Aquí no da corte la nota

ELLOS SÍ QUE TIENEN LA DOBLE LICENCIATURA La de estudiar y la de vivir. Los estudiantes sénior tienen un plan, y no es el de Bolonia, sino el de seguir enganchados a la Universidad hasta que puedan. Reclaman un máster ya.


Faltan cinco minutos para las 11. En los pasillos de La Normal hay casi tanto ambiente como un jueves por la tarde en los pasillos de Ciencias de la Información de la Complutense de Madrid. Salvando las distancias. No hay alumnos tirados por el suelo, ni hay cola para pedir un sándwich en la cafetería. Pero el buen rollo se respira en cada esquina. Y eso que toca Economía. Escaleras arriba la pregunta es inevitable: qué tiene este edificio que acoge la Universidad Sénior de A Coruña que da ganas de volver a estudiar. Entro, os lo cuento al salir de clase.

 SIN ASIGNATURAS LIBRES

Con un vistazo me reafirmo que mantenerse activo cuando la jubilación ya queda lejos tiene que ser uno de los ingredientes para frenar el tiempo. No tengo a Amancio o a Vargas Llosa para preguntar, pero sí a Nuno, un alumno de 71 años, que dice que: «Uno envejece cuando deja de tener curiosidad». A la vista está que él, que hace diez años que regresó a las aulas y todavía sigue, no la ha perdido. Hace cursos que obtuvo la licenciatura Sénior pero continúa su formación como oyente en algunas materias (este año no ha podido debido a la gran demanda) y participa en diferentes talleres que se imparten en el centro, la fórmula más recurrida por los estudiantes que terminan para seguir ligados a la Universidad. Reclaman por activa y por pasiva un máster que les asegure esa continuidad, a lo que Matilde García, la directora responde: «poco a poco. Todo se andará».

Dos martes al mes va al taller de Medicina Preventiva, el único momento del horario que comparte clase con su mujer. «Ir siempre juntos no procede. Ella va a su clase y yo a la mía». Otros dos viernes al taller Europeo, y por si fuera poco los miércoles hace guardia en la asociación de estudiantes.

«No estudio para aprobar, sino para aprender, que es diferente. No tenemos obligación, lo hacemos porque nos gusta. No es un estudio de hincar los codos como cuando tenías 15 años. Vienes, coges tus apuntes y absorbes lo que te dice el profesor, y lo absorbes mejor ahora que cuando eras joven, porque tienes ciertos conocimientos», explica este jubilado, que confiesa que aunque no tienen deberes al uso, los talleres sí que les exigen continuar con el trabajo fuera del horario lectivo.

PIDEN ELLOS LOS EXÁMENES

Chus es otra de las alumnas que viene por placer. Se graduó hace dos años, y todavía sigue teniendo que explicar que aquí no se viene a chapar. A falta de Erasmus, tienen el taller Europeo y varios programas internacionales, que les permiten hacer las maletas cada dos por tres. Valladolid, Valencia, Bruselas, Alemania, Italia... un itinerario que nada tiene que envidiar al Interrail. Fue en una de estas excursiones, que bien podrían ser escapadas de un grupito de amigos, donde esta maestra jubilada vivió una de sus mayores satisfacciones. «En la primera salida que fuimos en tren, había una persona de la asociación que nos estaba contando, y yo que fui 40 años maestra, pasar de ir preocupada por contar a la gente a ir de relax... Decía: ‘¡ahora que me cuenten a ver si me pierdo!’», dice una «enganchada» como Nuno a este plan, que no es el de Bolonia, ni se le parece.

No hay exámenes oficiales, pero Matilde dice que no es la primera vez que algunos alumnos suplican por una prueba de evaluación para comprobar su nivel, lo que da una idea de la exigencia que se imponen ellos mismos. «Si el profesor lo contempla se puede hacer un examen o una presentación», explica. Matilde asumió hace ya varios años la dirección del Programa Universitario para Mayores que puso en marcha la UDC (en el campus de A Coruña y en el de Ferrol) en el año 2001. Bajo el nombre de Universidad Sénior el plan está pensado para responder a las inquietudes laborales y formativas de las personas mayores de 50 años. Que cada vez son más. Si en el 2004 había 380 alumnos entre las dos sedes, a día de hoy hay 875 repartidos entre A Coruña (604) y Ferrol (271). Con estas cifras se explica que haya alumnos en lista de espera en algunas materias, como decía Nuno, ya que la capacidad de las aulas obliga a establecer un máximo de matrículas.

Otra diferencia con la universidad Júnior es que aquí no hay nota de corte, el único requisito para entrar es tener más de 50 años y haber concluido tu vida laboral; estar jubilado, prejubilado o parado. Sin embargo, la edad que dispara todas las estadísticas son los 65. Hay muchos, la mayoría, a los que el cuerpo les pide marcha una vez que su estado pasa de activo a jubilado. Sobre todo a nosotras, ya que el 75 % son mujeres. El plan consta de cuatro cursos académicos pero como de oyente pueden ir alargando su licenciatura, no sorprende que haya alumnos matriculados de 85 años. Haberlos haylos. Ahora mismo, cuatro.

