Donald Trump vs Fed


Todo indica que con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, el protagonismo del banco central norteamericano en la gestión de los asuntos económicos del país se va a reducir en muchos grados. Con lo que la Reserva Federal dejará de ser, en los próximos años, el principal e indiscutible actor que ha sido durante el período más reciente en la elaboración de la política macroeconómica de aquel país. Varias razones de importancia avalan esta impresión.

La primera es que esa pérdida de visibilidad probablemente se hubiera producido en cualquier caso: durante los mandatos de sus dos últimos gobernadores, Ben Bernanke y Janet Yellen, la Reserva ha hecho de todo para evitar la recesión; operaciones antes consideradas ultraheterodoxas, de compras de activos o tipos de interés cero o negativos, han sido lo común desde el 2008… Y miedo da pensar en lo que habría ocurrido si esas acciones no hubieran tenido lugar. Pero, por esa misma excepcionalidad, los límites de esa política monetaria parecen haber sido ya sobrepasados, con la consecuencia, además, de un crecimiento enorme del balance de la Reserva, por valor de unos 3,5 billones de dólares. Una desmesura seguramente necesaria, pero desmesura al fin, que no podía mantenerse ya por mucho tiempo. En todo caso, parece fuera de duda que los estímulos monetarios tienen ya los días contados en Estados Unidos, y para una buena temporada.

La segunda razón es en cierto sentido una extensión de la primera. La pujanza desmedida de la política monetaria en el pasado reciente se debió, más que a cualquier otra razón, al bajísimo perfil de las estrategias fiscales. Pues bien, el nuevo Gobierno llega con una visión muy diferente, decidido a colocar el énfasis en los programas de gasto en infraestructuras y el rearme, además de presto a reducir drásticamente los impuestos. La forma en que ello se haga -se anuncia que será a través de alivios fiscales para los más ricos-, tendrá sin duda consecuencias en términos de eventuales aumentos adicionales de la desigualdad, y el impacto sobre déficit y deuda pública será significativo. Pero lo que aquí interesa más destacar es que, si esos anuncios se cumplen, el equilibrio entre la política monetaria y la fiscal se romperá en esta ocasión en favor de la segunda.

La tercera y acaso más importante razón se refiere a la posibilidad muy real de que Trump dé un hachazo, con su brusco estilo habitual, al carácter independiente de la Reserva Federal. Acogiéndose a él, Bernanke y Yellen desarrollaron sus políticas con criterios propios, pero la continuidad de esta última en su cargo no está para nada garantizada. Poco más que un año falta para que la actual gobernadora deba ser sometida a reelección; y aunque la extensión a un segundo mandato es una tradición en aquel banco central, la personalidad y las ideas de Yellen parecen estar en las antípodas de las del nuevo presidente; algo que no tendría mayor efecto de tratarse de un político normal, pero sí algo sabemos ya de la personalidad política de Trump es su escaso apego a la normalidad. Aunque no sea fácil adivinarlo, la conjetura más extendida ahora mismo es que habrá un nuevo gobernador, y que la política que este haga se acomodará como un guante a los designios del presidente. Algo parecido a lo que ocurrió hace unos años en Japón, donde el banco central se puso expresa y formalmente al servicio de la política del primer ministro Abe (la llamada Abenomics). Parece claro, entonces, que por unos u otros motivos, la política monetaria norteamericana y la entidad que la encarna van camino de regresar al redil.

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