar la cuantiosa deuda externa heredada de la crisis: las familias, las empresas y el estado suman una deuda viva frente al extranjero de 967.000 millones (un 90 % del PIB en el 2016). Aún nos queda un largo camino por andar.

 

 

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