Veraneantes, antes y ahora


Amanece como cualquier día en este verano atípico y tan especial. Este año la pandemia nos ha librado de una Maruxaina que ha sido transformada en una cita con Baco-botellón, cuando Xesús Murados y Moncho de Elvira, primeros dirigentes de la asociación cultural que escenifican la leyenda, pretendieron que fuera un reencuentro con el pasado que desde aquel banco sito en el Miramar, servía para comentar las vicisitudes de la costera del bonito o las capturas del calamar en el Carreiro.

Este 2020 lo recordaremos por haber podido mantener playas, plazas y calles sin los excrementos de una multitud que acude cargada con bebidas de alta graduación alcohólica para alcanzar, mejor pronto que tarde, ese estado mental entre la desinhibición y las alteraciones cognitivas.

Aquel veraneo -que no turismo- de antaño se asentaba en los relatos que los visitantes trasladaban a sus amigos de Madrid o de Lugo sobre la vida, playas, gastronomía y descanso que habían disfrutado en un pintoresco lugar al que llegaron en coche de línea desde la Puerta de la Estación lucense. La Empresa Ribadeo o Rodríguez, -Manoliño- les traía desde el interior a la costa, comenzando a sentir su entorno nada más cruzar el puente de La Espiñeira, si bien antes habían tomado un café en la inmortal Mondoñedo -Ciudad Consular del Vaticano-. Después: Foz, Nois, Burela, Cervo, hasta llegar por Río Cobo a la estrecha carretera que desde A Galiñeira y antes de la curva «revoleteada», avistaba la mar.

Para muchos visitantes era descubrir como el pescado fresco nada tenía que ver en su sabor con el congelado adquirido en la capital de España. Algunos descubrían el pulpo y otros, esos percebes arrancados a las rompientes con una panferra. Y es que terminaban por comprender el significado de aquellas palabras: esquieiro, briol, tolete, estrobo, rezón, nasa, potera, palangre...

Descubrieron que la mar y el viento, amén del oxígeno, eran bálsamos para terminar con el insomnio producido por la mezcla del calor, ruidos, contaminación. La manta y una prenda de punto para las brisas nocturnas eran una caricia para aquel moreno adquirido en la playa de la Concha, donde las olas eran el mejor de los masajes.

Las fiestas de San Lorenzo, San Roque, San Bartolo, Gira de Santa Cruz y Naseiro para descubrir las mejores orquestas de Galicia, en riguroso directo: Píndaros, Variedades, Dominantes, Maseda; Mejoranos, Sintonía de Vigo y Poceiro. Algunos mozos veraneantes aprendieron a bailar en estos campos del estío mariñano; lo mismo que aprendieron a gobernar una embarcación y a disfrutar de una queimada nocturna en el «Castillo de Cubelas», cantando una melodía gallega o vasca acompañados por el sonido de la guitarra.

Aquella tienda multiusos de Cándido Rey y Carmina lo mismo proporcionaba bicicletas que un refresco, o eran lugar para quedar y escuchar las historias de patrones cuyas manos anchas estaban curtidas por la madera del remo y cáñamo.

Cualquier parecido con lo que transcurre hoy en día en verano en nuestros pueblos es mera coincidencia. Pues la sabiduría que transmitían los habitantes de San Ciprián a sus visitantes, nada tiene que ver con esas citas de turismo etílico que nos han invadido, despojándonos de nuestras costumbres, paisajes, silencios y hasta espacios naturales.

Por una vez, bienaventurada la pandemia, que nos ha reconciliado con la mar y el viento; los paseos sin aglomeraciones, de los maravillosos parajes naturales de A Mariña. Playas y paseos, sí, pero sin abusar.

Las aglomeraciones llévenselas cuando se marchen.

 * Pablo Mosquera, médico, exdirector del Hospital de Burela y exparlamentario.

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