esto no es oregón

Umberto el de los chicles


Tres veces por semana mi yo infantil enrabietado jura irse de casa y no volver. Al poco se calma. Nos sentamos a hablar y nos damos cuenta de que no sabemos cual es nuestra verdadera casa en realidad. No es tan fácil como en el parchís. Mi casa favorita, de todas las que he tenido, estaba en mitad de la zona vieja de Ourense. En la plaza de San Marcial. Un salón cocina, dos habitaciones y un baño. Suficiente.

Las calles siempre olían a pis, al volver de madrugada sortear a los yonkis en estado de duermevela se volvía deporte, durante el día bastaba con ignorarlos o simplemente echar a correr. Echando a correr se soluciona todo. Al lado del apartamento una vieja panadería hacía el agosto cuando volvíamos de madrugada a base de croissants y empanadillas de cebolla. Allí conocí a Umberto el de los chicles. Un señor enjuto, bajito y encorvado que apenas tenía dientes pero sí acento portugués. Me llamaba «mi niño» y contaba chistes que bailaban de un modo peligroso entre la genialidad y lo vulgar: «¿Cómo se entra en un bar de pinchos?, pues así: ay, ay, ay» mientas simulaba pincharse los pies. No tardamos mucho en llevarnos bien y, aunque él vendía pañuelos de papel y chicles para sacarse dos duros, yo siempre trataba de invitarlo a comer algo sin regalarle el dinero. Él me hablaba de su hijo universitario, de la actualidad del país, de todos los libros que leía y yo no podía creerme que alguien rico en inquietudes, en entusiasmo y quizás con un nivel intelectual por encima del resto -y del mío desde luego- hubiese llegado allí entre cucharillas, limones y papel de aluminio. Aunque luego miro hacia arriba, donde están los que mandan, y ya me lo creo todo. Empezó a traerme regalos a menudo: una lámpara retro, un teléfono antiguo, y mi batalla interior entre creer lo que todos decían acerca del origen de esos regalos y mi empeño en pensar que no eran más que pequeños tesoros encontrados en la basura, se volvía más agresiva a cada minuto. Umberto era bueno conmigo, me avisaba de qué calle no cruzar según a qué hora, me informaba de si la policía no haría la vista gorda con el horario del sábado por la noche para evitar la multa en el bar, y todo a cambio de un café y un bollo preñado. Umberto no podía ser en realidad un pequeño ratero capaz de llevarse cualquier cosa de cualquiera solamente para pillar. Uno puede ser tonto o puede estar ciego. Yo estuve tonto y fui ciego.

Estuve tonto la noche que me lo encontré dentro de mi portal y me creí que su única intención era buscar un sitio resguardado donde dormir. Fui ciego al no contemplar la posibilidad de que había entrado en casa ajena.

Entré al piso, faltaban unos pocos cedés, un jarrón del todo a cien y un pack de seis cervezas de la nevera. Los chistes malos de Farruquito perdieron toda su gracia. Nos ignoramos por la calle durante los meses siguientes. Al poco leí con paradójica tristeza que lo encontraron en un portal, en otro barrio entre cucharillas, limones y papel de aluminio.

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