«Había moita unión en Vista Alegre»

El añejo bar Tambre celebraba la Festa do Peto cuando se llenaba una columna

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santiago / la voz

Pepe nació en una aldea del municipio de Enfesta, Roxido, y con el tiempo se hizo por absorción compostelano. Y se alegra de eso, de que Enfesta pasase a formar parte de Santiago, una ciudad que se vio ampliada con varias parroquias y ganó un aeropuerto. Roxido era una humildísima aldea de Santa Cristina de Fecha, con sus «cañeiras» y sus precariedades. «Agora xa non se parece nada ao de antes. O Roxido mellorou un mil por cento. Hai casas novas, recuperación do patrimonio, paseos de pedra, etcétera», dice Pepe.

De jovencito se vino a Santiago a trabajar en la construcción y se fue luego cuatro meses a Suiza. Allí hacía frío y regresó. Sus futuros suegros adquirieron en los años 50 un local en Vista Alegre que funcionaba como ultramarinos y tasca, y en él abrieron una taberna. Se siguió llamando Tambre. «Viñan coches de Ordes e A Estrada a comer aí. Miña sogra facía unha comida caseira moi boa», dice Pepe.

El buen hacer culinario lo heredó Alzira, con quien se casaría José. Ambos pasaron a regentar el Tambre. Cuando falleció la propietaria, el bar fue conocido popularmente como la Viuda. «Levo 44 anos aquí. Alzira leva máis», dice Pepe. La cocina casera, y en especial los callos y el asado, siguieron atrayendo al personal: «A miña muller cociña de marabilla».

Desde el centro del bar emergía una columna de madera con un nudo que un cliente, Jesús Ferro, hundió un día y lo convirtió en agujero. La clientela introducía en él pesetas hasta que la columna (el «peto») se llenó. Y con lo recaudado se hizo una fiesta poblada de viandas y regada con ribeiro. Nació la Festa do Peto, que se siguió celebrando.

En la columna entraban monedas y billetes, incluso de quinientas y mil pesetas. Música, cantos, gastronomía y juerga duraban hasta la madrugada. El grupo Brétema amenizaba al cotarro festivo. «Eran épocas de xente. Había pandillas de 20 ou 25 persoas. Os venres enchíamos o negocio. A min sempre me gustou o ambiente festivo», enfatiza Pepe. Un día la columna desapareció y, con ella, la Festa do Peto. De eso hace unas décadas.

Barrio muy unido

Por entonces, el barrio celebraba unas grandes fiestas. San Xoán era prácticamente sinónimo de Vista Alegre. «Era un barrio moi unido. A xente xuntábase en grupos e cantaba. Nunca había bares baleiros», añora Míguez. Cientos de personas acudían a comer la cabra a Vista Alegre y los huesos se quedaban totalmente desnudos. En el Tambre había colas. Aún hoy se cocina en su horno la cabra cuando hay encargos: «Eran das mellores festas de Santiago, con orquestras moi boas, e coros, durante catro días».

Pero el barrio creció mucho y la unión de antaño no es la misma. Hay incluso varias asociaciones vecinales, «e cada unha das tira pola súa zona». La juventud se mueve hacia otros pagos: «Volver a dinámica daqueles tempos é difícil».

El Tambre es hoy también una pensión-residencia. Y con tirón. Hasta las habitaciones llegan acentos de fuera de las fronteras. Pepe, Alzira y Eva miman el negocio, a tenor de los comentarios y de las altas valoraciones de las plataformas digitales. Pepe menciona el caso de un escritor holandés que se aloja siempre allí y le gusta ir caminando hasta el centro. Un personaje que tiene su casa en el Tambre cuando viene a Santiago (acaba de estar) es el músico Nemesio García Carril, famoso por su banda sonora de Los gozos y las sombras.

«O barrio mellorou moito, pero non quedan sitios para o aparcamento»

 

 

José es un hombre campechano, con mucho humor en el cuerpo. Y una institución en el barrio. Vista Alegre es para él «o mellor barrio de Santiago» y tiene claro que vivirá siempre en su zona «se non me quitan de aquí». Pero a su vez Compostela es «a mellor cidade». Le encanta transitar por las rúas viejas siempre que puede, y puede muy poco porque el trabajo es absorbente.

Le gusta recordar los viejos tiempos, cuando las pandillas se acodaban en la barra y poblaban el mostrador de cuncas de ribeiro. Continúa siendo una taberna con una buena parroquia y un magnífico olor saliendo de las ollas que Alzira remueve. Sobre una estrecha repisa hay un puñado de fotografías de los tiempos idos y con personajes añorados, como el músico Manuel Hermida, animador de la Festa do Peto que se celebraba antaño y objeto de un homenaje póstumo.

Bajo las voces de los clientes se escucha de fondo el ruido de las máquinas. Enfrente continúan las obras de urbanización del barrio: «Facía falta este cambio, porque lle deu un xiro moi bo á zona. Con esta reforma mellorou moito». Se ven las rúas más abiertas y mejor pavimentadas. Y casas con ascensor.

Pero la renovación del barrio no oculta un problema patente: «Non hai aparcamentos e a xente quéixase. Fan falta prazas para deixar o coche porque quedaron moi escasas». Un cliente que salía por la puerta efectuaba el mismo comentario. Pepe recuerda que se habló en su día de construir un estacionamiento enfrente de Filoloxía y cree que es necesario recuperar esa, u otra iniciativa, con urgencia.

¿Algún día dejará el Tambre? «Son moitos anos, pero por agora sigo ao pé do canón», remarca el dueño del negocio, con su pátina de décadas encima.

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