cuatro verdades

Good bye, Yago


Los últimos fueron los títeres. Hace diez años. Después, la puerta se cerró. Chirrió la llave mientras giraba en la cerradura. Y el pasado se volvió opaco. A la ciudad empezó a costarle recordar aquellos tiempos pasados. Aquellos tiempos mejores. Se sucedieron los inviernos rigurosos de esta esquina del mundo. Y el barniz empezó a caerse. La humedad, como con todo lo que aquí habita, fue haciendo mella. Al poco, comenzaron a amontonarse los carteles. Que si hay una charla. Que si vendo un coche. Que si queréis teatro, seguid andando, que tenemos una obra programada un poco más abajo. El suelo empezó a deslucirse. Y las letras, ese nombre otrora reluciente, empezaron a acumular orín. Diez años. Todo está oscuro. Como si alguien hubiese parado el proyector que acompañó a generaciones de compostelanos en la escena final, justo antes del gran The End. En verano, por alguna rendija, se cuela un hilito de esa luz casi incandescente que tan poco se prodiga en Santiago. Y por un segundo, hace brillar las motas de polvo de ese fotograma congelado que se va deshaciendo entre los dedos. Aquí ya solo dormita el silencio. Y a veces, no todos los días, también duermen algunos de los que no tienen donde dormir, acurrucados bajo el pórtico que, generaciones atrás, daba cobijo a grandes sueños cinematográficos. En diez años, solo se despertó una vez. Rugían mientras entraban por la fuerza y se apropiaban de un espacio que hace mucho fue de todos nosotros. Y que después volvió a caer en un profundo sueño. Se desvanece. Porque nadie se atreve a, de verdad, devolvérselo a Santiago. Good bye, Yago. Nuestro cine Yago.

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Teatro
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