Miénteme, dime que me quieres


En el mundo real no existen las hadas. Tampoco las enzimas mágicas ni la homeopatía. En el mundo real las prostitutas las pasan putas. Algunas mueren de sobredosis. En el mundo real no existe Richard Gere; ni falta que hace. Y una mujer no se corta en dos para ponerse las piernas de otra, como hicieron con Julia Roberts. Pero a quién le importa el mundo real. Lo piensan los millones de espectadores que han visto veinte veces Pretty Woman en televisión. En abril del año 2015 Telecinco emitió el pase número veinte de la película. Celebraban el 25 aniversario del estreno aprovechando que se han hecho con los derechos de emisión. Más de dos millones de personas volvieron a ver la fábula que acaba como siempre acababan los cuentos: el príncipe rescata a la chica del balcón. Esa posición sumisa y expectante que tanto daño nos ha hecho. Pero, admitámoslo, el estruendoso éxito en taquilla de Pretty Woman confirma que a mucha gente la realidad le importa tres pitos. Porque, a ver, recordemos de qué va la historia. Un exitoso ejecutivo contrata los servicios de una prostituta durante una semana. La lleva de compras por Rodeo Drive, le pega a los cretinos de sus amigos por insinuársele y al final la rescata de una vida miserable. Meretriz retirada del arroyo por buenorro ricachón. Pura ficción. Tanta ficción... que inicialmente la historia no era así.

El título original era el de los 3.000 euros que Gere le pagaba a Roberts por sus servicios. En el guion inicial todo era tan real como esa tarifa. Al final, la puta volvía a la calle, el ejecutivo a sus negocios y los brillantes a la joyería. Era tan real que Vivian, la chica, moría de sobredosis en un oscuro portal. Lo normal por los barrios de la realidad. Pero Disney rechazó el guion original. Destilaba realismo. Demasiado realismo. Realismo sucio para mayores de edad. De esta corporación, recordemos, es uno de los primeros largometrajes de animación de la historia, Fantasía (1940), una declaración de intenciones de lo que vendría después. Llevan especulando con la mentira desde el principio. Y su éxito confirma que en general los humanos preferimos mirar para otro lado hasta que la realidad nos arrolla. El resto del tiempo preferimos que nos mientan y el cine masivo ha de ser un vehículo de ese engaño. Que la realidad no te estropee un buen taquillazo. Que triunfe la mentira aunque no sea verdad. Como en aquel diálogo de Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954):

Johnny: Dime algo bonito.

Vienna: Claro. ¿Qué quieres que te diga?

Johnny: Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años.

Vienna: Te he esperado todos estos años.

Johnny: Dime que habrías muerto si yo no hubiera vuelto.

Vienna: Habría muerto si tú no hubieras vuelto.

Johnny: Dime que me quieres todavía, como yo te quiero.

Vienna: Te quiero todavía, como tú me quieres.

Johnny: Gracias. Muchas gracias.

Nunca sabremos qué hubiese pasado con la versión inicial de Pretty Woman, pero parece probable que si Disney no la hubiese impregnado de polvos mágicos la cosa no habría sido el fenómeno que fue. Las historias de mentiras triunfan como nunca. Algunas incluso acaban convirtiéndose en mentiras de la historia.

 

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