Mi perro me salvó la vida

Más que instinto animal. Son amigos que no fallan, que dan años de vida. «A mí ella me la dio toda. Hay perros que tienen un don, pero yo no sabía que pudiesen tener estas cualidades», advierte Óscar Prieto, a quien su dálmata cuida y vigila las 24 horas. ¿Mascota o ángel de la guarda?


Yani pasa con Óscar las 24 horas. Esta dálmata de 4 años guarda el día y vela el sueño de este chico de 39 que sufre una enfermedad rara con muy pocos casos diagnosticados en el mundo. «Ella no duerme con los ojos cerrados -dice él de su guardiana-. Yani pone la cabeza en mi pecho y duerme con un ojo abierto, escuchando mi corazón». Con 21 años, a Óscar le diagnosticaron una diabetes mitocondrial con resistencia a la insulina subcutánea que se fue complicando con el tiempo. «Empecé a sufrir infartos de repetición, a sufrir otras enfermedades, y en el médico llegaron a decirme alguna vez que tenía solo una semana de vida. Cogí una depresión muy grande y dije: ‘Quiero un perro’».

Y el consuelo llegó con su primer dálmata, Rocco. «Pero yo aún no sabía que a un animal se le podía enseñar todo lo que aprendió Yani». Ella llegaría años después, cuando su dueño ya había superado los primeros baches de una enfermedad que le pasó factura emocionalmente. Un perro puede ser un tesoro, advierte Óscar, «pura terapia» frente a la depresión. Mientras Rocco crecía, Óscar vivía pensando en tener otro perro. «Es que pensé: ‘Si él muere, me derrumbo, no voy a poder. Si él se muere, me muero yo».

«Yani avisa con la pata»

Una amiga de una peluquería canina le habló de la camada de una perra embarazada a la que habían abandonado. Óscar salvó a uno de los 14 cachorros de esa perra: se llevó a Yani y, al llevársela, ella le salvó a él. «En principio en casa no querían otro perro, pero después de mucho insistir un día fuimos a verlos y... ¡me enamoré! Eran cachorros de solo dos meses, los cogí en brazos y ¡ya los quería todos! Uno se me metió entre ceja y ceja...», relata Óscar. ¿Yani? «No, era un cachorro que ahora está en Filipinas prediciendo terremotos. A mí me dijeron: ‘Óscar, el perro ideal para ti va a ser esta’. Así que yo iba con la idea del macho y me llevé a la hembra. Me dijeron que era mejor, que íbamos a encajar a la perfección. Hoy no puedo vivir sin ella. He tenido suerte. Viene conmigo a todas partes y me salva de varios comas a la semana, porque el tipo de enfermedad que sufro produce bajadas bruscas de azúcar que pueden acabar en coma tres o cuatro veces por semana. Pero Yani puede detectarlo con diez o quince minutos de antelación. Si no fuese por ella, yo viviría en un hospital», asegura.

Óscar lleva consigo un bolso con una máquina y sus antídotos para reaccionar al instante en cuanto su perra le advierte del peligro. Suele hacerlo con la pata. Ahora que tomamos café, ella está tranquila a sus pies. Apenas se deja tocar por extraños, es tranquila pero está «muy apegada» a Óscar. «Si me muevo, ella se mueve; si miro a un sitio, ella mira. La sincronización es total».

Desde que Yani está en casa, la madre de Óscar puede dormir con la puerta cerrada. «Hasta entonces no podía, tenía que estar conmigo. Ahora si algo va a pasar y no estoy en condiciones de ponerme los antídotos, la perra va a tocarle en la puerta con la pata», afirma quien dice que no basta con contarlo: ¡Verla en acción es increíble!». Lo saben en el centro Montegatto, donde la dálmata se entrena, y en el Hospital Quirón, «¡donde ya la quieren más que a mí!», dice Óscar, que no se muestra celoso de la admiración que ella despierta. «A Yani se lo debo todo. Vivir. Estar aquí. Poder contarlo. Y hacer que otros vean el apoyo que un perro es capaz de dar».

