La salida al laberinto de Catoira apunta a que Alberto García deje de encabezar el PSOE

El BNG no pactará con él en el grupo, y la ley establece que solo los números 1 pueden aspirar a la alcaldía


CATOIRA / LA VOZ

Como en tantas otras cosas, en política conviene ir paso a paso. Pronto quedó claro en Catoira que, pese a que sus cinco concejales firmaron en marzo la moción de censura, no todo el mundo en el PSOE comulgaba con abrir la puerta del gobierno municipal al Partido Popular. Desde entonces, la única salida airosa que se atisbaba en el horizonte, más allá de la alianza entre Alberto García e Iván Caamaño, consistía en un acuerdo entre esa parte disconforme del PSdeG y un BNG al que la renuncia de Xoán Castaño privó el jueves de obstáculos para negociar. El primer eslabón, por lo tanto, está soldado. Los tres ediles socialistas que se desmarcaron de la operación Drakkar y los tres que forman el grupo nacionalista, en el que Castaño continuará hasta que se despeje este complejo paisaje, suman la mayoría absoluta de la corporación. Esto, que era lo principal y lo más difícil de conseguir, no basta, sin embargo, para solucionar el problema,

La ley electoral es, obviamente, el libro de instrucciones al que hay que acudir a la hora de plantear la segunda sesión de investidura a la que se asoma el pleno catoirense. En su artículo 196, la norma establece que podrán ser candidatos a la alcaldía todos los concejales que encabecen sus respectivas listas. Si existe una vacante en el bastón de mando que no haya sido forzada por una moción de censura, como es el caso, el sistema es el mismo, con la salvedad de que será considerado cabeza de lista de la formación por la que se presentó el alcalde cesante quien le siga en la candidatura. A no ser que renuncie a ello, con lo que el aspirante pasará a ser el siguiente. Y así, sucesivamente, hasta que uno de sus integrantes asuma este papel.

A la luz de la ley, el BNG tiene el trabajo hecho. La dimisión de Castaño situó a María Paz al frente del Concello de forma provisional, y ella misma podría presentar sus credenciales, al igual que cualquier otro de sus compañeros, haciendo correr la lista. Pero este sencillo precepto obliga al PSOE a dar otro paso. Aunque es previsible que suceda, el grupo socialista no está formalmente roto. Y para que sus miembros, o la mayoría de ellos, puedan negociar con el Bloque, es obvio que Alberto García debe desaparecer de la ecuación.

Si el veterano político renunciase, dejaría a sus compañeros en una situación franca para liderar ese acuerdo de gobierno, aportando cinco concejales a una coalición de ocho y aspirando, con claridad, a recuperar la alcaldía. Si, en cambio, García, se resiste, el PSdeG no tendrá más remedio que expulsarlo si es que pretende presentar a la sesión de investidura a un candidato distinto de su histórico número 1. Algo con lo que el Bloque jamás comulgaría. Existe otra derivada, aunque en este caso es menor y no parece ofrecer dificultades. Si el grupo se rompe, las fuerzas entre socialistas y nacionalistas se igualarán y, con ellas, los términos de la negociación. Catoira, en fin, todavía tiene carrete.

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