Juntos con 20 años cogiendo almejas y juntos a los 90 recordándolo

Eran tiempos de caminatas kilométricas, vedas eternas y culatazos de la Guardia Civil


redacción / la voz

Pocas parejas pueden contarlo, llegar a los noventa y juntos. De hecho, son el matrimonio más longevo de su parroquia (Caleiro) y seguramente no habrá muchos que los superen en el municipio (Vilanova). Se da otra circunstancia, Rita Martínez y Wenceslao Segade compartieron la vida en tierra y en el mar; ella con la espalda doblada en busca de almejas y navajas, él tirando del rastro en las aguas de Arousa. Rita empezó a ir a la seca con ocho añitos -en casa eran cinco bocas que alimentar y cuando murió su padre venía otra en camino- y estuvo al pie del cañón hasta los 62. No las tenía todas consigo y así se lo manifestó entonces a la conselleira do Mar, Rosa Quintana. «Se me deixaran e puidera das pernas eu seguía indo a traballar». Hoy, con los 90 cumplidos, le quedan, al menos, los recuerdos.

La trayectoria de su marido en el oficio fue más breve. Lo que le tiraba de verdad era el campo, plantar sus verduras y patatas y criar cerdos y terneros, pero la necesidad no deja elección y cuando se casó, a los 25 años, tuvo que subir a bordo de su gamela Carmen, y con ella se ganó el sueldo. Wences tuvo que dejarlo pronto, demasiado pronto, a los 48 años, por culpa de una enfermedad de pulmón. Antes, como tantos de su generación, puso rumbo a Alemania en busca de mejor fortuna y logró enrolarse en la marina mercante, aunque solo aguantó seis meses. Trabajaba de pintor en un buque enorme y ganaba en un mes más que una campaña tirando del rastro. «Nunca mandara tantos cartos á casa», recuerda, pero tenía una razón poderosa para regresar: «E que non comía nada». De modo que Wences y Rita volvieron a formar equipo para arañar el fondo marino, y no es una metáfora. Rita se encargaba de localizar el longueirón bajo la arena de O Ariño mientras su marido le sostenía el farol de carburo para iluminar aquellas negras noches. «E teño o garbo de dicir que era a número un no espadín», señala la mujer.

El longueirón se pagaba bien en aquellos tiempos, pero si algo era importante para la economía familiar esa era la almeja. «O Esteiro [banco marisquero de Vilanova] foi o pan dos meus fillos e ser ameixeira é a cousa máis bonita do mundo», añade.

Ya casi nadie utiliza este término para referirse a las mariscadoras, solo las más veteranas, las que vivieron la época de las vedas de seis meses y las que, saltándose todas las normas, se remangaban la falda y se mojaban hasta los muslos porque no había otro sustento.

El furtivismo del siglo XXI era el pan de cada día en los años setenta y escapar de los agentes de La Marina se convirtió en una rutina. Rita era toda una experta en sortear las multas, llorándole al contramaestre don Eugenio para que se compareciera de ella. «E el cantaba No tengo edad», tararea animosa para La Voz de Galicia. «Así salvei moitas multas».

En otras ocasiones la cosa se complicaba, como cuando pillaron a Wenceslao trabajando en tiempo de veda en Tragove y un guardia civil lo castigó con un culatazo con su escopeta que lo dejó maltrecho. No estaba en la mejor situación para denunciar un abuso de autoridad, pero su esposa no era de las que se callaba ante las injusticias. «Collino do peito e lle dixen algunha cousa», comenta todavía indignada al recordar aquel episodio.

La vida de los mariscadores era dura -«traballamos moito»-, pero al ser preguntados sobre si se la recomendarían a sus hijos, no lo dudan: «Si, dá cartos e che deixa tempo para outras cousas». Curiosamente ninguno de ellos siguió sus pasos, salvo el mayor, que durante un tiempo fue al mar. Ahora es una nuera la que sigue la tradición.

La forma de trabajar ha cambiado mucho entre ambas generaciones de mujeres y, por supuesto, lo ha hecho para mejor. Las miserias de entonces, de tener que caminar hasta veinte kilómetros al día para ir a faenar a O Cavadelo (Vilagarcía) y después ir a subastar a San Tomé (Cambados), pasaron a la historia. A Toxa ya les quedaba demasiado lejos y había que recurrir al autobús de Ramón o Baión, «que, total, só custaba un peso... era ben barato», relata nuestra protagonista.

Sus dedos están doblegados por la artrosis de tanto horadar la arena en busca de los preciados bivalvos y sus rodillas ya apenas la sostienen. Es la factura de tantos años de duro trabajo que, finalmente, tuvieron su recompensa. Rita se congratula de poder cobrar una pensión en la vejez -aunque aquellas 14.000 pesetas que le faltaban para completar la cotización le costó un riñón reunirlas- y de haber podido sacar la familia adelante junto a su marido. «Os meus fillos sempre almorzaron leite, non caldo».

Hoy, con 90 y 95 años y tras décadas apartados de la salitre, el frío de la madrugada y el calor sofocante del mediodía en la playa, todavía conservan en casa los aparejos de entonces y la mujer posa con orgullo ganchelo en mano.

Quiénes son. Rita Martínez nació en Caleiro (Vilanova) y tiene 90 años. Su marido Wences, como lo llama todo el mundo, es natural de Boiro y peina ya los 95 años. El matrimonio tiene cuatro hijos, siete nietos y siete bisnietos

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