Milladoiro


Decía el alcalde socialista de Ames hace apenas ocho días que este mes de marzo quedaría para la historia de Milladoiro. Dejando aparte el calentón grandilocuente del momento, José Miñones sabía de qué hablaba. Se refería a la inauguración del albergue de peregrinos del polígono de Novo Milladoiro, que era donde estaba discurseando delante del arzobispo, y a la de la nueva iglesia parroquial de San José, que acoge hoy por primera vez en su espléndido interior a los parroquianos de la localidad, coincidiendo con la festividad que le da nombre. El albergue no solo dará de inmediato un cobijo mucho más que digno a los peregrinos del Camino Portugués en la antesala de la Catedral, sino que servirá para que Milladoiro reivindique el lugar que históricamente le ha correspondido en el mundo jacobeo, algo parecido al Monte do Gozo en la ruta francesa: el primer lugar desde el que los caminantes atisbaban su meta, las torres de la basílica. Y la impresionante iglesia -lo es por la sobria belleza de sus líneas y combinación de materiales, no por excesos ni barroquismo- que hoy se abre a dos pasos de ese albergue pudiera parecer un anacronismo en estos tiempos en los que los únicos predicadores que triunfan son los falabarato de los púlpitos facilones de Internet. Sin embargo, lo importante no es únicamente el lugar de oración, que lo será para los creyentes, sino todo lo que, con base en las entrañas de ese templo, se va a hacer, como hasta ahora pero en condiciones incomparablemente mejores, para atender las necesidades de los vecinos de Milladoiro. El párroco José Manuel Guldrís tiene por fin una iglesia a la altura de su colosal labor social.

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