Parque de Bonaval: Un nido en el ciprés

En los años 90 pasó de ser el selvático cementerio municipal abandonado al parque más bello de la urbe

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Asimilar los nuevos tiempos se hace difícil a medida que los años pasan. Sin titubeos, los jóvenes lo logran en un abrir y cerrar de ojos porque ahí radica el epicentro de su energía. En cambio, para el adulto, sentirse unido al presente más inmediato conlleva un esfuerzo lastrado por el ancla del pasado. Por supuesto la personalidad del individuo tiene mucho que decir y sentirse joven no es una elección, es parte de la naturaleza que cada uno lleva dentro.

Hay un lugar en la ciudad que representa esta premisa por encima de todo, el parque de Bonaval. Paradigma situado en algún lugar entre el pasado y la actualidad, en los años noventa pasó de ser el selvático cementerio municipal abandonado al parque más bello de la urbe. Contemplar su silencio refleja en nuestro interior su mayor virtud, vital para comprender el lugar donde yacían los compostelanos de antaño.

Pieza inseparable del antiguo convento de San Domingos de Bonaval, cuyas huertas, ahora ajardinadas, estaban situadas al pie del cementerio escalonado. Fue reinterpretado en 1993 por los arquitectos Álvaro Siza e Isabel Aguirre, paralelamente a la construcción del Centro Galego de Arte Contemporánea, de Siza. En sintonía con el resto de la ciudad, este remanso adhiere a la personalidad de piedra de Compostela una especie de equilibrio placentero, entre el granito y la hierba, los árboles y los cierres centenarios.

Extenso y amurallado, sus tierras se emplearon para el cultivo, al igual que los predios del resto de las órdenes, pero en 1847, debido a la política higienista liberal, empezó a ser ocupado por nichos y tumbas, hasta que en 1934 fue inaugurado el nuevo camposanto de Boisaca.

Un parque que renació entre cenizas, con un respeto aún latente y necesario si no queremos dejar a merced del tiempo la historia intergeneracional inmersa en los libros y en la memoria de aquellos longevos que aún cuentan las aventuras y desventuras de personas que allí yacían, visitados por quienes los recordaban, guiados por el cariño que compartieron.

Debemos ver los detalles dentro del conjunto, si queremos racionalizar algunos de nuestros sentimientos más íntimos. Lograrlo tiene algo de tesis existencial, en la que paso a paso abrimos un nuevo tomo con nuestro puño y letra. Concretar lo irracional, desgranar el resultado de una suma correcta o anteponer lo positivo a lo negativo, sugiere que, convencidos o dubitativos, lo primordial es fomentar las cuestiones básicas más reiteradas. En lo sencillo radica la magia de lo primordial, el secreto de la vida, la onza más noble con la que se fundió nuestra personalidad; un tesoro que nos rodeará siempre si somos capaces de compartirlo con un primo hermano, un amigo, el susurro de la lluvia,… viendo brillos, oliendo lo lejano, sintiendo un palpitar, catapultando una sonrisa... En fin, lo nuevo se repite si la juventud no desaparece.

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