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Leo Margets: «Tengo el gen de la flipadez, yo siempre me siento capaz de ganar»

En el 2014 concursó en «Supervivientes»: «Pero no jugué óptimo, hoy jugaría mejor». La campeona de póker profesional lanza el libro «¡Juega bien tus cartas! En la vida y en los negocios» y advierte que ganar es aprender a decidir y a gestionar bien los chascos


De pequeña jugaba a la escoba, «por hacerle un favor a mi padre, pero nunca me gustaron las cartas», revela la que hace ocho años se convirtió en campeona del mundo de póker. Leo Margets (Barcelona, 1983) llegó por azar al juego, y hoy sigue apostando «sin miedo al fracaso», tanto en la mesa como en la vida. «Hay que quitarle el mal rollo a la palabra fracaso, hay que aprender a gestionar los chascos. Yo no me hundo, crezco con ellos», asegura. Fundadora de The Mindset Factory, que aplica las habilidades del póker y el deporte de élite al día a día, Leo Margets admite que en lo personal es un poco caótica. «Si me conoces día a día -confiesa-, te podría extrañar que juegue bien al póker, porque soy transparente». ¿Y eso es malo? «¡No! A veces es bueno dejar que tus emociones te... ¡te jodan! Hay que dejarse llevar en la vida».

 

-¿Cómo consigue una persona transparente una cara de póker, estar para el juego «emocionalmente muerta»?

-Haciendo click. Cuando juego al póker me pongo en modo «trabajo». Cuando sé que algo es bueno para mí no me cuesta adaptarme. Jugar bien al póker requiere eso, saber estar «emocionalmente muerto» en un contexto. Si pierdo, debo evitar la rabia, porque me va a perjudicar en futuras manos. Lo mismo con la euforia, cuando estás on fire porque has ganado un bote enorme debes mantener tu pensamiento lo más claro posible.

 

-¿Cómo trasladas ese encaje a la vida?

-Yo me preocupo solo de las cosas que dependen de mí. Si juego bien una mano y pierdo, lo único que me preocupa es: ¿He tomado una buena decisión? Valoro las decisiones que he tomado, independientemente del resultado.

 

-No te gustaban las cartas hasta que un chico, Cristian, se cruzó en tu vida y te plantó por el póker. ¿Cómo fue?

-Conocí a Cristian, tuvimos una cita y le propuse ir a tomar algo. Él me dijo que no podía porque tenía una partida de cartas. Me dije: «Puedo irme mosqueada por culpa de este que me da plantón o... ¡me apunto a la partida!» Fue lo que hice. Esa noche fue dura, no tenía ni idea de póker ni ganas de aprenderlo... Luego el tema progresó bastante con Cristian, que supo transmitirme de qué va el póker. Cuando lo empecé a entender, me apasionó.

 

-¿Importan menos las cartas que nos tocan que cómo las jugamos?, ¿puede el azar o la habilidad?

-En el corto plazo el azar en el póker importa bastante. Tú si quieres ganarle un punto a Rafa Nadal lo tienes imposible. Pero si te mides a un jugador profesional de póker es como si tirásemos un dado, y si toca el 1 y el 2 ganas tú, si salen el 3, el 4, el 5 y el 6 gano yo. A corto plazo pueden salir cinco veces 1 o 2, pero a la larga gana el que tiene más habilidad. La habilidad tiene una recompensa cien por cien.

 

-¿También en la vida?

-También. El póker te enseña a centrarte mucho más en las decisiones que tomas que en los resultados, y es una manera de actuar que extrapolada a la vida es muy buena.

 

-¿Ganar requiere optimismo y fortaleza mental?

-Sí. Se trata de no hundirse cuando las cosas no salen como esperas, y valorar si eso es fruto de una mala decisión o consecuencia del azar. Hay que ser fuerte para reconocer tus errores y no venirte abajo si los resultados no llegan. Pero tampoco demasiado arriba... Cuando todo van bien, nos apuntamos el punto enseguida.

 

-En «¡Juega bien tus cartas!» dices que debemos tener en cuenta el valor esperado. ¿En qué consiste?

-En tomar las decisiones según las veas tú buenas o no, sin evitar el riesgo a toda costa porque esta actitud puede llevarte a perder, a dejar pasar oportunidades que sí que te podrían aportar algo. Lo más seguro no es siempre lo mejor.

 

-¿Se puede ganar siempre?

-Si consideras que ganar es tomar las decisiones correctas, puedes ganar muy a menudo.

-«Para ganar, otro tiene que perder», apuntas en un golpe mortal al buenrollismo del «aquí ganamos todos».

-El póker es un juego de suma cero, que implica que lo que yo gano es porque otros lo pierden. Son las normas del juego. En la vida no siempre es así, en la empresa se puede cooperar. En la vida puede que la mejor opción sea cooperar, en el póker no.

 

-¿Tienes la sensación de haber desperdiciado algún póker de ases?

-No. En general he analizado bien mis oportunidades y no me da miedo fracasar. Gestiono bien los chascos.

 

-Concursaste en «Supervivientes».

-Sí, yo era más fuerte, tenía más control sobre mis emociones que el resto, pero no jugué óptimo. Hoy repetiría y jugaría mejor.

 

-¿Cuál es la fuerza de un farol?

-Ser creíble, que tu oponente se crea tu historia como si fuese verdadera.

 

-La forma de comerse una galleta Oreo delata a John Malkovich en una partida en «Rounders». ¿Te lo has jugado todo en plan película, interpretando el tic de un adversario?

-Pocas veces. Una, detecté que alguien parpadeaba como un loco cuando iba de farol, a la tercera vi ese tic y arriesgué... Y sí, iba de farol, pero también me equivoqué con un tío que me estaba haciendo un contratell, engañándome con su lenguaje verbal.

 

-La confianza en uno mismo es clave para ganar. Y sospechosa. ¿Por qué genera recelo en los demás?

-Quizá porque tiende a confundirse con soberbia. Y no es así.

 

-Sigues siendo tan segura como a los 8 años, cuando al viajar a ver a tu familia de Madrid dijiste: «¡Qué contentos se van a poner de verme!»

-Sí. Aunque en un niño esa seguridad no está penalizada como en un adulto. Tengo el gen de la flipadez. Siempre me he sentido muy capaz de ganar.

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