Pena y alegría


22/02/2017 05:00 h

El fútbol es una afición perversa. Puede que proporcione grandes alegrías a los aficionados. Pero casi siempre deja una basurilla en el ánimo de los hinchas. Un día sí, otro no. Una semana sí, otra tampoco. Cada domingo (o lunes, martes, miércoles, jueves, viernes o sábado), los aficionados se dirigen al campo contentos, con su bufandas, sus banderas y sus ilusiones. Los ves caminando sonrientes hacia Balaídos y piensas: «Bueno, al menos el dinero que sale de nuestros impuestos, con el que estamos arreglándole entre todos nuestro campo a esa sociedad anónima, sirve para que este chaval esté un rato contento». Pero pasa hora y media y mientras tú te has ido a dar una vuelta, te has leído medio libro, has disfrutado de un concierto o has visto en el cine una película, te vuelves a encontrar camino a casa al mismo chaval con cara de funeral porque el equipo ha perdido. Una entrada para ver fútbol en el estadio cuesta mucho más que un libro, un ticket de cine o un concierto. Y nadie se lo subvenciona al ciudadano.

Pero el adicto al fútbol lleva en ello su condena. Tiene la mala suerte de tener una afición cara y penosa. A algunos los mata a disgustos. Pero si lo tuyo, en vez del balompié es, por ejemplo, la música, el disfrute juega casi siempre a tu favor, al del espectador. Por ejemplo, los que el pasado jueves, 16, decidieron ir a escuchar a John Mayall en el auditorio Mar de Vigo en vez de asistir al Celta-Shakhtar Donetsk, habrán vivido la diferencia. Los primeros disfrutaron de más de dos horas de buen blues y llegaron a casa encantados. Los segundos se amargaron la noche. La música siempre gana.

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