La invención de la naturaleza


Hace un par de meses tuve la ocasión de leer el magnífico libro de Andrea Wulf La invención de la naturaleza, considerado por la crítica uno de los mejores libros del pasado año. La obra es, además de la biografía de Alexander von Humboldt, uno de los científicos más importantes del siglo XIX, la reivindicación de un descomunal legado que ha cambiado la percepción de la naturaleza de las generaciones posteriores. 

Para que los lectores se sitúen, Humboldt fue pionero en describir los cambios en la vegetación terrestre como resultado de las variaciones en las condiciones ambientales, adelantó los efectos perversos del cambio climático y las consecuencias de la sobreexplotación de los bosques y de los recursos hídricos. En definitiva, visualizó la naturaleza de una manera global.

Obviamente, ya conocía buena parte de las andanzas del naturalista; por ejemplo, que su expedición al nuevo mundo partió de A Coruña, en cuyo entorno recolectó plantas, o su estrecha relación con Goethe, a quien dedica el Ensayo sobre la geografía de las plantas; no en vano Humboldt es considerado el padre de la disciplina de la que soy profesor. Sin embargo, desconocía otras como su relación con el joven Simón Bolívar o su amistad con el físico-químico Gay-Lussac, autor de la conocida ley que lleva su nombre.

A pesar de ello, me sorprendió que hace más de un siglo miles de personas se concentraran en distintas partes del mundo para celebrar el centenario de su nacimiento, de América a Australia, de África a Europa. Ese día, por citar un par de ejemplos que documenta Andrea Wulf, veinticinco mil personas se reunieron en Central Park para asistir a su homenaje, y en Pittsburgh, con el mismo motivo, el presidente Grant asistió a una fiesta con más diez mil personas. ¿Se lo imaginan aquí? Algo así solo se consigue si ascienden de categoría a nuestro equipo favorito.

Sé que frente a la reivindicación de la figura de Humboldt hay quienes piensan que se trata de un personaje sobrevalorado, pero esa no es la cuestión que hoy me ocupa. Lo que me interesa destacar es que Humboldt, como señala la autora, pensaba que para entender la naturaleza los sentimientos eran tan importantes como los datos científicos. Con esa visión, los naturalistas que le siguieron lograron, décadas después, llegar al corazón de los ciudadanos e incorporar a la agenda de los políticos de la época la necesidad de preservar territorios de especial valor, surgiendo así los primeros espacios protegidos.

Tengo la convicción de que es esa falta de sensibilidad, y no la ausencia de datos, la que hoy lastra la conservación de la naturaleza en España y en Galicia, y creo que si muchos de sus actuales responsables dedicaran más tiempo a leer sobre expediciones científicas o a conocer las peripecias vitales de los naturalistas, las cosa irían mejor. Asomarse a la vida de Humboldt puede ser un buen comienzo.

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