José Ramón Boado: «Se non é por el, cáeme o teito enriba»

«Se el non me chega avisar, probablemente eu non me enteraría ata que o teito me caese enriba», cuenta . Él no es una persona, sino un perro que se llama Huno. Y el que habla es José Ramón Boado, un vecino de Chantada que el pasado mes de octubre salió ileso de un grave incendio en su casa, una vivienda unifamiliar de piedra en el casco viejo de esa localidad. El fuego empezó en el ático y el perro fue el primero en darse cuenta de que pasaba algo. El animal estaba tumbado al lado de la chimenea cuando de pronto se levantó y subió la escalera hacia el ático. Nunca lo hacía, porque su dueño se lo tenía prohibido. Antes de llegar, se paró y empezó a mover la cabeza alternativamente hacia el ático y hacia su dueño, que lo miraba sorprendido desde abajo. «O pobre tremía como unha vara», recuerda José Ramón.

Cuando el hombre subió a ver qué pasaba, abrió la puerta del ático y vio que estaba en llamas. Boado está prejubilado y trabajó buena parte de su vida como empleado de banca, pero últimamente se había dedicado a la seguridad privada y por su formación sabía que en caso de incendio hay que mantener las puertas cerradas para dificultar el avance del fuego. Volvió a cerrar inmediatamente y llamó al 112. Los bomberos no pudieron salvar el ático ni el tejado, pero sí el resto del edificio. En esa parte de Chantada las casas están muy juntas y todas tienen abundancia de madera en la estructura de los tejados, así que el incendio pudo haber sido mucho peor. José Ramón está convencido de que, sin su perro, él habría tardado en darse cuenta de lo que pasaba. Igual hasta que fuese demasiado tarde.

Huno es un mestizo de madre Sharpei y cumplirá tres años en junio. No tiene ningún entrenamiento especial, pero es muy despierto. «Coñece os coches da familia polo ruído que fai cada un», asegura su dueño, que no quiere ni oír hablar de desprenderse de él. Esta semana terminó la reconstrucción de la casa incendiada y José Ramón ya vuelve a vivir allí. Con Huno, por supuesto. «Sen este can non podo vivir -dice-, pódenme dar millóns que non me desfago del». Su valor no tiene precio.

 

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Paco Mata: «Me ladró como si viese un fantasma, al poco me detectaron un linfoma»

Paco conoció a Mac, «Makito», como prefiere llamarlo él, en la perrera y hoy presumen de una amistad que suma 13 años y ha resistido la prueba de fuego de las circunstancias. Makito conectó con su dueño en cuanto se vieron pero no se marchó con el rabo entre las piernas cuando las cosas se pusieron feas en la vida de este taxista de 49 años que ha superado un linfoma. Él le ayudo a detectarlo. «Llevaba un mes sin verlo, y en cuanto me vio me empezó a ladrar, era como si estuviese viendo un fantasma, casi no me dejaba acercarme a él. Me extrañó mucho porque se volvía loco de contento siempre conmigo...», cuenta Paco echando la vista atrás, a marzo del 2016. Entonces, él notó que había cosas que empezaban a desregularse en su organismo, pero debió de ser Makito el primero en mirar el mal a la cara. Y en perder peso del disgusto. Paco tomó la decisión de afrontar el tratamiento del cáncer linfático solo, «pero él no me dejó, me ayudó muchísimo. Me ayudaba a salir de casa cuando yo no me sentía capaz. Él empezaba a darle al rabo o a hacer monerías para decirme: ‘Venga... ¡a salir!’. Empezamos a dar paseítos no muy largos, porque al principio el tratamiento te debilita y hay que ir poco a poco. A él le gustaba dar el paseo y que nos sentásemos bajo un árbol. La verdad es que a mí me venía muy bien la sombra...». Lo que puede enseñarnos el instinto. ¿Cuánto? «Hay un montón de cosas que el perro me acabó enseñando, a apreciar las cosas sencillas, a dar importancia solo a lo que la tiene». A dejar pasar los conflictos familiares, o evitar el rencor y aceptar el ciclo de la vida, advierte entre otras. «Hay que vivir el presente», dice Paco. Esto que se escapa. A Makito le sobran cualidades: «Es muy cariñoso, educado, respetuoso. Es un perro especial. Cuando me divorcié, me ayudó a soportar esa soledad de verte de pronto sin familia». Hay amigos que no fallan.

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