«Cuando repartimos el gordo de Navidad hubo barra libre para todos»

Los clientes del bar de Adolfo Silva en la calle Seara se llevaron 300 millones de pesetas. Fue la única vez que tocó en Vigo el premio extraordinario de la Lotería

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vigo / la voz

En el año 1974, la suerte sonrió a Vigo en forma de premio gordo de la Lotería de Navidad. Fue la única vez en la historia hasta el momento. Un bar de la calle Seara que hoy en día ya no existe, el Compostelano, repartió 300 millones de pesetas entre sus clientes.

Decenas de millonarios brindaron por todo lo alto para festejar el mayor premio que había tocado hasta entonces en la ciudad. Adolfo Silva, uno de los tres hermanos propietarios del local, recuerda muy bien el tremendo jolgorio que se organizó después de que los niños de San Ildefonso cantaran el número 12.176. «Estábamos trabajando. Mi hermano José había ido a la plaza a comprar marisco. Tenía puesta la televisión y, cuando salió el número en la pantalla, fui a la tintorería de al lado y le dije al dueño: ‘Manolo, que nos ha tocado la lotería’». El teléfono no paró de sonar desde entonces. Hasta de Suiza llamaron para felicitarle.

«Empezó la alegría y no paraba de llegar gente, todo eran abrazos», recuerda. Poco después llegó su hermano de la plaza. Había jugado 900 pesetas y lo primero que hizo fui ir al banco para depositar los billetes en una caja fuerte. Después, cerraron la caja y hubo barra libre para todos. Hasta 30 kilos de centollas despacharon entre sus clientes aquella mañana del 21 de diciembre. Varios empleados de banca esperaban a la puerta del local para captar clientes.

La crónica recogida por La Voz de aquel acontecimiento informaba que las series premiadas habían sido vendidas por la administración de lotería número 2, situada en la calle Policarpo Sanz, que regentaba Antonia de Haz, «una lotera que no se altera por nada», según contaba este diario. José Moredo, un repartidor vecino de Freixeiro, fue el encargado de vender las series a los dueños del bar. Él no se había quedado con ningún número, pero esperaba recibir una buena propina.

El premio fue muy repartido. El establecimiento había vendido unas 30.000 pesetas de lotería, la mayoría en pequeñas participaciones. Gran parte de los agraciados eran obreros y gente humilde. La mayor cantidad jugada, que fue de 1.300 pesetas, le tocó a un administrativo de Duro Felguera, en Gijón, que a su vez había regalado décimos a sus amigos y familiares. Fue al bar y salió corriendo de la alegría.

Muy repartido

Empleados, albañiles, viajantes, conserjes, hombres de profesiones liberales, casi todos se llevaron 100 o 200 pesetas como máximo. Curiosamente, ninguna mujer había comprado lotería. La razón era que la mayor parte de los clientes del establecimiento eran hombres.

Los tiempos han cambiado, porque entonces a la gente no le importaba dar su nombre y apellidos reconociendo haber sido agraciados con un primer premio de la Lotería de Navidad. La Voz recogía en su crónica del día siguiente los testimonios de muchos afortunados.

«Me voy a comprar un deportivo, ya lo tengo elegido y jugaré en Bolsa», contaba entonces Salvador Álvarez, director de la academia Estudios Álvarez. Al mecánico Ángel López, muy conocido por su afición a los curros, le tocaron un millón de pesetas. En el Ayuntamiento vigués, la suerte también tocó de lleno. En el servicio municipal de Aguas un empleado resultó agraciado con un millón de pesetas. También a un lector de contadores y a los entonces conserjes del consistorio Guillermo Castro, José Luis Bugallo, Benito González Campos y Enrique Fernández Rodríguez les sonrió la fortuna.

Adolfo Silva todavía se alegra de haberle cambiado la vida a mucha gente, aunque sostiene que a algunas personas hubiera sido mejor que no le tocara ningún premio «porque se creyeron ricos del todo y no es así, el dinero se va rápido». A él mismo también le tocó un pellizco. Parte del premio lo invirtió en la adquisición de un nuevo local, donde montó otro restaurante, muy cerca de donde se encontraba el Compostelano. En el Danubio, como así lo llamó, continuó trabajando hasta su jubilación.

Hoy en día, su hijo Ramón continúa con el negocio en la calle Seara. Cuando tocó el gordo de Navidad tenía solo cinco años, pero también recuerda la fiesta que se montó en el bar y que terminaron celebrando en casa de unos amigos de Coia porque ya no daban abasto con tanta felicitación.

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