 

 

DE CIENCIAS A LETRAS

Manoli y Elena cumplen este perfil (el de jubiladas, no el de 85). Estas maestras de Física y Química poco tardaron en volver a clase, aunque ahora ven los toros desde la barrera. La primera, de 71 años, lleva diez en el edificio de la antigua Escuela de Magisterio y «coa mesma ilusión do primeiro día». ¿Algún recuerdo? «Algún si, pero cortei con aquilo, é parte do meu pasado e non está no día a día. Isto é moito máis relaxado». En el pupitre de al lado, Elena afirma con la mirada. «É unha etapa, son 35 anos traballando de ensinante, e agora sentas como sentaches antes na Universidade, pero aprendendo o que che dá a gana, non o que che impoñen, isto é moi importante, facer o que a ti che gusta».

Gracias a la tres ramas que se ofertan (Humanidades y Ciencias Sociales; Ciencia y Tecnología y Ciencias de la Salud) estas dos alumnas que podrían ser las aventajadas en ciencias están aprovechando para adentrarse en otras temáticas que tenían más olvidadas: filosofía, arte, literatura, poesía... «Estamos facendo cousas que non fixemos antes, escribimos nun blog de poesía, Enversados...». Volviendo a los beneficios de tener la cabeza ocupada, Elena comenta: «Eu penso que si é bo para manterse ben. Entre facer ximnasia ou andar, e ter a cabeza ocupada, os problemas tamén os tes pero valos levando».

 

 

EXTRAESCOLARES

Una vez dentro de la espiral es difícil salir. La actividad pide más actividad, y las jornadas pueden llegar a ser maratonianas. Al igual que la mujer de Nuno, Chus va al coro universitario de la UDC cuatro horas a la semana, a las que hay que sumar las extra que hacen en las actuaciones. «Esto te mantiene, porque te enganchas a tantas cosas... taller Europeo, taller de Inglés, coro, Humanidades, -que es un revoltijo de ciencias-... Pero lo haces porque quieres, y lo que haces porque quieres es una maravilla».

A este grupo (el de la foto) hace tres años que llegó Luis, que destaca por encima del conocimiento la posibilidad de conocer a gente distinta. Algo que Nuno comparte por completo. «Es una manera de socializarse, hay que pensar que cuando dejas de trabajar porque te jubilas, tus círculos se reducen notablemente. Si no haces por ver a gente nueva no aparece, y aquí no solo se consigue sino que haces un grupito». Tanto roce tanto roce que, a veces, confiesa Matilde: «salen parejas». Esto cada vez se parece más a la Complutense. Supongo que será en todas, pero uno habla de lo que conoce.

La motivación e ilusión de estos alumnos avanzados es digno de estudiar en Harvard. Será porque no hay presiones, no hay deberes o no hay exámenes, que parece que estos estudiantes no reciben tan bien el timbre que anuncia el final de la clase. Y para una generación que no creció pegada a una pantalla, el manejo de las TIC es algo que valoran por encima de todo. Solo hay que ver cómo entra Nuno a clase, iPad en mano luchando por conectarse a la wifi. «Es muy bueno porque nos obligan a utilizar la tecnología para los trabajos y a comunicarnos con otros alumnos de otras universidades», explica Luis de 59 años.

De hecho, ya trabajan en uno de esos reencuentros. En el mes de abril acogerán a estudiantes de Italia dentro de un convenio bilateral que tienen en marcha desde el 2008. Entra la profesora de italiano en clase. ¿Ya chapurreáis algo? «Bambina y poco más», dice Nuno, que bien podía ser el icono de lo que representa la Universidad Sénior. Me dan ganas de volver mañana. Qué largo se me va a hacer de aquí a que me admitan.

«Este curso voy yo, el que viene mi mujer»

Mientras el cuerpo aguante, José Antonio no piensa dejar las clases. Como mucho se turnará con su mujer para ver cuál de los dos se queda con su nieto de 6 meses. Este año le ha tocado a él ir a la Universidad, el que viene irá María Dolores. Cualquiera de las dos opciones parece un buen plan. «Vengo de una familia de muchos hermanos, y cuando iban siendo abuelos, les decía: ‘¿Quieres dejar de hablar de tu nieto?’, y ahora veo que me pasa a mí. Es tan bueno como lo fueron mis hijas. Estás cuatro horas sin él, y ya lo echas de menos». El tono no cambia cuando hablamos del programa IV Ciclo Universitario, del que forma parte desde hace siete años con año sabático incluido. «Es una bendición de Dios. En la carrera estudiabas para saber y examinarte, y ahora para pasártelo bien», explica José, que a sus 75 años acude semanalmente a clase de Historia de la Pintura. Va encantado, les hacen leer bastante, solo tienen que hacer un trabajo a final de curso y están en permanente contacto con gente. Entre esa gente está Beatriz, que valora sobre todo que no los traten como a viejecitos. «Lo que más me gusta es que no nos falten al respeto o nos digan: ‘¿De qué quieren hablar hoy?’, al final somos personas que hemos estudiado, viajado o leído».

