Ni Mauro, ni Flavio, ni Jokanovic

Mel no logra sacarle partido a la fórmula del trivote, exprimida por Jabo en San Mamés

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20/03/2017 12:50 h

En el Deportivo se viene estilando hace años lo de definirse por omisión. Andone, por ejemplo, aclaró enseguida que no era Lucas. Ola John también explicó en cuanto le arrimaron un micro que toda similitud con Babel acababa con la plaza en el campo, la nacionalidad y el color de piel. Guilherme cometió el desliz de presentarse ambicionando «hacer lo mismo que Mauro Silva hizo aquí». Enseguida se dio cuenta de la barbaridad y añadió: «No quiero compararme con él». Lo primero, lo fundamental, es sacudirse la losa de la comparación. Cuánto le pesó a Juan Domínguez la que le obligaba a reencarnarse en Valerón cada vez que algún técnico se daba el capricho de forzarle a jugar de enganche. Hay referentes insuperables, y el listón del trivote blanquiazul nunca ha vuelto a estar a la altura a la que lo colocó Jabo en San Mamés.

Pocos entrenadores se han resistido a partir de entonces a poblar la medular con la coartada de la posesión. Casi no constan precedentes que inviten a perseverar, pero siempre es goloso asumir la paternidad de una innovación. «Si la hubiera metido Borges», lamentaba ayer Pepe Mel, consciente de que, como había dejado dicho en la previa, «un derbi te encumbra o te hace empezar de cero». Al técnico le queda por delante un parón para recuperar un crédito acumulado en tres duelos y disminuido en la cita clave de cada curso; en un partido feo, de empate a nada, que acabó con el Deportivo como solía acabar hasta que él llegó: por debajo en el marcador.

Pudo haber marcado el tico, como hizo Flavio aquel domingo del 99 en campo del Athletic. Allí le dio la razón a Irureta, que quiso construir alrededor de Mauro un remedo de lo que montó Parreira para hacer a Brasil tetracampeón. Flavio y Jokanovic en lugar de Mazinho y Dunga. Victoria por 2-3 en la vieja Catedral. Los coruñeses, que habían ganado solo dos de los primeros cinco partidos de la temporada, empezaban a remar hacia el único título liguero de su palmarés.

En Riazor no se trataba de cambiar el paso, sino de afianzar una sensación. Tampoco era necesario desencadenar gemidos de euforia con el balón, porque había crédito de sobra para sacarle punta hasta a un empate en casa frente al eterno rival. Quizá bastase con no dejarse avasallar. Quizá con un trivote. Como aquel de San Mamés. Pero no.

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