 

 

 

 

A LAS AULAS POR TERCERA VEZ

Hace cinco años que Beatriz regresó de nuevo a las aulas. Algo nada extraño para ella. Esta profesora de inglés jubilada de 73 años decidió hace 23 que era el momento de dejar a un lado sus clases con los más pequeños y meterse de lleno en el mundo de los libros. «Estudié para ser bibliotecaria. Fue posible gracias a la ayuda de mi familia, mi marido me iba a buscar, me tenía la cena lista...». Después de jubilarse y quedarse viuda ha vuelto a sentarse en el pupitre. «Me apunté porque me lo dijo un amigo, tuve mis reticencias porque no quería que fueran cursos para mayores, pero efectivamente no fue así». Y aunque no quieran la edad se nota, solo hay que mirar cómo se comportan en clase. No se ve ni un papel volando ni se escuchan conversaciones paralelas a las del profesor. «Nunca ha habido un altercado, a ver, ya tenemos nuestros años. Hay un respeto tremendo al profesor», dice José. Pero hay cosas que no cambian. Siguen yendo a por los apuntes, en este caso a la librería de Geografía e Historia, hacen excursiones, en breve irán a Madrid y Portugal, y nadie lucha por un expediente magnífico. Con un 5 se aprueba ¿no? Pues p’alante.

Para María Luisa el programa IV Ciclo de la USC (que se imparte en Santiago y en Lugo) ha sido como un «reciclaje». «Yo estudié una carrera de ciencias, y estos últimos años veía temas a mi alrededor muy interesantes en los que no profundizas por falta de tiempo, así que la única manera para forzarte de algún modo es matricularte».

El año pasado obtuvo el grado y, como todos, continúa enganchada al estudio. Ahora está en Música y Pintura, donde comparte clase con José y Beatriz. «Tenemos una pandilla, hay cierto grado de amistad. No es como a los 18, pero tenemos gustos cercanos y quedamos fuera de clase». Tienen cuerda para rato y, como dice José, «hasta que el cuerpo aguante o hasta que me aguanten en la Universidad».

«A esta edad... y haciendo pellas»

 

Marina es una más en Géneros Literarios, materia de la antigua Filología que se imparte en el campus de Vigo. Los 40 años que la separan de la mayoría de los estudiantes júnior con los que comparte aula no hacen mella en su entusiasmo, al contrario, le sirven de estímulo.

«Queremos que se nos trate como al resto de alumnos. Cumplimos las normas como si tuviéramos 20». Por eso se lo toman muy en serio. Preguntan lo que tienen que preguntar, «y lo que los jóvenes no se atreven», y se examinan como si de su aprobado dependieran las vacaciones de verano. Se sorprende al ver que los estereotipos se repiten ya tengas 18 que 63. «Está el pesado, el preguntón, el que llega tarde... no cambiamos». ¿Que creen que con 60 no se lata? Pues también. Pillamos a Alejandro en casa, aunque debería estar en las practicas de laboratorio. «Sé que me penalizan, pero hoy no me apetecía. Yo voy por aprender, no como obligación».

Marina y Alejandro ya poseen el título Universitario Sénior de la UVigo (ciclo intensivo), una condición necesaria para obtener el Superior y continuar la segunda parte del ciclo (integrado) en el que se mezclan con el resto de universitarios de todas las edades y cursan asignaturas propias de los grados. Así pueden estar eternamente. «Con dos o tres asignaturas al año puedes estar hasta el infinito, yo estaré todo lo que pueda», explica Marina. Cuando un amigo le comentó la posibilidad de apuntarse, ella estaba en el paro así que se dijo: «¿Y qué hago yo ahora? ¿Qué voy a estar, todo el día en casa?». Dicho y hecho. Y para su sorpresa se encontró con su hermana en los pasillos de la Universidad. «No sabía que también estaba apuntada».

Algo parecido fue lo que impulsó a Cristina a matricularse. «Me lo dijo una compañera de trabajo, y lo dejé en el aire, pero cuando me lo dijo la segunda, me picó la curiosidad. Fui hasta allí y ya me quedé». En su caso tiene muy claro por qué lo hizo. «Sobre todo por cultura. Yo respeto todas las opciones, hay quien lo hace por un tema lúdico, pero yo creo que para eso están otros foros, y otros para hacer amigos. Y, la verdad, a estas alturas como que tampoco. Conoces gente y lo pasas bien, pero para mí lo más importante es aprender».

De la misma opinión es Miguel Ángel Nombela, director del Programa de Maiores de la Universidad de Vigo, que se imparte por igual en Vigo, Pontevedra y Ourense. «No somos el Imserso, esto no es una oferta de ocio, sino formativa, que persigue un enriquecimiento humano y personal». Aunque desde Vigo miran hacia A Coruña como modelo ideal, ellos ya se han buscado la fórmula tan deseada de la continuidad: hacer a los mayores especialistas. Hay una rama que ya pueden ir convalidando, las ganas inagotables que tienen de aprender.

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